Todo empezó el día 15 de julio de 2014. El sujeto del que vamos a hablar, Marcus Stephen, había salido de la cárcel hace tres meses. Y llevaba varios años en prisión, 22 para ser más exactos, preparándolo todo. Este hombre minucioso, insensible y muy agudo, tenía todos los hilos tejidos, todas las armas y bombas preparadas, sólo le faltaba pulsar un botón para que se produjese la explosión, de impacto mundial y eterno. Esa explosión fue el día 15 de julio de 2014, con la aparición del "Manifiesto de la Condición Humana". Apenas un libro de cien páginas, que volvió a toda la población loca. Escrito con un estilo preciso, cautivador desde la primera línea, casi mágico, la obra atrajo a millones de personas, y fue traducida a prácticamente todos los idiomas. Los editores sólo pensaron en venderlo, en ganar dinero, y ganaron billones. Una buena publicidad y marketing ayudó enormemente. Apenas gente denunciaba el tema del libro, un tema realmente cruel y malvado, que se daba a entender claramente. Y básicamente, es que toda la gente había leído el libro, y le había seducido también. Sólo unos pocos podían no entender, y rebelarse contra lo que exponían esas páginas malditas. Algunos pocos filósofos, políticos, activistas denunciaron lo que estaba a punto de ocurrir. Pero Marcus Stephen había conseguido su objetivo, toda la población de la Tierra había abierto su alma al Manifiesto, y lo habían aceptado de buen grado.
En los meses siguientes, el autor del Manifiesto organizó una serie de debates, de meetings, de conferencias, por así decirlo. Era más simple que eso. Él decía dónde iba a ir, en una ciudad cualquiera, y la gente acudía. Todo era gratis. Se subía a lo alto de cualquier sitio, y empezaba su discurso. Si Marcus Stephen tenía el don de la escritura, se descubrió enseguida que tenía el don de la palabra. En sus citas, da igual dónde fuese, cuándo hacía su llamado, millones de personas acudían. Sus discursos encandilaban a la población, como un Hitler, como un Martin Luther King, pero en mayor grado. Y sólo hablaba de su libro, de su Manifiesto. Seguía exponiendo sus ideas, desarrollaba más los temas de la obra, las extendía, para que todos lo tuviesen más claro. Y funcionaba, claro que funcionaba. Un simple hombre tenía al mundo a sus pies.
Así pues, los resultados, las consecuencias no se hicieron esperar. Como una voz oscura que susurraba al oído de todos los deseos más inhumanos, Marcus Stephen transformó todas las sociedades, sociedades que habían tardado siglos en crearse, en apenas unos días. Abrió las puertas de la monstruosidad, de la crueldad, en todos nosotros. Y de esa forma, alcanzó su visión de "Condición Humana". Una mente tan enferma como la suya no debería haber salido nunca de la cárcel. Es más, no debería haber existido jamás. Un loco, un demente, pero uno de los seres más inteligentes, por no decir el que más, había convencido al 90% de la población de cómo debían ser. Cómo debían ser a partir de ahora, pues les había quitado a todos la condición de hombre y de mujer. Su identidad pasó a ser la inhumanidad. Todos los factores sociales, toda la cultura, toda la educación y nuestra forma de ser, desarrollada a lo largo de miles de años, había sido borrada por un libro que no llegaba a las cien páginas.
Fue así cómo empezó la nueva condición humana, y cómo el ser humano empezó su propio exterminio. Renunciando a todo aquello que había aprendido, rechazando la sociedad actual, se entregó a un frenesí de violencia. Es lo que Marcus Stephen pensaba que éramos todos, y demostramos ser. La humanidad mostró su verdadera cara, oculta por el paso de los años, y los animales se sintieron superiores. Dejando rienda suelta a la verdadera naturaleza, a las reales necesidades, la gente empezó a hacer todo lo que quería, sin importar las consecuencias. Religión y Gobiernos desaparecieron rápidamente. El miedo a la muerte se desvaneció, y sin embargo, nunca se pudo oler tanto cadáver en las calles, en los campos, en cualquier sitio.
La Masacre comenzó, y el ser humano se libró a su propia destrucción. Matándose entre sí, olvidando lo que fuimos una vez, la sangre desbordó e inundó la tierra, regando cada hectárea. Ya todo daba igual, y no existieron más relaciones que no fuese la absurdidad. Nos matamos los unos a los otros, por el simple placer de hacerlo, por mostrar de una vez por todas al mundo lo que eramos en realidad.
Y tanto que lo mostramos. En dos años, la población mundial descendió del 88%. Y poco tiempo después, casi desapareció. Pues la gente se había entregado completamente a La Masacre, dejándose llevar por algo mucho más primario, más natural que el instinto animal. La identidad real del ser humano, era eso. No fue sufrimiento, sino placer. El placer de dejarse llevar, disfrutar clavando uñas y arrancando tripas. Disparando, desgarrando.
Marcus Stephen fue de los primeros en morir, pero murió feliz, sabiendo que había conseguido crear una nueva raza, que en apenas un tiempo desaparecería. Una persona tan inteligente cómo él, superdotada, se había vengado por todo, y había disfrutado abriendo las puertas de la humanidad. O de la inhumanidad, todo depende del punto de vista.
La Masacre devastó a millares de personas y de almas. Y aún sigue haciéndolo. El exterminio del ser humano casi se ha llevado a cabo, al mostrarse la verdadera faceta, la verdadera cara que ocultábamos, como la Luna. El planeta se llenó de color rojo y se mostró lo que, eramos en realidad.
En aquel lugar, las montañas se alzaban como pinceles, descontroladas y desordenadas. Las nubes bajaban y subían, pero estaban siempre ahí recordándote que estabas solo. Cerca de un barranco, colgaba un árbol muerto, antaño señor de los frutos. Un pequeño río cruzaba cerca del árbol y caía por el precipicio, formando una cascada delgada y fina como trazos de tinta suave. La estructura era pequeña, con un tejado característico de la región. Tan próxima al vacío, que cualquiera diría que estuviese a punto de precipitarse y dejar de ser. Pero no había cualquiera, nadie se aproximaba al pequeño templo. Era exagerar llamarlo así, más bien un lugar de paso, y rezar. Viejas leyendas y ausencia de vida. Esa ermita, de un rojo ya desgastado, podría anunciar a los viajantes (si hubiese peregrinos) con dos estatuas. Leones de piedra, ya rotos cual alma. Una sonrisa aderezaba esos ídolos sin sentido ahora, una sonrisa macabra. O juguetona, depende el estado de ánimo con el que se mirase. En la entrada, el símbolo de fuego te indicaba que alguna vez este sitio había sido un sitio muy diferente, porque... ¿Qué hacía la llama en un lugar cómo éste?
Todo cambiaba. Todo menos la determinación del viejo monje, que aún vivía en esas abandonadas dos habitaciones, mugrientas y exentas de toda comodidad. Aún cogía el agua con unos cubos mohosos, a duras penas, en el riachuelo. No había agua mas pura. Y aún bajaba el precipicio, por esa escalinata de piedra que se deterioraba con las lluvias, que algún dia dejaría de existir, como el viejo monje. Y abajo en el lago, pescaba todavía algunas carpas, con una destreza difícil de creer en un octogenario. Y así vivía su día a día. Rezando, bebiendo, comiendo, durmiendo y rezando.
Pero ya había entendido muchas cosas, y aún más que iba a entender. Sus escritos se apilaban, cerca de las paredes. Le quedaba poco, y estaba muy cerca. Nadie le buscaría una vez muerto, quizá tardarían años en encontrarle, su cadáver podrido y descompuesto en la pequeña mesa baja. Su mano sujetando ya no tan firmemente la pluma, la tinta seca, sus últimas palabras :
"La soledad me ha privado de todo aquello que quería y a la vez detestaba, pero lo he comprendido todo. No vale nada mi vida, no vale ninguna. Nuestros días están llenos de vacío. Muero feliz, ya no rezando. No hay brazos que me acojan, ni necesidad de ellos. Tantos años conmigo. Me he dado cuenta, que no hay nada cierto ni nada que valga la pena. Esa es la única verdad."
Todo cambiaba. Todo menos la determinación del viejo monje, que aún vivía en esas abandonadas dos habitaciones, mugrientas y exentas de toda comodidad. Aún cogía el agua con unos cubos mohosos, a duras penas, en el riachuelo. No había agua mas pura. Y aún bajaba el precipicio, por esa escalinata de piedra que se deterioraba con las lluvias, que algún dia dejaría de existir, como el viejo monje. Y abajo en el lago, pescaba todavía algunas carpas, con una destreza difícil de creer en un octogenario. Y así vivía su día a día. Rezando, bebiendo, comiendo, durmiendo y rezando.
Pero ya había entendido muchas cosas, y aún más que iba a entender. Sus escritos se apilaban, cerca de las paredes. Le quedaba poco, y estaba muy cerca. Nadie le buscaría una vez muerto, quizá tardarían años en encontrarle, su cadáver podrido y descompuesto en la pequeña mesa baja. Su mano sujetando ya no tan firmemente la pluma, la tinta seca, sus últimas palabras :
"La soledad me ha privado de todo aquello que quería y a la vez detestaba, pero lo he comprendido todo. No vale nada mi vida, no vale ninguna. Nuestros días están llenos de vacío. Muero feliz, ya no rezando. No hay brazos que me acojan, ni necesidad de ellos. Tantos años conmigo. Me he dado cuenta, que no hay nada cierto ni nada que valga la pena. Esa es la única verdad."
No está cansado. Simplemente es más consciente de todo lo que le rodea alrededor. Nota cómo le cae el sudor en el pecho, cada perla brillante que atraviesa su cuerpo. Nota el viento, una brisa marina y fresca, que agita sus cabellos cortos, y los remueve con fragilidad. Que erizan ligeramente el vello de sus piernas. Oye los graznidos de las gaviotas, su revoloteo y torpe movimiento de alas.
Respira, lentamente, sin miedo a tragar demasiado aire, pero para poder sentir aún mejor esa brisa, para que penetre en sus fosas nasales y le invada una sensación agradable que recorra todo su ser.
A su lado, más de doscientos hombres agonizan, otros están muertos. Son sus hombres, sus capas rojas mezcladas con la sangre dan a la imagen un aspecto extraño, casi desagradable. Ya casi ha acabado, todos van a morir hoy. Y cenarán en el Hades todos juntos.
Nota, apenas, las dos flechas que están alojadas en su vientre. Necesita más que eso para caer, no es tan débil. No lamenta nada, no fue entrenado para eso. Fue adiestrado para luchar, y eso ha hecho. Fue educado para morir en la batalla, para alcanzar la mayor gloria posible al perecer en combate. Y eso ha hecho.
Ahora, sólo le queda esperar. Esperar esa descarga fatal y última de flechas crueles. Unas flechas que se contaran por millones y que taparan el sol, tapando su vida.
Morirá en la sombra, pero no en la sombra del tiempo. Él, no será olvidado, su gesta, su hazaña y la de sus trescientos hombres será recordada por muchos siglos.
Ahora, sólo le queda esperar. Y mientras esas puntas afiladas se dirigen hacia él, su último pensamiento, a su reina, a su amada, a su querida. A ella van dedicados sus últimos segundos. Y si tuviese una razón por la que lamentar su sacrificio, sería por ella.
"Mi amor", dice. Y después, las miles de flechas se le clavan, con un impacto fuertísimo, que hace temblar las almas.
Respira, lentamente, sin miedo a tragar demasiado aire, pero para poder sentir aún mejor esa brisa, para que penetre en sus fosas nasales y le invada una sensación agradable que recorra todo su ser.
A su lado, más de doscientos hombres agonizan, otros están muertos. Son sus hombres, sus capas rojas mezcladas con la sangre dan a la imagen un aspecto extraño, casi desagradable. Ya casi ha acabado, todos van a morir hoy. Y cenarán en el Hades todos juntos.
Nota, apenas, las dos flechas que están alojadas en su vientre. Necesita más que eso para caer, no es tan débil. No lamenta nada, no fue entrenado para eso. Fue adiestrado para luchar, y eso ha hecho. Fue educado para morir en la batalla, para alcanzar la mayor gloria posible al perecer en combate. Y eso ha hecho.
Ahora, sólo le queda esperar. Esperar esa descarga fatal y última de flechas crueles. Unas flechas que se contaran por millones y que taparan el sol, tapando su vida.
Morirá en la sombra, pero no en la sombra del tiempo. Él, no será olvidado, su gesta, su hazaña y la de sus trescientos hombres será recordada por muchos siglos.
Ahora, sólo le queda esperar. Y mientras esas puntas afiladas se dirigen hacia él, su último pensamiento, a su reina, a su amada, a su querida. A ella van dedicados sus últimos segundos. Y si tuviese una razón por la que lamentar su sacrificio, sería por ella.
"Mi amor", dice. Y después, las miles de flechas se le clavan, con un impacto fuertísimo, que hace temblar las almas.
Los atormentados. Somos nosotros. Aquellos seres de carne y hueso cuya mente terrible sufrió un caos nada recomendable. Nacidos para ser felices, para este juego doloroso de la vida, las circunstancias mismas hicieron de nuestro ser algo difícil de describir. Nuestro "cogito, ergo sum" se trastornó hasta formar un delirio de tristezas.
Nosotros, los atormentados, victimas de nuestra propia sensibilidad. Cada uno de los tres reacciona de forma diferente ante una vida mordedora. Uno acepta el "déchirement", con todas las subidas y bajadas de ánimo que ello implica, con todo el dolor y la alegría elevados a la máxima potencia. Otro se niega, lucha pero ve que pierde, o enfoca desde otro punto de vista su lucha. Y se transforma en un ser estético pues aquel esteticismo es el que le profiere todo el placer y la felicidad que su frágil cuerpo le permite. El anterior, sin embargo, anda entre dos caminos. El último de los atormentados pretende la perfección. Razona todo y nunca actúa sin pensárselo dos veces. Se niega a todo y lo acepta al mismo tiempo. Teme a la dama de la guadaña, pero la desea aún más. Ante esa posibilidad, este atormentado forja su carácter en la tristeza, y se convierte en un ser extraño y oscuro, una máscara de algo monstruoso.
Los tres son diferentes y parecidos. Son los tres atormentados, el trío demoníaco que mira la luz de la vida con los ojos bien abiertos, tan abiertos que les duelen las retinas enormemente, más no se quejan, sino que parecen resignarse, cada cual a su manera.
¿Qué son? Seres de carne y hueso cuyo Dios de vacío les otorgó, en su despiadada generosidad, un temible agujero dentro. A sabiendas que no pueden llenarlo, conviven con él de la mejor manera que encuentran. No son las mismas personas, pero tienen mucho en común.
Todos buscan el mismo objetivo : la felicidad. Una felicidad absoluta e inalcanzable que se colma parcialmente con el gusto agridulce de la felicidad relativa y esporádica. Sin embargo, su angustia y su dolor les hace sabios. Para ellos, Cada Vano Movimiento tiene un significado en su libre existencia y vacuidad. La filosofía de cierta acción se aplica pese a ser conscientes de la absurdidad. Pues la no-acción provoca una vida exenta de emociones, los atormentados buscan su propio camino ante una infinidad de posibilidades.
Y de esta manera, el doloroso juego de la vida se les hace soportable.
De momento.
Tú
Y las llamas de tu pelo me envuelven
En un desenfreno gozoso
En un éxtasis hermoso
Una vez la luna fuera
La noche es nuestra
Sólo veo estrellas y placeres
Nada ya tiene de siniestra
Vaguemos sin rumbo por las calles
Y besémonos en cada acera
Recorramos la ciudad
Como recorro yo tu cuerpo eterno
De punta a punta, en ti caigo
De principio a fin, en tus curvas me hallo.
En un desenfreno gozoso
En un éxtasis hermoso
Una vez la luna fuera
La noche es nuestra
Sólo veo estrellas y placeres
Nada ya tiene de siniestra
Vaguemos sin rumbo por las calles
Y besémonos en cada acera
Recorramos la ciudad
Como recorro yo tu cuerpo eterno
De punta a punta, en ti caigo
De principio a fin, en tus curvas me hallo.
Esta es una ciudad fantasma. Poblada por el espectro de lo que una vez una raza fue. Y ahora, vacía. El único movimiento perceptible, la descomposición de los escasos cadáveres que aún no son polvo.
Triste sería pensar que aquí, en estas calles desoladas, en estos edificios en ruinas, oscurecidos por crueles vientos, vivieron millones de personas. Personas que sonreían, gritaban, lloraban o reían a carcajadas. Personas que morían. Ahora, ya sin muerte, todo está quieto.
Es triste.
Sin vida, sin ese agradable y molesto alboroto, ese ruido que causan los niños, los pasos firmes y decididos de gente con una hora a la que estar y un lugar adonde ir. ¿Qué podría haber causado semejante catástrofe?
El Bien, imagino. El Bien en sí mismo, puro, brillante, tan brillante, que esta ciudad, poblada por esta gente inconsciente, no pudo soportarlo. Porque soportar la Verdad, toda la Verdad en sí misma, es un poder incontrolable que manos humanas no pueden siquiera osar a modelar. Atreverse a manipular a su antojo el Bien, ¡qué vanidoso y patético acto! El ser humano deberá darse cuenta, algún día, que para él, rozar la Verdad ya es demasiado. No puede, no se nos otorgó ese don. Nacimos con ese vacío, el de alcanzar una verdad completa y eterna, ambivalente para los siglos venideros.
Pero no nos equivoquemos. Aquí está la mayor prueba de nuestra demencia. En estas calles solitarias, más abandonadas que la soledad misma. Las calles vacías de ellas mismas.
Algunos dirán que una manzana nos causó ese pequeño agujero dentro. Y, hasta cierta medida, es correcto. Y el tamaño del agujero es relativo respecto a la persona ; a veces enorme, otras minúsculo. Nuestra capacidad para angustiarnos al ser conscientes de nuestra libertad determina ese tamaño. Pero centrándonos en ese agujero, ¿no es patético que hayamos hecho de un vacío un mundo? Nos aleja, de lo que deberíamos ver, y nos fija la mirada en algo terrible, algo terriblemente doloroso que nos consume por dentro hasta que no encontramos una respuesta clara, sin vuelta atrás. Es decir, si pensamos un solo instante en la vacuidad de nuestra vida, destacando la mortalidad y el malvado aburrimiento, esa apatía que nos acecha, caemos en depresión.
Y por eso, debemos negarlo constantemente, y entretenernos, con el único fin de olvidarnos de nuestro agujero. Una manzana.
Ridículo. Otro intento de respuesta a una pregunta que nunca se formuló de verdad. No es fácil abrir los ojos y actuar verdaderamente.
Porque la verdad, inconcebible, subjetiva a más no poder, duele. Y eso es lo que hicieron los habitantes de este ciudad. Creyeron encontrar una verdad, y la aplicaron.
¿Qué verdad? Os preguntaréis. Pues bien, su verdad fue, que, cada ser, como individuo, debía ser libre para actuar según su placer, sin importar las consecuencias. Libres para pecar sin pecado. Fue como si perdieran repentinamente el miedo a una sanción, a un castigo por sus crimenes, y se dedicasen de inmediato a robar, a violar y a matar todo lo que se les antojaba.
Tampoco critiquemos tanto esa decisión. No es algo grave. Los habitantes de esta ciudad asumieron esa posibilidad, y la abrazaron de buen grado sin ningún atisbo de remordimiento. Porque ya no hay atisbo de nada, imagino. Pero mucho más que eso. La regla del "Lo quiero, lo tengo", fue aplicada al extremo, masivamente.
¿Quienes somos nosotros para criticar una idea tan sublime? Una libertad absoluta como falta de libertad, sometidos a nuestras propias pasiones, exentos de toda clase de culpabilidad, actuando por un instinto propio y único. Una sociedad individual y animal. ¿Acaso en nuestra vida actual no sentimos ese impulso que categorizamos como impulso cuando en realidad lo deseamos con todas nuestras fuerzas, deseamos cumplirlo, y satisfacer un ansia que quizá no tiene límite, ni que queremos que lo tenga?
Porque criticar esa agradable necesidad sin fin, que nunca podemos colmar, pero que nos llena tremendamente su inmensidad inabarcable.
Menos mal que no podemos llenarnos, porque entonces el placer desenfrenado acabaría. Así que repetimos y aumentamos cada intenso gozo, deseando que nunca toque a su fin. Un final sería una triste noticia. ¿Dónde está lo reprochable en esta actitud? Nadie nos puede culpar.
Una verdad subjetiva es una verdad, la verdad que yo siga siempre será correcta, y por lo tanto, soy libre y es muy aconsejable que yo, haga lo que yo quiera.
Así que viva el caos delicioso en el que quiero hundirme.
Repitiendo constantemente mis impulsos, sin preguntarme siquiera si cada vez son mayores.
Y así acabó esta ciudad, sumida en un desorden de placeres violentos y crueles. Que ironía.
Que desgracia. Porque yo querría seguir este ejemplo como filosofía.
Triste sería pensar que aquí, en estas calles desoladas, en estos edificios en ruinas, oscurecidos por crueles vientos, vivieron millones de personas. Personas que sonreían, gritaban, lloraban o reían a carcajadas. Personas que morían. Ahora, ya sin muerte, todo está quieto.
Es triste.
Sin vida, sin ese agradable y molesto alboroto, ese ruido que causan los niños, los pasos firmes y decididos de gente con una hora a la que estar y un lugar adonde ir. ¿Qué podría haber causado semejante catástrofe?
El Bien, imagino. El Bien en sí mismo, puro, brillante, tan brillante, que esta ciudad, poblada por esta gente inconsciente, no pudo soportarlo. Porque soportar la Verdad, toda la Verdad en sí misma, es un poder incontrolable que manos humanas no pueden siquiera osar a modelar. Atreverse a manipular a su antojo el Bien, ¡qué vanidoso y patético acto! El ser humano deberá darse cuenta, algún día, que para él, rozar la Verdad ya es demasiado. No puede, no se nos otorgó ese don. Nacimos con ese vacío, el de alcanzar una verdad completa y eterna, ambivalente para los siglos venideros.
Pero no nos equivoquemos. Aquí está la mayor prueba de nuestra demencia. En estas calles solitarias, más abandonadas que la soledad misma. Las calles vacías de ellas mismas.
Algunos dirán que una manzana nos causó ese pequeño agujero dentro. Y, hasta cierta medida, es correcto. Y el tamaño del agujero es relativo respecto a la persona ; a veces enorme, otras minúsculo. Nuestra capacidad para angustiarnos al ser conscientes de nuestra libertad determina ese tamaño. Pero centrándonos en ese agujero, ¿no es patético que hayamos hecho de un vacío un mundo? Nos aleja, de lo que deberíamos ver, y nos fija la mirada en algo terrible, algo terriblemente doloroso que nos consume por dentro hasta que no encontramos una respuesta clara, sin vuelta atrás. Es decir, si pensamos un solo instante en la vacuidad de nuestra vida, destacando la mortalidad y el malvado aburrimiento, esa apatía que nos acecha, caemos en depresión.
Y por eso, debemos negarlo constantemente, y entretenernos, con el único fin de olvidarnos de nuestro agujero. Una manzana.
Ridículo. Otro intento de respuesta a una pregunta que nunca se formuló de verdad. No es fácil abrir los ojos y actuar verdaderamente.
Porque la verdad, inconcebible, subjetiva a más no poder, duele. Y eso es lo que hicieron los habitantes de este ciudad. Creyeron encontrar una verdad, y la aplicaron.
¿Qué verdad? Os preguntaréis. Pues bien, su verdad fue, que, cada ser, como individuo, debía ser libre para actuar según su placer, sin importar las consecuencias. Libres para pecar sin pecado. Fue como si perdieran repentinamente el miedo a una sanción, a un castigo por sus crimenes, y se dedicasen de inmediato a robar, a violar y a matar todo lo que se les antojaba.
Tampoco critiquemos tanto esa decisión. No es algo grave. Los habitantes de esta ciudad asumieron esa posibilidad, y la abrazaron de buen grado sin ningún atisbo de remordimiento. Porque ya no hay atisbo de nada, imagino. Pero mucho más que eso. La regla del "Lo quiero, lo tengo", fue aplicada al extremo, masivamente.
¿Quienes somos nosotros para criticar una idea tan sublime? Una libertad absoluta como falta de libertad, sometidos a nuestras propias pasiones, exentos de toda clase de culpabilidad, actuando por un instinto propio y único. Una sociedad individual y animal. ¿Acaso en nuestra vida actual no sentimos ese impulso que categorizamos como impulso cuando en realidad lo deseamos con todas nuestras fuerzas, deseamos cumplirlo, y satisfacer un ansia que quizá no tiene límite, ni que queremos que lo tenga?
Porque criticar esa agradable necesidad sin fin, que nunca podemos colmar, pero que nos llena tremendamente su inmensidad inabarcable.
Menos mal que no podemos llenarnos, porque entonces el placer desenfrenado acabaría. Así que repetimos y aumentamos cada intenso gozo, deseando que nunca toque a su fin. Un final sería una triste noticia. ¿Dónde está lo reprochable en esta actitud? Nadie nos puede culpar.
Una verdad subjetiva es una verdad, la verdad que yo siga siempre será correcta, y por lo tanto, soy libre y es muy aconsejable que yo, haga lo que yo quiera.
Así que viva el caos delicioso en el que quiero hundirme.
Repitiendo constantemente mis impulsos, sin preguntarme siquiera si cada vez son mayores.
Y así acabó esta ciudad, sumida en un desorden de placeres violentos y crueles. Que ironía.
Que desgracia. Porque yo querría seguir este ejemplo como filosofía.
El pecado original : la libertad
Este corto ensayo se va a basar en la noción de pecado, como pecado original según lo describe el Génesis. El objetivo del ensayo no es otro que mostrar la enorme contradicción que expone el texto sagrado. Sólo trataremos este tema como punto de vista religioso y bíblico. No se pretende en absoluto generalizarlo ni aplicarlo a otros campos.
La idea principal que expone el Génesis es resumida muy acertadamente por Kierkegaard (o por Vigilius Haufniensis) en su obra El Concepto de la Angustia (1844) : "el pecado vino al mundo por medio de un pecado." (Cap. I/Apartado II)
Ahora bien, el Génesis nos expone que el primer pecado, como tal, hace surgir la pecaminosidad en el espíritu humano, provocando la tendencia, la inclinación misma hacia el pecado en el hombre.
Visto desde otro punto, morder la manzana ofrece al hombre el poder de conocer el bien y el mal. Ése es el pecado. Ése es el mal.
Ya tenemos la contradicción. Si nosotros pecamos porque Adán creó el pecado, es decir, por la misma pecaminosidad que nos introdujo el pecado, ¿por qué pecó Adán?
El concepto del mal, como pecado, no existe antes que él. La misma pecaminosidad tiene que haberle inclinado al pecado.
Sin embargo, se nos explica que el pecado genera la pecaminosidad. Que el pecado nos generó la pecaminosidad. La pecaminosidad no pudiendo existir antes que el pecado, nos hallamos ante un problema.
Si la pecaminosidad provocó el pecado original, el concepto es falso.
La otra alternativa es que el pecado en sí creó el pecado. El pecado se creó a sí mismo. Tampoco se puede aceptar este concepto, porque se nos dice que es el pecado original el que nos condujo a todos, como seres humanos, a pecar. Para aclararlo, que la pecaminosidad es la que conduce al pecado.
Para aceptar que el pecado creó al pecado, se debería excluir a Adán como miembro de la especie, así su ejemplo no se aplicaría al caso de la humanidad.
Volvemos a tener una contradicción.
Si su ejemplo no se aplica a la humanidad, el concepto también desaparece.
Sólo queda una salida. La pecaminosidad existía antes que el primer pecado. ¿Cuál es la consecuencia de tal afirmación?
La consecuencia es que el hombre siempre fue culpable, por lo tanto, el hombre es inocente.
Fue siempre culpable, porque desde su nacimiento y creación hubo dentro de él pecaminosidad. Siempre tuvo la inclinación, que le condujo al pecado.
Esto implica que el hombre fue creado desde un principio con una tendencia a pecar. Su inocencia radica en que Dios le creó así. Aquí se puede acabar la argumentación, como simple y extraña conclusión de que toda culpa recae sobre el Creador, y no sobre el hombre.
Pues Dios había determinado desde un principio la predisposición del hombre a pecar.
Nunca es agradable repetirse, pero hay que ahondar en el hecho de que Adán mordió la fruta del árbol de la ciencia del bien y el mal, por lo que no tenía consciencia antes de ésos dos conceptos extremos.
Adán no conocía los dos términos, ¿se puede ser culpable de hacer algo que él mismo no entendía?
La respuesta común sería "Sí". Pero la ignorancia, una vez analizada concienzudamente, le exhime de culpa.
La imagen sería la siguiente. Si un hombre, ajeno a una sociedad, desconocedor de una ley, la rompe, ¿es culpable?
Según el Derecho, el desconocimiento de la ley no siempre exhime de culpa, aunque sí en muchos casos. Es un atenuante fundamental.
Pero no nos alejemos tanto de la mera historia bíblica. A Adán se le expone una posibilidad, entre dos opciones, bajo un castigo. Nada de esto lo comprende, ninguno de estos conceptos pueden ser asimilados por él. Ni el bien, ni el mal, ni la mortalidad. Dios debía haberle explicado los conceptos para condenarle completamente.
Sólo la idea de castigo como amenaza, puede ser, comprendida, que obviamente, ni surte efecto, ni parece ser apropiada, como palabra de Dios. Pues Adán sólo puede percibir la idea de castigo bajo la amenaza, de la misma forma que lo percibiría un animal. Adán no entiende el alcance de sus actos, es desconocedor de lo que tiene delante. Es ignorante, es inocente. Pues la amenaza radica en la muerte, un concepto que Adán tampoco conoce en su totalidad, por no decir nada, es algo demasiado abstracto y él es inmortal. Un desconocedor de bien, de mal, de pecaminosidad y de pecado, actúa por libertad de posibilidades y no se le puede culpar, pues no es capaz de justificar ni determinar en ningún aspecto sus actos.
Ahora, si introducimos a la serpiente como tal en el retrato bíblico, podemos contemplar parcialmente la respuesta. Dios asegura la libertad completa a Adán y Eva, salvo, para comer el fruto del árbol situado en el medio del paraíso.
[La situación del árbol ya indica su importancia, y categoriza al árbol, siendo pues central, paradójicamente, como mayor representación del paraíso.]
Ahora bien, por otro lado, la serpiente otroga al hombre la única libertad que le quedaba por obtener.
¿Es ésa la significación del pecado original? ¿La evidente inclinación por parte del hombre hacia la libertad?
La serpiente aseguró que la fruta otorgaría carácter divino al ser humano. Ese deseo de omnisciencia y omnipotencia, arrogante, del hombre, lo conocemos todos.
Pero cuándo a continuación dice la serpiente que el carácter divino residiría en el concepto del bien y el mal : "que el día que de él comáis se os abrirán los ojos y seréis como Dios, conocedores del bien y del mal." (Génesis : 3), vuelve una contradicción.
No hay pecado ni mal si no se conocía en absoluto antes. [Es otra dimensión de este problema bíblico. A Adán se le condena por incumplir una ley, pues la libertad que Dios le ofrecía no podía ser absoluta. Sin embargo, el desconocimiento de este concepto caracteriza a Adán como hombre "salvaje" y a Dios como dictador. Es la dimensión moral del pecado original, que podríamos aplicar a la sociedad actual.]
La libertad estando ya presente pues en el hombre, no hay culpa, a no ser que consideremos culpa, mal, o pecado a esta misma libertad, que Dios atribuyó al hombre. Pero la libertad se la atribuyó Dios, y le condenó de esa forma. ¿Es Dios un esclavizador?
¿Se podría culpar a la serpiente? ¿Al hombre por caer en la tentación?
Repetidas veces hemos visto que no, a causa de tantas múltiples contradicciones. La serpiente es un factor exterior, un desliz por parte de Dios que sigue sin poder culpar al hombre. No hubo nunca tentación, todos esos conceptos eran ignorados por Adán. Hubo libertad.
El ser humano como tal, estaba determinado a la libertad.
¿La culpa no recae en Dios por su error en la creación? ¿Por permitir la entrada de la serpiente en el paraíso?
Si Dios quiso poner a prueba al hombre, ofreciéndole la posibilidad, sabía desde un principio el resultado. Este pasaje del Génesis, nos muestra la predisposición del hombre, desde sus comienzos, a todo gusto de libertad. Toda decisión, toda posibilidad, toda libertad.
He ahí la hipocresía y culpabilidad del Señor.
Como única solución para no atacarle a él, viéndose truncada su omnisciencia, debemos considerar el pecado original como mito vacío.
Así pues, el concepto finalmente desaparece. La condena del hombre a sufrir estaba prevista desde el principio, el parto doloroso, y la terrible mortalidad. Dios siempre lo quiso así según el Génesis. El hombre fue condenado desde un principio a la libertad. Ahí radica la condición humana.
La idea principal que expone el Génesis es resumida muy acertadamente por Kierkegaard (o por Vigilius Haufniensis) en su obra El Concepto de la Angustia (1844) : "el pecado vino al mundo por medio de un pecado." (Cap. I/Apartado II)
Ahora bien, el Génesis nos expone que el primer pecado, como tal, hace surgir la pecaminosidad en el espíritu humano, provocando la tendencia, la inclinación misma hacia el pecado en el hombre.
Visto desde otro punto, morder la manzana ofrece al hombre el poder de conocer el bien y el mal. Ése es el pecado. Ése es el mal.
Ya tenemos la contradicción. Si nosotros pecamos porque Adán creó el pecado, es decir, por la misma pecaminosidad que nos introdujo el pecado, ¿por qué pecó Adán?
El concepto del mal, como pecado, no existe antes que él. La misma pecaminosidad tiene que haberle inclinado al pecado.
Sin embargo, se nos explica que el pecado genera la pecaminosidad. Que el pecado nos generó la pecaminosidad. La pecaminosidad no pudiendo existir antes que el pecado, nos hallamos ante un problema.
Si la pecaminosidad provocó el pecado original, el concepto es falso.
La otra alternativa es que el pecado en sí creó el pecado. El pecado se creó a sí mismo. Tampoco se puede aceptar este concepto, porque se nos dice que es el pecado original el que nos condujo a todos, como seres humanos, a pecar. Para aclararlo, que la pecaminosidad es la que conduce al pecado.
Para aceptar que el pecado creó al pecado, se debería excluir a Adán como miembro de la especie, así su ejemplo no se aplicaría al caso de la humanidad.
Volvemos a tener una contradicción.
Si su ejemplo no se aplica a la humanidad, el concepto también desaparece.
Sólo queda una salida. La pecaminosidad existía antes que el primer pecado. ¿Cuál es la consecuencia de tal afirmación?
La consecuencia es que el hombre siempre fue culpable, por lo tanto, el hombre es inocente.
Fue siempre culpable, porque desde su nacimiento y creación hubo dentro de él pecaminosidad. Siempre tuvo la inclinación, que le condujo al pecado.
Esto implica que el hombre fue creado desde un principio con una tendencia a pecar. Su inocencia radica en que Dios le creó así. Aquí se puede acabar la argumentación, como simple y extraña conclusión de que toda culpa recae sobre el Creador, y no sobre el hombre.
Pues Dios había determinado desde un principio la predisposición del hombre a pecar.
Nunca es agradable repetirse, pero hay que ahondar en el hecho de que Adán mordió la fruta del árbol de la ciencia del bien y el mal, por lo que no tenía consciencia antes de ésos dos conceptos extremos.
Adán no conocía los dos términos, ¿se puede ser culpable de hacer algo que él mismo no entendía?
La respuesta común sería "Sí". Pero la ignorancia, una vez analizada concienzudamente, le exhime de culpa.
La imagen sería la siguiente. Si un hombre, ajeno a una sociedad, desconocedor de una ley, la rompe, ¿es culpable?
Según el Derecho, el desconocimiento de la ley no siempre exhime de culpa, aunque sí en muchos casos. Es un atenuante fundamental.
Pero no nos alejemos tanto de la mera historia bíblica. A Adán se le expone una posibilidad, entre dos opciones, bajo un castigo. Nada de esto lo comprende, ninguno de estos conceptos pueden ser asimilados por él. Ni el bien, ni el mal, ni la mortalidad. Dios debía haberle explicado los conceptos para condenarle completamente.
Sólo la idea de castigo como amenaza, puede ser, comprendida, que obviamente, ni surte efecto, ni parece ser apropiada, como palabra de Dios. Pues Adán sólo puede percibir la idea de castigo bajo la amenaza, de la misma forma que lo percibiría un animal. Adán no entiende el alcance de sus actos, es desconocedor de lo que tiene delante. Es ignorante, es inocente. Pues la amenaza radica en la muerte, un concepto que Adán tampoco conoce en su totalidad, por no decir nada, es algo demasiado abstracto y él es inmortal. Un desconocedor de bien, de mal, de pecaminosidad y de pecado, actúa por libertad de posibilidades y no se le puede culpar, pues no es capaz de justificar ni determinar en ningún aspecto sus actos.
Ahora, si introducimos a la serpiente como tal en el retrato bíblico, podemos contemplar parcialmente la respuesta. Dios asegura la libertad completa a Adán y Eva, salvo, para comer el fruto del árbol situado en el medio del paraíso.
[La situación del árbol ya indica su importancia, y categoriza al árbol, siendo pues central, paradójicamente, como mayor representación del paraíso.]
Ahora bien, por otro lado, la serpiente otroga al hombre la única libertad que le quedaba por obtener.
¿Es ésa la significación del pecado original? ¿La evidente inclinación por parte del hombre hacia la libertad?
La serpiente aseguró que la fruta otorgaría carácter divino al ser humano. Ese deseo de omnisciencia y omnipotencia, arrogante, del hombre, lo conocemos todos.
Pero cuándo a continuación dice la serpiente que el carácter divino residiría en el concepto del bien y el mal : "que el día que de él comáis se os abrirán los ojos y seréis como Dios, conocedores del bien y del mal." (Génesis : 3), vuelve una contradicción.
No hay pecado ni mal si no se conocía en absoluto antes. [Es otra dimensión de este problema bíblico. A Adán se le condena por incumplir una ley, pues la libertad que Dios le ofrecía no podía ser absoluta. Sin embargo, el desconocimiento de este concepto caracteriza a Adán como hombre "salvaje" y a Dios como dictador. Es la dimensión moral del pecado original, que podríamos aplicar a la sociedad actual.]
La libertad estando ya presente pues en el hombre, no hay culpa, a no ser que consideremos culpa, mal, o pecado a esta misma libertad, que Dios atribuyó al hombre. Pero la libertad se la atribuyó Dios, y le condenó de esa forma. ¿Es Dios un esclavizador?
¿Se podría culpar a la serpiente? ¿Al hombre por caer en la tentación?
Repetidas veces hemos visto que no, a causa de tantas múltiples contradicciones. La serpiente es un factor exterior, un desliz por parte de Dios que sigue sin poder culpar al hombre. No hubo nunca tentación, todos esos conceptos eran ignorados por Adán. Hubo libertad.
El ser humano como tal, estaba determinado a la libertad.
¿La culpa no recae en Dios por su error en la creación? ¿Por permitir la entrada de la serpiente en el paraíso?
Si Dios quiso poner a prueba al hombre, ofreciéndole la posibilidad, sabía desde un principio el resultado. Este pasaje del Génesis, nos muestra la predisposición del hombre, desde sus comienzos, a todo gusto de libertad. Toda decisión, toda posibilidad, toda libertad.
He ahí la hipocresía y culpabilidad del Señor.
Como única solución para no atacarle a él, viéndose truncada su omnisciencia, debemos considerar el pecado original como mito vacío.
Así pues, el concepto finalmente desaparece. La condena del hombre a sufrir estaba prevista desde el principio, el parto doloroso, y la terrible mortalidad. Dios siempre lo quiso así según el Génesis. El hombre fue condenado desde un principio a la libertad. Ahí radica la condición humana.
Desespero y me pierdo. Cierro los ojos y te veo. Intento no imaginarte, te saco de la cabeza, pero vuelves constantemente. Y es que te echo de menos, y no hay otra explicación que ésa. Quiero besarte, juguetear en tus labios y hundirme en tus cabellos desordenados. Luego hundir mis dientes en tu cuello. Y perderme, perderme sin más. Disfrutar cada segundo en el que me extravio en tus aromas. Caer sin fondo en tus ojos. Embriagarme de tu esencia pura, de tu esencia impura, que despierta todos y cada uno de mis más ocultos sentidos. Y qué remedio. Pero te echo de menos, y no estás en la oscuridad de esta noche. Ojalá pudiese sacarte de mi mente. Así podría dormir. Pero no, lo único que deseo es que estés junto a mí, en esta fría cama, y que la noche sea nuestra.
-He vuelto, amada. He cruzado el umbral que me separaba de tu corazón, tras casi cinco años de exilio. He tenido que olvidarme de tus labios durante cinco largos años, mientras atravesaba los parajes más bellos del planeta. He viajado, viajado y viajado. He pisado, sí, los cinco continentes. Yo, un simple mortal, he visto cómo el sol caía en las más antiguas pirámides del más antiguo Egipto. Cómo ese mismo astro infernal deshacía los glaciares árticos sin ningún reparo. Mis ojos han visto junglas repletas de fieras, y mi cuerpo ha temblado de pavor cuando los leones, o los tigres han estado a escasos metrosde mí. Cómo un retorcido caimán al milímetro ha estado de devorarme la pierna. He pasado miedo, sí, sólo por si perecía antes de volver a verme reflejado en tus ojos verdes. Tus ojos cuyo color comparo al de la selva del Amazonas, a las enredaderas que crecen sin control, en los jardines más bellos de Asia. Por esos ojos he subido montañas más escarpadas que los infernales acantilados del Tártaro mitológico. Y en terribles alturas he debido conciliar el sueño, a pesar de las inclemencias que no perdonan. Del frío y de las tormentas, y sin embargo, tú eras lo primero que aparecía ante mí una vez cerrados los ojos, una vez llegada la oscuridad. He dormido en la noche vacía de todo del Sahara, con la única y vaga compañía de un camello. He llegado a acampar en las Montañas Rocosas, temiendo el rugido de un oso, en el Cañón del Colorado, maravilado ante tal espectáculo. He dormido incluso en playas paradisíacas del Caribe, en lugares que la mente humana no puede concebir como terrenales. Mis párpados se han cerrado en mil y un sitios distintos. Y aún habiendo visto aquellas maravillas, te digo, amada, ahora que he vuelto, que no hay lugar más bello, más confortable para dejarse llevar por el sueño, que junto a ti, acurrucado en tu pecho.
-Normal, es una talla 100.
-Normal, es una talla 100.
... Procedemos ahora a la transferencia de unos extractos del libro encontrado recientemente en una casa abandonada, a apenas unos kilómetros de la ciudad de Bruselas. Se debe analizar concienzudamente estas páginas desordenadas, con el deseo de comprender, en su totalidad, las ideas que pretenden afirmar y demostrar.
Si nuestras intuiciones son correctas, y no dudamos que usted sea capaz de ver en ellas esa inquietud que nos afecta a todos, habrá que actuar rápidamente.
Aún así, siendo usted uno de nuestros mejores agentes para este tipo de casos, y su inteligencia habiendo sido crucial en miles de ocasiones, confiamos plenamente en sus capacidades.
[Extracto I : página 38]
... Llegamos a la conclusión de que es así, y solamente así, la forma correcta de estrechar las manos. Recuerde, será fundamental para su inserción en la sociedad. Estire el brazo, no al máximo ; dedos estirados, sin forzar, y al entrar en contacto con la mano del objetivo, agarrar ligeramente, de nuevo sin forzar, y hacer un movimiento de antebrazo que añada "emoción" (Para comprender mejor el uso de la palabra emoción en este caso, le aconsejamos que acuda a la página 256 de este manual) al saludo, causando cierta conexión. Según la intensidad del movimiento, el grado de fuerza utilizado, mostraremos mayor o menor "estima" (Para comprender estima en su completo concepto, le recomendamos que lea varias veces la página 316), así que debemos saber, y manejar perfectamente este saludo, para que quede más o menos formal o informal.
SENTIMIENTOS Y SENSACIONES
I) El Dolor : Un sentimiento, una sensación difícil de mostrar y fingir
Como ser humano, sabrá ya usted que no todo es fácil. Los hombres y mujeres que pueblan este mundo tienden a "sufrir" (recuerde, algo que nos causa un malestar, físico o mental, y que afecta al estado psíquico, llegando a tener influencias sobre nuestro comportamiento, o nuestro cuerpo. No se olvide de revisar concienzudamente la página 500, para ver más detalles sobre este punto), y ese sufrimiento se refleja en nosotros mismos.
Para empezar, vamos a centrarnos sobre cómo hacer que el dolor se refleje en nuestra cara. Siempre es complicado hacer de nuestro rostro una máscara a voluntad, pero eso es lo que vamos a enseñarle en este libro, entre otras lecciones. (No dude ni un instante en practicar las expresiones faciales delante de un espejo para así perfeccionarlas).
Para representar el dolor, se puede hacer de muchas formas, entre ellas, cabe destacar el cerrar los ojos, provocando que líquido lacrimal se escape ligeramente, o llegando al extremo de llorar si el dolor se supone es muy "fuerte". Otro detalle muy útil es abrir la boca, entrechocar los dientes, gemir y gritar (no confundir estos dos términos a los que se pueden aplicar en caso de placer, para eso ver la página 344, pues, aunque a nuestra simple vista parezcan muy similares, hay algunas diferencias que podrían cambiarlo todo). Sollozar, sin llegar a exagerar demasiado puede ser muy útil para hacer realista nuestra expresión de dolor. Muy importante no llegar a forzar demasiado nuestra cara, para que no se note que fingimos, ni autoinfligirse una herida para poder demostrar lo bien que se nos da sentir dolor. No vale la pena hacer la prueba para integrarse, en cualquier momento se nos presentará la ocasión por su propio pie.
Recuerde que el dolor debemos representarlo, mayormente, cuándo algo afecte a nuestro cuerpo, llegando a un nivel de intensidad, suficiente para causarnos una "herida" (muy importante consultar la página 712 sobre los diferentes tipos de marcas que pueden afectar a nuestro cuerpo humano). La herida debe ser, por lo general, lo suficientemente profunda para sangrar (el fluido rojo que recorre el cuerpo que habitamos llamándose sangre, no lo olvide, sangrar es la acción de la salida de la sangre, por diversas causas, habitualmente causando dolor) ; el hecho de que lleguemos a sangrar acostumbra a favorecer la idea de dolor, y debemos enfatizar esto. Aunque recuerde, cuando sentimos dolor, es la herida la que la causa en realidad. También podemos sentir dolor, y en gran cantidad, cuándo los músculos o los huesos son dañados. Una tensión muscular llegada a extremos, o un hueso roto, son síntomas de dolor profundo, así que hay que dar constancia de ello en nuestras expresiones faciales, acentuándolas más. [...]
[Extracto II : página 636]
...Cada uno de ustedes tendrá un rol, y es importante permanecer en él para que todo siga funcionando como habitualmente. No se olvide, el rol que se le asigna, es suyo e instransferible. La personalidad y carácter que se le haya dado en la ficha debe ser aprendida al mílimetro, y ser representada con maestría a cada momento. Eso ayudará considerablemente a dar una apariencia mental humana y realista. [...]
Desafortunadamente, no hemos podido encontrar más que estas pocas páginas, y restituirlas al completo. Nuestro equipo está trabajando en tres páginas más, que le serán transferidas en un período de dos semanas. Sin embargo, creemos que éstas ya son más que suficientes para que comprenda la gravedad de la situación. Las órdenes le serán transmitidas pasado mañana, así que recuerde, debe estar atento y preparado. Mucha suerte.
Si nuestras intuiciones son correctas, y no dudamos que usted sea capaz de ver en ellas esa inquietud que nos afecta a todos, habrá que actuar rápidamente.
Aún así, siendo usted uno de nuestros mejores agentes para este tipo de casos, y su inteligencia habiendo sido crucial en miles de ocasiones, confiamos plenamente en sus capacidades.
[Extracto I : página 38]
... Llegamos a la conclusión de que es así, y solamente así, la forma correcta de estrechar las manos. Recuerde, será fundamental para su inserción en la sociedad. Estire el brazo, no al máximo ; dedos estirados, sin forzar, y al entrar en contacto con la mano del objetivo, agarrar ligeramente, de nuevo sin forzar, y hacer un movimiento de antebrazo que añada "emoción" (Para comprender mejor el uso de la palabra emoción en este caso, le aconsejamos que acuda a la página 256 de este manual) al saludo, causando cierta conexión. Según la intensidad del movimiento, el grado de fuerza utilizado, mostraremos mayor o menor "estima" (Para comprender estima en su completo concepto, le recomendamos que lea varias veces la página 316), así que debemos saber, y manejar perfectamente este saludo, para que quede más o menos formal o informal.
SENTIMIENTOS Y SENSACIONES
I) El Dolor : Un sentimiento, una sensación difícil de mostrar y fingir
Como ser humano, sabrá ya usted que no todo es fácil. Los hombres y mujeres que pueblan este mundo tienden a "sufrir" (recuerde, algo que nos causa un malestar, físico o mental, y que afecta al estado psíquico, llegando a tener influencias sobre nuestro comportamiento, o nuestro cuerpo. No se olvide de revisar concienzudamente la página 500, para ver más detalles sobre este punto), y ese sufrimiento se refleja en nosotros mismos.
Para empezar, vamos a centrarnos sobre cómo hacer que el dolor se refleje en nuestra cara. Siempre es complicado hacer de nuestro rostro una máscara a voluntad, pero eso es lo que vamos a enseñarle en este libro, entre otras lecciones. (No dude ni un instante en practicar las expresiones faciales delante de un espejo para así perfeccionarlas).
Para representar el dolor, se puede hacer de muchas formas, entre ellas, cabe destacar el cerrar los ojos, provocando que líquido lacrimal se escape ligeramente, o llegando al extremo de llorar si el dolor se supone es muy "fuerte". Otro detalle muy útil es abrir la boca, entrechocar los dientes, gemir y gritar (no confundir estos dos términos a los que se pueden aplicar en caso de placer, para eso ver la página 344, pues, aunque a nuestra simple vista parezcan muy similares, hay algunas diferencias que podrían cambiarlo todo). Sollozar, sin llegar a exagerar demasiado puede ser muy útil para hacer realista nuestra expresión de dolor. Muy importante no llegar a forzar demasiado nuestra cara, para que no se note que fingimos, ni autoinfligirse una herida para poder demostrar lo bien que se nos da sentir dolor. No vale la pena hacer la prueba para integrarse, en cualquier momento se nos presentará la ocasión por su propio pie.
Recuerde que el dolor debemos representarlo, mayormente, cuándo algo afecte a nuestro cuerpo, llegando a un nivel de intensidad, suficiente para causarnos una "herida" (muy importante consultar la página 712 sobre los diferentes tipos de marcas que pueden afectar a nuestro cuerpo humano). La herida debe ser, por lo general, lo suficientemente profunda para sangrar (el fluido rojo que recorre el cuerpo que habitamos llamándose sangre, no lo olvide, sangrar es la acción de la salida de la sangre, por diversas causas, habitualmente causando dolor) ; el hecho de que lleguemos a sangrar acostumbra a favorecer la idea de dolor, y debemos enfatizar esto. Aunque recuerde, cuando sentimos dolor, es la herida la que la causa en realidad. También podemos sentir dolor, y en gran cantidad, cuándo los músculos o los huesos son dañados. Una tensión muscular llegada a extremos, o un hueso roto, son síntomas de dolor profundo, así que hay que dar constancia de ello en nuestras expresiones faciales, acentuándolas más. [...]
[Extracto II : página 636]
...Cada uno de ustedes tendrá un rol, y es importante permanecer en él para que todo siga funcionando como habitualmente. No se olvide, el rol que se le asigna, es suyo e instransferible. La personalidad y carácter que se le haya dado en la ficha debe ser aprendida al mílimetro, y ser representada con maestría a cada momento. Eso ayudará considerablemente a dar una apariencia mental humana y realista. [...]
Desafortunadamente, no hemos podido encontrar más que estas pocas páginas, y restituirlas al completo. Nuestro equipo está trabajando en tres páginas más, que le serán transferidas en un período de dos semanas. Sin embargo, creemos que éstas ya son más que suficientes para que comprenda la gravedad de la situación. Las órdenes le serán transmitidas pasado mañana, así que recuerde, debe estar atento y preparado. Mucha suerte.
Esta noche es tan oscura. Y las estrellas no se dignan a aparecer. No, no esta noche. Esta noche no saldrá ninguna. No tienen que ver lo que pasará esta noche, no quieren verlo. Mejor, no es algo agradable. Esta noche, quiero sentirme un poco mejor. Y si éste es el precio, supongo que tengo que pagarlo. No, no tengo que hacerlo. Quiero hacerlo. No hay otra manera, ni otro camino que tomar. Tampoco debería importarme tanto. Es lo que hay. Es lo que será mejor para mí. ¿Y acaso no soy yo lo más importante?
Parece que intente convencerme a mí mismo. Pero no debería ser así. Quizá tengo miedo de los remordimientos, de sentirme culpable. De ver su cara desconocida llena de sangre en sueños. Aunque sé que no debería preocuparme por eso. Lo correcto es lo que voy a hacer ahora, sólo tengo que esperar a que se aleje un poco más. Aún estamos muy cerca de la ciudad.
Sólo un poco más. Vive un poco a las afueras, es perfecto. No hay posibilidad de que me cojan, nadie se dará cuenta. Nadie, le esconderé bien, o le quemaré, o lo que sea. Le cortaré en cachos. Alguna forma habrá de no dejar huella.
Pero sigo pensando, pensando. Tengo aquí un buen cuchillo, afilado, curvo, perfecto para degollarle. Y no puedo esperar el momento de verle desangrarse. Quiero que su agua roja salga a borbotones, quiero mancharme de esa esencia suya.
¿Porqué? ¿Porqué dudo? No puedo lamentarlo, no puedo tener sentimiento de culpabilidad por matar a ese hombre. Simplemente, porque no. No debo, no puede ser así. Así está escrito. Debo matarle por el simple placer de hacerlo, me sentiré mejor, me sentiré genial. Me sentiré vivo, me sentiré lleno. Así está escrito.
No puede haber algo que llene al ser humano, y el suicidio no debe ser una opción. Así lo dijo Camus. Amar al hombre, odiar a Dios, odiar la muerte.
Pero, la única salida que me queda, es el asesinato. Debo matar, para sentir como respiro, como late mi corazón, como mis pulmones se hinchan, como parpadeo.
Odio la muerte, pero necesito abrazarla para vivir. Matar y morir, que dos términos tan cercanos y cruelmente paralelos.
Si la vida me es tan indiferente, la de otros, las vidas ajenas, lo serán tanto como la mía. Y así dejaré de odiar la muerte, mereciéndola.
Puedo hacer algo para que deba morir, así, por consiguiente, y conocedor de la justicia humana, deberé aceptar agradablemente el vacío.
De todas formas, quizá la justicia humana no es suficiente para explicarlo, para hacerme entender y merecer mi propio cadáver.
Quizá porque la palabra justicia no es tan clara como debería. Estoy tan cansado que ni siquiera sé lo que pienso, ni porque estoy siguiendo a este hombre amargado y antisocial.
Creo que el matarle me llenará. Porque quiero llenarme, y sentirme bien. Estoy dispuesto a todo para conseguir la ataraxia, disminuyendo mis pasiones, mis sentimientos, mis humores. Llegando al "bien-être" general. No debe ser para nada tan complicado. Hundir el cuchillo en su garganta.
Pero por otra parte, sigo sin saber qué pasará. No me siento tan seguro de mí mismo, como para estar seguro de que al matarle, me sentiré mejor.
Supongo que no lo merece, no merece la muerte que yo, por puro deseo irracional, quiero otorgarle.
Quizá nadie la merece. Y quizá no tenga el valor de asestarle el golpe fatal. Quizá quiero salir de esta sociedad, y ser un bohemio. Pero ya es tarde, y ya está. Ya no puedo evitar sentir piedad, amor, y querer al ser humano.
O quién sabe, quizá lo quiero, a mi manera. No puedo evitar tener un alma y un corazón, y pese a que odio este mundo y esta vida, todo lo que representa la sociedad deshumanizada a base de falsa humanidad, hay algo en mí de cierto.
No puedo matar, no puedo morir.
Será mejor que me vaya a casa.
Parece que intente convencerme a mí mismo. Pero no debería ser así. Quizá tengo miedo de los remordimientos, de sentirme culpable. De ver su cara desconocida llena de sangre en sueños. Aunque sé que no debería preocuparme por eso. Lo correcto es lo que voy a hacer ahora, sólo tengo que esperar a que se aleje un poco más. Aún estamos muy cerca de la ciudad.
Sólo un poco más. Vive un poco a las afueras, es perfecto. No hay posibilidad de que me cojan, nadie se dará cuenta. Nadie, le esconderé bien, o le quemaré, o lo que sea. Le cortaré en cachos. Alguna forma habrá de no dejar huella.
Pero sigo pensando, pensando. Tengo aquí un buen cuchillo, afilado, curvo, perfecto para degollarle. Y no puedo esperar el momento de verle desangrarse. Quiero que su agua roja salga a borbotones, quiero mancharme de esa esencia suya.
¿Porqué? ¿Porqué dudo? No puedo lamentarlo, no puedo tener sentimiento de culpabilidad por matar a ese hombre. Simplemente, porque no. No debo, no puede ser así. Así está escrito. Debo matarle por el simple placer de hacerlo, me sentiré mejor, me sentiré genial. Me sentiré vivo, me sentiré lleno. Así está escrito.
No puede haber algo que llene al ser humano, y el suicidio no debe ser una opción. Así lo dijo Camus. Amar al hombre, odiar a Dios, odiar la muerte.
Pero, la única salida que me queda, es el asesinato. Debo matar, para sentir como respiro, como late mi corazón, como mis pulmones se hinchan, como parpadeo.
Odio la muerte, pero necesito abrazarla para vivir. Matar y morir, que dos términos tan cercanos y cruelmente paralelos.
Si la vida me es tan indiferente, la de otros, las vidas ajenas, lo serán tanto como la mía. Y así dejaré de odiar la muerte, mereciéndola.
Puedo hacer algo para que deba morir, así, por consiguiente, y conocedor de la justicia humana, deberé aceptar agradablemente el vacío.
De todas formas, quizá la justicia humana no es suficiente para explicarlo, para hacerme entender y merecer mi propio cadáver.
Quizá porque la palabra justicia no es tan clara como debería. Estoy tan cansado que ni siquiera sé lo que pienso, ni porque estoy siguiendo a este hombre amargado y antisocial.
Creo que el matarle me llenará. Porque quiero llenarme, y sentirme bien. Estoy dispuesto a todo para conseguir la ataraxia, disminuyendo mis pasiones, mis sentimientos, mis humores. Llegando al "bien-être" general. No debe ser para nada tan complicado. Hundir el cuchillo en su garganta.
Pero por otra parte, sigo sin saber qué pasará. No me siento tan seguro de mí mismo, como para estar seguro de que al matarle, me sentiré mejor.
Supongo que no lo merece, no merece la muerte que yo, por puro deseo irracional, quiero otorgarle.
Quizá nadie la merece. Y quizá no tenga el valor de asestarle el golpe fatal. Quizá quiero salir de esta sociedad, y ser un bohemio. Pero ya es tarde, y ya está. Ya no puedo evitar sentir piedad, amor, y querer al ser humano.
O quién sabe, quizá lo quiero, a mi manera. No puedo evitar tener un alma y un corazón, y pese a que odio este mundo y esta vida, todo lo que representa la sociedad deshumanizada a base de falsa humanidad, hay algo en mí de cierto.
No puedo matar, no puedo morir.
Será mejor que me vaya a casa.
Basado en un texto de Paulo Coelho
Un hombre, orgulloso y satisfecho de sí mismo, por su condición de ateo, exploraba para despertar su adrenalina una jungla salvaje. El hombre, maravillado ante el espectáculo sublime que la naturaleza le mostraba, no cesaba de abrir bien boca y ojos para intentar creerse lo que la luz hacía penetrar en sus retinas. Exclamaba constantemente, a la vista de semejante delirio de colores y vida, que nada envidiaba al paraíso :
-¡Qué bellos lugares, plagados de animales y árboles sin igual! En esta deliciosa jungla, miles de tonos se mezclan y se entremezclan por doquier, y bulle la vida de una manera que pocos parecen entender, nada que ver con lo que el hombre hace. Qué triste se me hace el pensar, que algunos hombres ven en este jardín del Edén algo fabricado por un Dios, que sin embargo no existe lo más mínimo. Creen que todas estas fantasías hechas realidad las hizo un ser consciente con manos invisibles, y se equivocan por completo. No pueden admitir la belleza como tal, y se esfuerzan en justificarlo y darle un sentido a todo ¿Porqué no aceptan que no son más que casualidades, magníficas y sublimes coincidencias que han hecho esto posible?
En ese momento, un león apareció entre la maleza, lanzándose rápidamente al cuello del ateo. Apenas sus colmillos rozaban la fina piel, el fino tejido del hombre, el tiempo se paró y se oyó una voz.
-Te has pasado la vida dudando de mi existencia. Has dicho, gritado y llorado que yo no era real. Y mira, te acabo de dar la prueba, casi tangible, de que soy, simplemente. Ahora, ¿qué quieres que haga?
Sorprendido, el hombre respondió :
-Me es aún difícil creer en ti, pero veo que me has dejado sin escapatoria, en un callejón sin salida. Sería hipócrita por mi parte pedirte que me salves, cuando he gastado mis días en elevar mi voz a los cuatro vientos, repitiendo y repitiendo que eras falso, mentiras y engaños. No voy a cambiar de opinión, no ahora, pese a la situación mortal en la que me acorralas. Si es cierto que existes, no me has dado razones para que yo piense tal cosa, no me has permitido tener fe. No he tenido más remedio en mis reflexiones que deducir que eras vacío. Ahora que apareces, no pienso dar vuelta atrás. Hace tiempo acepté, que si por casualidad tenías tu lugar en ese cielo, y eras real, no lo sería yo contigo, y no compartiría cama con alguien como tú. Me diste mil y un motivos para dudar, hasta llegar al hecho de odiarte. Sé que yo ya estoy condenado, y como pase lo que pase, voy a arder en el infierno, pienso hacerlo, no me voy a retractar en ese último segundo de vida. Ahora, lo qué quiero que hagas, es que no me duela. Ya nos veremos ahí abajo.
Tras esas palabras, el tiempo retomó su curso, y el león devoró ansiosamente al hombre, sin que pudiese sentir el mínimo dolor.
-¡Qué bellos lugares, plagados de animales y árboles sin igual! En esta deliciosa jungla, miles de tonos se mezclan y se entremezclan por doquier, y bulle la vida de una manera que pocos parecen entender, nada que ver con lo que el hombre hace. Qué triste se me hace el pensar, que algunos hombres ven en este jardín del Edén algo fabricado por un Dios, que sin embargo no existe lo más mínimo. Creen que todas estas fantasías hechas realidad las hizo un ser consciente con manos invisibles, y se equivocan por completo. No pueden admitir la belleza como tal, y se esfuerzan en justificarlo y darle un sentido a todo ¿Porqué no aceptan que no son más que casualidades, magníficas y sublimes coincidencias que han hecho esto posible?
En ese momento, un león apareció entre la maleza, lanzándose rápidamente al cuello del ateo. Apenas sus colmillos rozaban la fina piel, el fino tejido del hombre, el tiempo se paró y se oyó una voz.
-Te has pasado la vida dudando de mi existencia. Has dicho, gritado y llorado que yo no era real. Y mira, te acabo de dar la prueba, casi tangible, de que soy, simplemente. Ahora, ¿qué quieres que haga?
Sorprendido, el hombre respondió :
-Me es aún difícil creer en ti, pero veo que me has dejado sin escapatoria, en un callejón sin salida. Sería hipócrita por mi parte pedirte que me salves, cuando he gastado mis días en elevar mi voz a los cuatro vientos, repitiendo y repitiendo que eras falso, mentiras y engaños. No voy a cambiar de opinión, no ahora, pese a la situación mortal en la que me acorralas. Si es cierto que existes, no me has dado razones para que yo piense tal cosa, no me has permitido tener fe. No he tenido más remedio en mis reflexiones que deducir que eras vacío. Ahora que apareces, no pienso dar vuelta atrás. Hace tiempo acepté, que si por casualidad tenías tu lugar en ese cielo, y eras real, no lo sería yo contigo, y no compartiría cama con alguien como tú. Me diste mil y un motivos para dudar, hasta llegar al hecho de odiarte. Sé que yo ya estoy condenado, y como pase lo que pase, voy a arder en el infierno, pienso hacerlo, no me voy a retractar en ese último segundo de vida. Ahora, lo qué quiero que hagas, es que no me duela. Ya nos veremos ahí abajo.
Tras esas palabras, el tiempo retomó su curso, y el león devoró ansiosamente al hombre, sin que pudiese sentir el mínimo dolor.
-Alors vous pensez que la mort n'est pas si compliquée que ça?
-Oh, je ne sais pas. Ce n'est pas facile, mais, il ne faut pas exagérer tout de même.
-Vous avez peur de mourir?
-Un peu. C'est impossible d'éviter un peu, ce peur. C'est le peur de la conscience, de savoir que mourir, c'est disparaître, c'est s'effacer. Mais je veux m'éloigner avec le vent, moi, j'ai peur, mais je l'aime. Je sais que ce sera dur. Je sais que maintenant je me préoccupe pas, je suis vivant, je sens mon sang bouillir. Peut-être d'ici un an, quand une voiture m'écrasera, quand une maladie étrange me ravagera à 30 ans, ou quand je serai vieux, décrepit et immobile dans un lit d'un hôpital quelconque, mes yeux presque fermés, ma voix tremblante, ma famille, ou sans ma famille, ... N'importe. Peut-être dans ces situations j'aurais peur, je tressaillirais, je frémirais et je regretterais tout. Mais maintenant, non. J'ai peur d'avoir peur, c'est vrai. Mais, les choses sont d'une seule façon, elles son vraiment simples, malgré que l'homme s'efforce en démontrer combien c'est compliquée la vie.
-Donc, est-ce que vaut-il la peine de vivre?
-Oh, oui, sans doute. La vie c'est de la merde, ne vous trompez pas, mais c'est notre merde. Nous avons rien de plus, absolument rien. C'est ta merde, et nous devons la profiter, c'est à nous. Nous devons travailler pour faire de cette merde quelque chose d'agréable, que nous pouvons en manger un peu. On peut dire que c'est le meilleur spéctacle que nous pouvons voir représenté, mais en fait, c'est plus simple que ça. Que personne nous dit comment nous sentir. C'est le seul spéctacle que nous allons voir. Ce n'est pas tout mauvais, si nous y pensons. Mais penser, penser. Si nous pensons, des fois nous sommes condamnés. Il faut sortir la force d'un lieu que nous connaissons pas, nous croyons qu'il n'existe. Mais oui, il est dedans nous. Quelle surprise.
-Oh, je ne sais pas. Ce n'est pas facile, mais, il ne faut pas exagérer tout de même.
-Vous avez peur de mourir?
-Un peu. C'est impossible d'éviter un peu, ce peur. C'est le peur de la conscience, de savoir que mourir, c'est disparaître, c'est s'effacer. Mais je veux m'éloigner avec le vent, moi, j'ai peur, mais je l'aime. Je sais que ce sera dur. Je sais que maintenant je me préoccupe pas, je suis vivant, je sens mon sang bouillir. Peut-être d'ici un an, quand une voiture m'écrasera, quand une maladie étrange me ravagera à 30 ans, ou quand je serai vieux, décrepit et immobile dans un lit d'un hôpital quelconque, mes yeux presque fermés, ma voix tremblante, ma famille, ou sans ma famille, ... N'importe. Peut-être dans ces situations j'aurais peur, je tressaillirais, je frémirais et je regretterais tout. Mais maintenant, non. J'ai peur d'avoir peur, c'est vrai. Mais, les choses sont d'une seule façon, elles son vraiment simples, malgré que l'homme s'efforce en démontrer combien c'est compliquée la vie.
-Donc, est-ce que vaut-il la peine de vivre?
-Oh, oui, sans doute. La vie c'est de la merde, ne vous trompez pas, mais c'est notre merde. Nous avons rien de plus, absolument rien. C'est ta merde, et nous devons la profiter, c'est à nous. Nous devons travailler pour faire de cette merde quelque chose d'agréable, que nous pouvons en manger un peu. On peut dire que c'est le meilleur spéctacle que nous pouvons voir représenté, mais en fait, c'est plus simple que ça. Que personne nous dit comment nous sentir. C'est le seul spéctacle que nous allons voir. Ce n'est pas tout mauvais, si nous y pensons. Mais penser, penser. Si nous pensons, des fois nous sommes condamnés. Il faut sortir la force d'un lieu que nous connaissons pas, nous croyons qu'il n'existe. Mais oui, il est dedans nous. Quelle surprise.
Es un hombre mayor, muy mayor, de tripa ancha y piernas delgadas. Sí, es mayor, muy mayor, de rostro abotargado, hinchado como su vientre, gafas grandes, y mirada curiosa. Una mirada curiosa, pese a que lleva más de noventa años contemplando a su alrededor un mundo que no cambia. Él es un hombre intrigante, toda una institución en el pueblo en el que vive. Todo el mundo le conoce, absolutamente todos saben quién es. Es Felipe, el abuelo de la calle 15, es Felipe, aquel al que vemos por todas partes. Pues Felipe es algo más que un hombre mayor, que un viejo decrépito a punto de extinguirse. Claro que es algo más, mucho más. Felipe es Dios. El mismísimo Dios, sí. Felipe está en todos los lugares, y te lo puedes ver paseando por cualquier rincón del pueblo, como cogiendo el metro, sentado en esos asientos incómodos, siempre habiendo uno libre para él. Se le puede ver en la extensa ciudad, en la megalópolis, también está ahí. Siempre te encuentras a Felipe. Felipe es Dios.
El hombre está en cualquier lugar a cualquier hora, y esa omnipresencia suya le otorga el título divino. Él es el hombre en sí, con todo lo que ello implica. Como hombre, es eterno. Pues cuando el hombre desaparezca también desaparecerá la eternidad, esa noción abstracta e imposible de creer. Sus piernas cansadas, llenas de varices, y tan delgadas y finas, que todos nos preguntamos como puede aún subir cuestas, escaleras, y mucho más. Pero en su tozudería y fuerza de voluntad, él sigue subiendo y subiendo, sin detenerse. Y a la vez baja y baja. Hacia ese abismo terrible que es la muerte y que tanto se empeña en asustarnos y amargarnos nuestra vacua existencia. ¡Qué fácil debiera sernos reír!
Reír con la voz dubitativa y tosiendo mientras, reír mientras el cuerpo se lamenta, pero el alma brilla. Reír como Felipe. Sin acordarse de tu nombre, que quizá nunca lo supo. No tiene porqué saberlo, ni siquiera le conoces. Sólo ves a Felipe por la calle 15, de vez en cuando, te lo encuentras en lugares inesperados y te sorprendes. Pero Felipe siempre es más de lo que creemos. Él nos conoce a todos y a ninguno. Él vive sus días en soledad y rodeado de un mundo extenuado. Su fiel amiga, su perra, ha sucumbido a los suaves encantos de un descanso sin mente. Y lo que antes eran paseos acompañados de un leal canino de ojos bellos y apagados quizá tristes y marrones, ahora son sólo pasos, y un fantasma a su alrededor. Alrededor de todo.
¡Cómo lamentamos el tiempo que se nos escapa! Siempre lamentando, siempre quejándonos y llorando. Y no alcanzamos a comprender que ese tiempo que intentamos alcanzar, somos nosotros. Del tiempo estamos hechos, y así de grave es nuestro destino, inevitable. La fatalidad del ser humano es mayor que cualquier tragedia griega, mayor que el tormento de Electra, que la pasión desenfrenada de Fedra. Es un fin del que no podemos escapar. ¡Qué sencillo es pensarlo y qué difícil aceptarlo! Somos tan patéticos. Pero siempre hay algo noble en nosotros, ¿no? Quizá porque somos nosotros, y sólo nosotros los que hemos inventado el término de nobleza, de valor, y de esos términos buenos, esas palabras que a nuestros oídos suenan tan grandiosas, como una maravilla de oro eterno.
Pero creo que Felipe no lamenta nada, no. Sus noventa años le pesan, sí, son una carga dura a llevar, una mochila llena de piedras a su espalda casi rota, en pedazos de ser. Pero no se para. Nunca. No se para nunca. ¿Por pararte vas a vivir más? ¡Qué tontería! Como si valiese la pena dejar de correr, en una carrera que inevitablemente terminarás. No por hacerlo más rápido hay que seguir, sino por hacerlo mejor.
Así que subimos y bajamos, ¿o estamos en constante pendiente? Si Dios existe, cruel sería de habernos creado con dudas. De habernos dotado de la fe, y de la ausencia de ésta. De hacer que seamos capaz de pensar en un fin, ocurra o no. Así que lo condeno, y lo odio.
Afortunadamente, personas como Felipe me alegran días sombríos y tristes. Aunque no lo ves en un día lluvioso, su imagen sin tiempo es capaz de hacer salir el sol, dar un poco de esperanza, sobretodo a quien ya no piensa en positivo, y que cada vez está más aburrido y decepcionado del comportamiento humano. Y ni siquiera sabes porqué. No hay una razón exacta, pero ese aura que despide su cuerpo decrépito, ese aura que inunda con alegría, pues es un aura bondadosa y afable que te llena. Como si ese hombre encarnase en su frágil carne todo lo bueno que puede tener el ser humano, que no es poco.
Y él es el hombre, en sus noventa años de vida representa miles y miles. Mil sentimientos y sentidos, millones de ideas que se cruzaron por las mentes de todo ciudadano, todo habitante de una sociedad vasta pero incompleta, llamada humanidad.
Y la humanidad, las inestables y tambaleantes piernas de Felipe.
El hombre está en cualquier lugar a cualquier hora, y esa omnipresencia suya le otorga el título divino. Él es el hombre en sí, con todo lo que ello implica. Como hombre, es eterno. Pues cuando el hombre desaparezca también desaparecerá la eternidad, esa noción abstracta e imposible de creer. Sus piernas cansadas, llenas de varices, y tan delgadas y finas, que todos nos preguntamos como puede aún subir cuestas, escaleras, y mucho más. Pero en su tozudería y fuerza de voluntad, él sigue subiendo y subiendo, sin detenerse. Y a la vez baja y baja. Hacia ese abismo terrible que es la muerte y que tanto se empeña en asustarnos y amargarnos nuestra vacua existencia. ¡Qué fácil debiera sernos reír!
Reír con la voz dubitativa y tosiendo mientras, reír mientras el cuerpo se lamenta, pero el alma brilla. Reír como Felipe. Sin acordarse de tu nombre, que quizá nunca lo supo. No tiene porqué saberlo, ni siquiera le conoces. Sólo ves a Felipe por la calle 15, de vez en cuando, te lo encuentras en lugares inesperados y te sorprendes. Pero Felipe siempre es más de lo que creemos. Él nos conoce a todos y a ninguno. Él vive sus días en soledad y rodeado de un mundo extenuado. Su fiel amiga, su perra, ha sucumbido a los suaves encantos de un descanso sin mente. Y lo que antes eran paseos acompañados de un leal canino de ojos bellos y apagados quizá tristes y marrones, ahora son sólo pasos, y un fantasma a su alrededor. Alrededor de todo.
¡Cómo lamentamos el tiempo que se nos escapa! Siempre lamentando, siempre quejándonos y llorando. Y no alcanzamos a comprender que ese tiempo que intentamos alcanzar, somos nosotros. Del tiempo estamos hechos, y así de grave es nuestro destino, inevitable. La fatalidad del ser humano es mayor que cualquier tragedia griega, mayor que el tormento de Electra, que la pasión desenfrenada de Fedra. Es un fin del que no podemos escapar. ¡Qué sencillo es pensarlo y qué difícil aceptarlo! Somos tan patéticos. Pero siempre hay algo noble en nosotros, ¿no? Quizá porque somos nosotros, y sólo nosotros los que hemos inventado el término de nobleza, de valor, y de esos términos buenos, esas palabras que a nuestros oídos suenan tan grandiosas, como una maravilla de oro eterno.
Pero creo que Felipe no lamenta nada, no. Sus noventa años le pesan, sí, son una carga dura a llevar, una mochila llena de piedras a su espalda casi rota, en pedazos de ser. Pero no se para. Nunca. No se para nunca. ¿Por pararte vas a vivir más? ¡Qué tontería! Como si valiese la pena dejar de correr, en una carrera que inevitablemente terminarás. No por hacerlo más rápido hay que seguir, sino por hacerlo mejor.
Así que subimos y bajamos, ¿o estamos en constante pendiente? Si Dios existe, cruel sería de habernos creado con dudas. De habernos dotado de la fe, y de la ausencia de ésta. De hacer que seamos capaz de pensar en un fin, ocurra o no. Así que lo condeno, y lo odio.
Afortunadamente, personas como Felipe me alegran días sombríos y tristes. Aunque no lo ves en un día lluvioso, su imagen sin tiempo es capaz de hacer salir el sol, dar un poco de esperanza, sobretodo a quien ya no piensa en positivo, y que cada vez está más aburrido y decepcionado del comportamiento humano. Y ni siquiera sabes porqué. No hay una razón exacta, pero ese aura que despide su cuerpo decrépito, ese aura que inunda con alegría, pues es un aura bondadosa y afable que te llena. Como si ese hombre encarnase en su frágil carne todo lo bueno que puede tener el ser humano, que no es poco.
Y él es el hombre, en sus noventa años de vida representa miles y miles. Mil sentimientos y sentidos, millones de ideas que se cruzaron por las mentes de todo ciudadano, todo habitante de una sociedad vasta pero incompleta, llamada humanidad.
Y la humanidad, las inestables y tambaleantes piernas de Felipe.
Luz de luces, luz cegadora, ilumíname unas cuantas horas más. Necesito tu aura dorada un poco más. Ojo del cielo, báñame y quémame, haz brillar mi cuerpo como diamantes perlados, que recorran mi pecho. Señor del firmamento, mírame con tu pupila iridiscente, tu pupila monstruosa que puebla pesadillas y sueños por igual. Esa pupila de oro impuro, a la que todos hemos adorado, todos adoramos y todos adorarán. Por el resto de la eternidad basada en luz, en luz que arde y me consume, nos consume en preciosas llamas de incredulidad y sorpresa. Recorren mi cuerpo ansiosas, me cubren entero, me devoran con un ansia tan incesante y terrible que no noto mis articulaciones y mis sentidos se apagan y a la vez encienden ante tal calor destructivo, tal calor... eterno. Eterno es lo que despiertas en nosotros, astro rey, eterno es tu poder, que no se apagará ni ante millones de olas de agua corrupa e impetuosa, ante muros y lluvias cuyas burbujeantes espumas enfrían hasta el alma más cálida. ¿Eres tú, astro rey, lo que tanto deseo? Te veo y no lo creo. Claro, me quemas y me haces arder cual templo griego en tiempos de guerra. Te veo y me duele, pues eres de ese oro punzante, el que se te clava dentro, te recorre y te carcome. Te noto en huesos y fibras nerviosas, controlándome, haciendo que se retuerzan hasta partes de mi cuerpo que no sabía que existían. Eres monstruo, firmamento cruel.
¿Por qué me iluminas? ¿Quién dijo que quiero ver el mundo? ¿Quién dijo que quiero verme? Luz del día, eso es lo que eres, eso es lo que haces. Pero no te pido ayuda, no te pido consejo, no quiero tu rayo, no quiero que me ilumines. ¡Cómo si yo necesitase eso! No quiero ver ese día que tanto te empeñas en crear y formar con tranquilidad y paciencia, con dedicación en formas que se difuminan. No quiero ver la luz del día. Eres tan bello, astro rey, y sin embargo en tu impureza sagrada te concentras en aumentar ese efecto, ese sacrilegio que es la vida, y en mostrármelo tan grande y tan desmesurado, que tengo miedo. Miedo, y me voy a refugiar a un rincón, un rincón oscuro en el que no pueda verme. Eres luz diurna, y por lo tanto, no quiero verte, no quiero sentirte. Eres luz diurna, eres terrible. Para de crear sombras alargadas, no quiero que vuelvas a formar detrás mío ese ser oscuro y alargado, esa parodia de mí, amenazadora e inquietante, que se burla de mis pasos, y aún así, me sigue constantemente, cual mimo, cual payaso sombrío.
Déjame en paz, astro rey. Me repugnas. No me das nada bueno. Yo solo quiero vivir con tu hermana, por tu hermana. A la luz de estrellas.
¿Por qué me iluminas? ¿Quién dijo que quiero ver el mundo? ¿Quién dijo que quiero verme? Luz del día, eso es lo que eres, eso es lo que haces. Pero no te pido ayuda, no te pido consejo, no quiero tu rayo, no quiero que me ilumines. ¡Cómo si yo necesitase eso! No quiero ver ese día que tanto te empeñas en crear y formar con tranquilidad y paciencia, con dedicación en formas que se difuminan. No quiero ver la luz del día. Eres tan bello, astro rey, y sin embargo en tu impureza sagrada te concentras en aumentar ese efecto, ese sacrilegio que es la vida, y en mostrármelo tan grande y tan desmesurado, que tengo miedo. Miedo, y me voy a refugiar a un rincón, un rincón oscuro en el que no pueda verme. Eres luz diurna, y por lo tanto, no quiero verte, no quiero sentirte. Eres luz diurna, eres terrible. Para de crear sombras alargadas, no quiero que vuelvas a formar detrás mío ese ser oscuro y alargado, esa parodia de mí, amenazadora e inquietante, que se burla de mis pasos, y aún así, me sigue constantemente, cual mimo, cual payaso sombrío.
Déjame en paz, astro rey. Me repugnas. No me das nada bueno. Yo solo quiero vivir con tu hermana, por tu hermana. A la luz de estrellas.
A través del tiempo, el tiempo en sí, y gracias a él, me he dedicado a estudiar en profundidad la historia de estas tierras en las que habitamos. Lo que nosotros llamamos ahora Miskatonic, esta ciudad de gran vida, comercio, y famosa por los extensos pasillos de la biblioteca de su universidad. Por esos volúmenes polvorientos y repletos de cuentos extraños, misteriosos y cuyos secretos parecen enseñarle al hombre algo más antiguo que su propia existencia. Esos volúmenes, esos tomos de cuero negro ensuciado por el paso de los años, cuyas páginas amarillentas, chamuscadas y rotas se deshacen en pedazos, son aquellos que dan a nuestra de por sí humilde y próspera ciudad toda la importancia en la sociedad estadounidense emergente. Debemos aceptar que son los enigmas que rodean las torres de los castillos de Miskatonic los que nos dan a conocer. Quise justamente, profundizar en esos enigmas. Muchos de nosotros, historiadores de la Universidad, intentamos descubrir y ahondar en muchas incongruencias que tenemos aquí. Me explico. Es conocido el interés mundial por las obras de arte, las construcciones y demás ubicadas en todo el territorio alrededor de Miskatonic, preferentemente la parte noroeste. Es en los bosques de Ravenska y Shallowell es dónde hay más edificaciones y arquitectura, por decirlo de alguna manera, extraña... Y justamente, es en esos dos bosques en los que se registran la mayor cantidad de incidentes misteriosos, sin resolver. Muchos son los que se han internado en esos bosques, varios colegas míos, compañeros de profesión, conocidos, para intentar aclarar un poco los hechos, y nuestros conocimientos. Mi fiel amigo Johann Starks fue uno de los primeros en interesarse por las pequeñas ruinas de Shallowell, situadas en las coordenadas citadas al borde de la página, al principio. [Nota del editor : Las coordenadas, efectivamente, se hallan en el lugar indicado, pero borradas a conciencia, rellenadas de tinta hasta ser completamente irreconocibles. Con el material disponible ahora mismo, no puedo descubrir qué coordenadas eran. Parece que alguien tuvo mucho empeño en que desaparezcan.] Fue también uno de los primeros en desaparecer.
Yo, como gran compañero suyo, tuve acceso en un principio a sus investigaciones. El material con el que trataba Starks era tremendamente interesante, y por lo que estaba descubriendo, suponía una posible revolución, una revelación que aclararía las (como no dejo de llamar) "incongruencias" presentes en los bosques de Miskatonic. No voy a mentir. Mis capacidades mentales nunca llegaron a la suela de los pies de las de mi amigo Johann. Lo que él estaba viendo en su trabajo, en esos trozos de piedra ligeramente trabajados a mi parecer me era totalmente incomprensible. Leí sus informes, y me intrigaron, es cierto. Johann Starks había recogido tres pequeños trozos de piedra y los había analizado en su laboratorio, él solo. Por lo que pude leer, esos fragmentos graníticos databan, mínimo, de hacía 3000 años. No pude evitar reírme al ver esas notas escritas en sus apuntes de escritura rápida, garabateada, confusa y nerviosa. Era más fácil pensar en un error en el analísis, un error científico, que aceptar la soberana tontería que esas piedras nos estaban contando. Pero Starks se empeñaba en sus cavilaciones sin sentido, y no dejaba de repetirme (a veces a gritos) que lo que sus analísis mostraban era la realidad. Las tres piedras, trabajadas hacía 3000 años, eran exactamente idénticas, a las que podían encontrarse en un castillo medieval de Inglaterra, hacia principios del siglo XI, XII. ¿Acaso no hacía eso las investigaciones de Johann aún más dementes, paranoicas si cabe, e incomprensibles?
No me tomé en serio sus descubrimientos, y aunque los leía encantado, poco a poco empecé a dudar del estado de salud mental de mi (antiguamente) amigo. A los pocos meses de haber empezado su investigación, Johann decidió no enseñarme más sus informes, y comenzó a recluirse más y más en su laboratorio, en sus análisis y sus meditaciones. Sus investigaciones parecían tomar forma, o eso aseguraba él cada vez que se le preguntaba, y respondía nerviosamente, como asustado, los ojos poco a poco inyectados más en sangre, su tez más malsana, entre amarillenta y blanca. Si consiguió sacar alguna conclusión de todo eso, nunca la compartió. Ahora, mientras escribo en esta hoja desgastada, tengo delante las 32 páginas de sus informes, que están tituladas así : "Investigaciones sobre las ruinas de Shallowell - La incongruencia del tiempo". He leído y releído cientos de veces estas páginas, con ánimo de entender mejor a mi querido y desaparecido amigo. Es más, al leerla cada vez más detenidamente, he comprobado que la examinación de los fragmentos de Shallowell condujo a Johann a consultar cuatro libros de la biblioteca. Éstos son el "Necronomicón" del árabe demente Abdul Alhazred, el "Orbis Tertius" de Georges Bourges, sobre las sociedades ya desaparecidas, las míticas ciudades de Atlantis y R'lyeh. Además, el "Oniriks Tetraemon" del asceta, el misterioso monje negro de las profundidades húngaras, cuyos libros eran firmados por el apodo de "Baekalor", y cuyo nombre se desconoce aún en nuestros días. Finalmente, y no por ello menos importante, el "Fluxus Tempus Vesania", del romano Fabrizio Imenta (probablemente un nombre falso), que trata sobre la pura locura de nuestro universo, y del hombre al pretender entender y darle lógica al paso del tiempo. Es éste último tomo el que más me interesaba, si bien todos ellos eran extremadamente "curiosos", y conocidos por no dejar indiferente. Libros escritos por mentes fuera de lo corriente, por hombres que habían perdido su juicio, y que por las palabras que habían dejado grabadas para la historia, hacían perder el juicio a muchos más. Lo he sacado varias veces de la biblioteca, y creo que el "Fluxus Tempus Vesania" es sin duda el volumen que más le hizo avanzar al profesor Starks en su investigación. De lo poco que sabemos sobre Fabrizio Imenta, es que era un filósofo, gobernador de un pequeño pueblo romano a las afueras de Nápoles, y que acabó sus días recluido en un monasterio, su mente ya trastocada por no se sabe qué rituales que contempló en los bosques norteños, y sus últimos estudios poco cuerdos, atestiguados en su único y pesado volumen : "Fluxus Tempus Vesania". Los otros tres tomos tan consultados por Starks eran de índole sobrenatural, demasiado mística y mágica para que pudiesen tener alguna relación con los tres fragmentos "medievales" (aunque cada vez pienso más que esos tres tomos malditos también tenían mucha relación con todo el asunto que Starks estaba descubriendo y sacando a la luz). El "Fluxus Tempus Vesania" no son precisamente unos escritos fáciles de comprender, justamente lo contrario. Sumado al hecho de los temas tratados, la escritura compleja, está el que cada capítulo parezca desordenado, sin sentido, y que no tienen ningún orden lógico. Los números de los capítulos y las páginas son variables y no se suceden con el orden habitual. Es más, no se suceden con un orden. Así, el capítulo III está seguido del XXVII, y la página 317 va precedida por la 623, y la siguiente página es la 34. Parece que Fabrizio puso su empeño en distraer y confundir al lector, como mofándose y divirtiéndose de todo aquel que abriese su libro enfermo en la posteridad. Pero los números son tan complicados y desordenados como los temas que trata, y la forma en la que están tratados. Así, las historias evocadas en este libro de reflexiones metafísicas y filosóficas, tan profundas y complicadas para mi propio entendimiento, se conjugan creando un caos que casi acabó por volverme loco. Varios cuentos se suceden a lo largo del tomo, algunos como ejemplo para ilustrar argumentos, etc... Y en ellos, todas las historias se encadenan, los personajes mueren y reviven, desaparecen sin ton ni son, vuelven a aparecer, cambian a veces sus nombres, sus actitudes. Todo eso contribuye a esa impresión de "locura", esa anómalia en las palabras leídas que debieron acabar con la cordura de muchos. Creo conservar un poco de mí, después de haber leído el "Fluxus Tempus Vesania". Me considero afortunado.
Volviendo a las investigaciones de Starks, éste último anunció, hará ya un buen tiempo, que iba a hacer otra excursión a las ruinas de Shallowell, e iba a desentrañar el misterio relacionado con las tres piedras, por completo. Se dirigió a las ruinas al mediodía, con cuatro ayudantes de confianza. No los volvimos a ver. Por supuesto, llamamos a la polícia, e hicimos una incursión, en cierto modo, a las ruinas, dispuestos a descubrir lo que había pasado y llegar al fondo del asunto. Pero mi amigo Johann Starks había desaparecido totalmente de la faz de la tierra. Estuvimos cinco días buscando, explorando hasta el más mínimo rastro, cada metro cuadrado, con la intención de encontrar aunque fuese un trozo de ropa. Un jirón de camisa lleno de tierra, lleno de sangre. Algo que pudiese explicar la desaparición, el ataque de una fiera, de un animal salvaje. Los osos abundan por estos territorios. Pero nada. No quedaba nada de ellos.
Fue en ese momento, intrigados por este hecho sobrenatural, que tres compañeros de Johann decidimos seguir sus investigaciones. Éramos Louis Pattherson, Andrew McKinston, y yo. Forzamos su despacho, que estaba cerrado a conciencia, y empezamos a trabajar. Cogimos todos sus documentos, todos sus análisis y deducciones. Debo recordar sus 32 páginas de informes : "Las Ruinas de Shallowell - La incongruencia del tiempo". Fue en ese momento que sacamos de la biblioteca los cuatro tomos prohibidos, y los estudiamos cada uno por su cuenta. Me centré en la obra de Fabrizio, convencido que era ahí dónde encontraría la respuesta.
Sus páginas amarillentas, sumadas a los apuntes y deducciones de Starks nos acercaron a Louis, a Andrew y a mí, a lo que podía ser la verdad, la resolución del enigma de las tres piedras y de la desaparición de mi querido amigo.
Aún ahora no estoy seguro, quién sabe. Es complicado, resignarse y aceptar algo tan fantástico como lo que creímos descubrir. No quiero transmitir con exactitud las palabras redactadas por mi amigo, ni las que Fabrizio Imenta osó escribir hace siglos. No quiero plasmar aquí alguna cita que aclare los misterios a los que nos, por decirlo así, enfrentábamos. Que la persona que esté leyendo esto se haga su propia idea, a partir de lo que yo le explique, o más bien, intente explicarle.
Hubo una diversidad, digamos, una divergencia de opiniones entre nosotros tres, sobre la causa de la desaparición de Starks. Yo tenía mis ideas, pero estaba dubitativo, muy confuso, y para nada seguro de poder demostrar y convencer a mis compañeros de lo que mi mente poco a poco tejía y asimilaba. Así pues, parecía que iba a reinar su patética teoría, absurda y repelente, de que en las ruinas de Shallowell habitaba una criatura ultraterrena. Según Louis y Andrew, era un monstruo horrible, cuyas descripciones habían leído en el "Necronomicón", el que se hallaba en Shallowell, y el que había devorado por completo a Starks y a sus tres ayudantes. Era su firme creencia que un ser surgido de más allá de las estrellas, había anidado en nuestro mundo, en un bosque profundo, húmedo y oscuro, y desde ahí, había ido apropiándose de almas humanas. No pude evitar una gran carcajada cuándo me contaron esa ridícula hipotésis. Para ellos, era el "Yaggoth", un ser de tres cabezas, cual Gerión extraterrestre y maquiavélico (Además, cabe destacar que Louis aseguraba que era este ente tricéfalo surgido de pesadillas el que había inspirado ese episodio de los doce retos de Hércules). Por suerte, claro está, en el "Necronomicón" había una guía muy útil para poder derrotar este ser, usando tales pócimas extrañas y polvos extraídos de flores, que Louis y Andrew a su debido tiempo crearon.
Así que partimos los tres, los tres solos, a explorar las ruinas de Shalowell. Quién lea esto puede pensar que esa incursión era un suicidio, si íbamos a enfrentarnos a ese Gerión extraño y fatal. Pero se equivoca, porqué yo ya sabía que no íbamos a encontrar tal monstruo, aunque lo era en cierto modo, era un suicidio, algo terrible, una sombra que acechaba mi mente. Por que si mis teorías eran correctas, lo que íbamos a encontrar en ese castillo devastado, también nos iba a hacer desaparecer.
Con el miedo, el corazón agarrotado, mis dos amigos se internaron en el bosque. Les seguí, pero debo decir que no había congoja en mi alma. Más bien, una curiosidad, un interés creciente sobre la posibilidad de encontrar algo como nunca se había visto (bueno, sí, se había visto, pero nadie había podido existir después de verlo para contarlo). Ya saben lo que se dice... La curiosidad mató al gato. Sí, indudablemente. He de añadir que yo no soy muy dado a hacer excursiones de esta índole, y nunca, había visitado las ruinas. Llegamos a la hora en la que el sol está más alto. Y pese a la frondosidad del bosque, el astro iluminaba vigorosamente lo que antaño había sido... un castillo. No cabía duda alguna. Al ver esas ruinas, esas historias grabadas en piedra, la certitud de lo que había leído en los informes de Starks era absoluta. ¿Cómo era eso posible? No lo sé. Había en pleno bosque americano, un castillo del siglo XI, un precioso castillo medieval, que el paso del tiempo había convertido en rocas dominadas por la maleza. Sin embargo, el tiempo mismo hacía de esta imagen algo imposible e inexplicable. Louis y Andrew estaban tan maravillados como yo, y parecían haber olvidado momentáneamente el supuesto enfrentamiento con su montruo de tres pares de ojos (o más...), su terrible "Yaggoth". Pues no podíamos apartar la vista de la escena, de aquellos rayos de luz penetrando en rocas milenarias, iluminándolas, encendiéndolas con un amarillo enrojecido que nos deslumbraba completamente. Cierto, nosotros no habíamos ido a Shallowell, ¿pero era ésta sobrenatural imagen la que todos habían contemplado? Se me hacía difícil de aceptar. La obsesión de Starks podría haber venido sólo al observar las rocas talladas ensolecerse. Además, nosotros tres, expertos en historia medieval, podíamos notar, casi lo sentíamos, como todos los análisis, las deducciones y las teorías de Johann cobraban sentido. Estábamos seguros de cómo estaba instalado el castillo, la situación de las torres, el puente levadizo y el correspondiente foso. Todo nos parecía claro y cristalino. Ahora sólo faltaba darle un sentido, una explicación correcta al hecho de que este castillo estuviese emplazado en un bosque norteamericano. Era para volverse loco. No podíamos negar que era un castillo, sin lugar a objetar, pero no podíamos atribuirle un sentido, algo lógico y congruente que explicase su presencia.
Estábamos los tres, meditando, maravillados, buscando en lo más profundo de nuestra cabeza algo que pudiese resolverlo todo. Podíamos intentar encajar cada pieza del puzzle, pero eso era patético, no parecía un puzzle, no parecían haber piezas, todo era confusión. Todo era confusión.
Hasta que todo se iluminó, repentinamente. Cuándo todo se iluminó, de una luz ya no solar, sino mágica, resplandeciente como una estela de leones blancos, nuestros ojos se cegaron, por una imagen sobrenatural, ahora sí, una imagen que se impregnó de fuerza, y se clavó en nuestras retinas y mentes. ¿Qué era aquél destello profundo, que penetraba dentro de nosotros y nos imbuía de ideas? Todo me pareció tan lógico, tan fácil de repente... Y sé que a mis amigos le pasó lo mismo, no sé por que, pero lo sé. Bueno, ahora me cuesta saberlo, ahora sí. Pero no en ese segundo, porqué en ese segundo Louis, Andrew y yo contemplamos el Aleph, tal y cómo lo describía Georges Bourges en el "Orbis Tertius". No exactamente tal y cómo lo había explicado Bourges, no era exactamente esa esfera cegadora. Pero cegador, sí que era. Era una luz que llenó todo el lugar y nos impidió ver más la tierra. Era en cierta medida como lo describió Bourges, sí. Al maravillarnos de esa luz, pudimos verlo todo, y entenderlo todo. Todos los misterios de la vida, todas las vidas en si, todo el globo terráqueo en su totalidad. El universo, en su complejidad, nos pareció sencillo. Vimos planetas como el nuestro. Vimos cómo un hombre mataba a otro, millones de veces, vimos cómo grandes torres eran construidos en años de esfuerzo, cómo explosiones en el aire las hacían caer, cómo un hombre negro ganaba el poder del mayor país del mundo, cómo las guerras se sucedían, cómo aún así quedaban sonrisas en todos lados, y cómo el ser humano seguía esforzándose por sonreír. En esa parte del segundo, creo que lloramos. Y a continuación, pero a la vez al mismo tiempo, pues ese segundo fue eterno, se nos fue revelado el misterio por el que habíamos acudido. Esas pequeñas tres piedras que nos parecían tan insignificantes ahora.
Demasiada información nos llegó de golpe. Comprendimos la locura de Starks. ¿Cómo no volverse loco? Tras ese éxtasis provocado por la contemplación de la luz absoluta, terribles enseñanzas nos fueron impuestos.
Claro que había un castillo medieval de Miskatonic, de más de 3000 años de antigüedad, en pleno bosque Norteamericano. Y no tenía nada de raro. De la misma forma que había pirámides en las planicies heladas de Siberia, y en el golfo de Danzig. Como las maravillosas torres circulares, las torres arábicas de las mil y una noches se encontraban en el desierto australiano. También había una torre de Babel en el Sahara, similar a la de Alejandría. No había nada de raro en ello, eso nos decía el Aleph. Porque aquello sólo era una prueba arquitectónica de algo mucho más grande. La idea que nos estaba explicando, era mucho mayor, mucho más inaceptable. Creo que fue en ese momento (eterno) que perdimos la cordura. Nuestra mente humana no podía aceptar semejante verdad, se nos fue denegada la comprensión absoluta, nos volvimos locos al oírlo.
Pues el Aleph nos gritaba en susurros inaudibles, en un silencio ensordecedor, que el tiempo era eterno. Que el ser humano había sido un estúpido al considerar tan siquiera por un sólo momento que el tiempo era una línea recta. Que nuestros ojos eran demasiado ciegos para poder ver el tiempo en sí, su flujo constante y omnipresente, su locura. Tal ycomo decía Bourges, no era el tiempo una línea recta, sino más bien una esfera gigantesca, de superficie tan grande, tan extensa, que creíamos al mirar en él ver una línea. Una simple línea. ¡Pero era mucho más complejo que éso! El tiempo se repetía, una y otra vez, no dejaba de ser, era y era, en una eternidad monstruosa. Cada acto en sí volvía a cometerse millones de veces, cada ser humano volvía a nacer billones de veces, y era otra persona trillones de vidas. Cada uno de nosotros era a la vez todos los demás, todos los otros. El tiempo era siempre. Cuándo leíamos Hamlet, eramos el mismísimo Shakespeare, cuándo matábamos a alguien, éramos millones de asesinos, eramos Bruto matando a César, etc... Así pues, el tiempo era eterno, constante, se repetía, y a la vez era siempre, por lo que no podía repetirse, era desordenado, tal y como había querido mostrarnos el autor del "Fluxus Tempus Vesania"... Era un laberinto sin salidas...
¡Qué locura se adueñó de nuestras almas! No pudimos, simplemente, no pudimos aceptarlo. O al menos yo no. En ese instante, de nuevo eterno, tuve miedo. Mi mente retrocedió. Y caí al suelo.
La luz desapareció. Había tenido miedo, y la visión había desaparecido. El Aleph ya no estaba ahí. Y mis dos compañeros tampoco.
Quiero creer que la imagen absoluta que vi no era más que una ilusión, un espejismo delirante. Pero tres de mis compañeros han desaparecido. Y una parte de mí sabe que se los llevó el Aleph, al mismísimo tiempo, pues él es el tiempo y a la vez lo somos todos. Y ellos se evaporaron y formaron parte del Aleph eterno, del círculo sin fin cuyo borde nos es inalcanzable, del círculo del tiempo.
Pero es el tiempo una locura, y a la vez pudo bien atacarles un oso, pudo devorar su alma un Gerión extraterrestre, pude matarles yo en mi delirio.
Manuscritos encontrados en la Universidad de Miskatonic, en el cuarto del Prof. Dr. Steven Salinger. Están redactados con una letra a cada párrafo más movida, inquieta y nerviosa. La desaparición del profesor, el 12 de diciembre de 1933, está siendo investigada desde hace dos meses. Se le acusa del asesinato de Johann Starks, Louis Pattherson y Andrew McKinston.
Yo, como gran compañero suyo, tuve acceso en un principio a sus investigaciones. El material con el que trataba Starks era tremendamente interesante, y por lo que estaba descubriendo, suponía una posible revolución, una revelación que aclararía las (como no dejo de llamar) "incongruencias" presentes en los bosques de Miskatonic. No voy a mentir. Mis capacidades mentales nunca llegaron a la suela de los pies de las de mi amigo Johann. Lo que él estaba viendo en su trabajo, en esos trozos de piedra ligeramente trabajados a mi parecer me era totalmente incomprensible. Leí sus informes, y me intrigaron, es cierto. Johann Starks había recogido tres pequeños trozos de piedra y los había analizado en su laboratorio, él solo. Por lo que pude leer, esos fragmentos graníticos databan, mínimo, de hacía 3000 años. No pude evitar reírme al ver esas notas escritas en sus apuntes de escritura rápida, garabateada, confusa y nerviosa. Era más fácil pensar en un error en el analísis, un error científico, que aceptar la soberana tontería que esas piedras nos estaban contando. Pero Starks se empeñaba en sus cavilaciones sin sentido, y no dejaba de repetirme (a veces a gritos) que lo que sus analísis mostraban era la realidad. Las tres piedras, trabajadas hacía 3000 años, eran exactamente idénticas, a las que podían encontrarse en un castillo medieval de Inglaterra, hacia principios del siglo XI, XII. ¿Acaso no hacía eso las investigaciones de Johann aún más dementes, paranoicas si cabe, e incomprensibles?
No me tomé en serio sus descubrimientos, y aunque los leía encantado, poco a poco empecé a dudar del estado de salud mental de mi (antiguamente) amigo. A los pocos meses de haber empezado su investigación, Johann decidió no enseñarme más sus informes, y comenzó a recluirse más y más en su laboratorio, en sus análisis y sus meditaciones. Sus investigaciones parecían tomar forma, o eso aseguraba él cada vez que se le preguntaba, y respondía nerviosamente, como asustado, los ojos poco a poco inyectados más en sangre, su tez más malsana, entre amarillenta y blanca. Si consiguió sacar alguna conclusión de todo eso, nunca la compartió. Ahora, mientras escribo en esta hoja desgastada, tengo delante las 32 páginas de sus informes, que están tituladas así : "Investigaciones sobre las ruinas de Shallowell - La incongruencia del tiempo". He leído y releído cientos de veces estas páginas, con ánimo de entender mejor a mi querido y desaparecido amigo. Es más, al leerla cada vez más detenidamente, he comprobado que la examinación de los fragmentos de Shallowell condujo a Johann a consultar cuatro libros de la biblioteca. Éstos son el "Necronomicón" del árabe demente Abdul Alhazred, el "Orbis Tertius" de Georges Bourges, sobre las sociedades ya desaparecidas, las míticas ciudades de Atlantis y R'lyeh. Además, el "Oniriks Tetraemon" del asceta, el misterioso monje negro de las profundidades húngaras, cuyos libros eran firmados por el apodo de "Baekalor", y cuyo nombre se desconoce aún en nuestros días. Finalmente, y no por ello menos importante, el "Fluxus Tempus Vesania", del romano Fabrizio Imenta (probablemente un nombre falso), que trata sobre la pura locura de nuestro universo, y del hombre al pretender entender y darle lógica al paso del tiempo. Es éste último tomo el que más me interesaba, si bien todos ellos eran extremadamente "curiosos", y conocidos por no dejar indiferente. Libros escritos por mentes fuera de lo corriente, por hombres que habían perdido su juicio, y que por las palabras que habían dejado grabadas para la historia, hacían perder el juicio a muchos más. Lo he sacado varias veces de la biblioteca, y creo que el "Fluxus Tempus Vesania" es sin duda el volumen que más le hizo avanzar al profesor Starks en su investigación. De lo poco que sabemos sobre Fabrizio Imenta, es que era un filósofo, gobernador de un pequeño pueblo romano a las afueras de Nápoles, y que acabó sus días recluido en un monasterio, su mente ya trastocada por no se sabe qué rituales que contempló en los bosques norteños, y sus últimos estudios poco cuerdos, atestiguados en su único y pesado volumen : "Fluxus Tempus Vesania". Los otros tres tomos tan consultados por Starks eran de índole sobrenatural, demasiado mística y mágica para que pudiesen tener alguna relación con los tres fragmentos "medievales" (aunque cada vez pienso más que esos tres tomos malditos también tenían mucha relación con todo el asunto que Starks estaba descubriendo y sacando a la luz). El "Fluxus Tempus Vesania" no son precisamente unos escritos fáciles de comprender, justamente lo contrario. Sumado al hecho de los temas tratados, la escritura compleja, está el que cada capítulo parezca desordenado, sin sentido, y que no tienen ningún orden lógico. Los números de los capítulos y las páginas son variables y no se suceden con el orden habitual. Es más, no se suceden con un orden. Así, el capítulo III está seguido del XXVII, y la página 317 va precedida por la 623, y la siguiente página es la 34. Parece que Fabrizio puso su empeño en distraer y confundir al lector, como mofándose y divirtiéndose de todo aquel que abriese su libro enfermo en la posteridad. Pero los números son tan complicados y desordenados como los temas que trata, y la forma en la que están tratados. Así, las historias evocadas en este libro de reflexiones metafísicas y filosóficas, tan profundas y complicadas para mi propio entendimiento, se conjugan creando un caos que casi acabó por volverme loco. Varios cuentos se suceden a lo largo del tomo, algunos como ejemplo para ilustrar argumentos, etc... Y en ellos, todas las historias se encadenan, los personajes mueren y reviven, desaparecen sin ton ni son, vuelven a aparecer, cambian a veces sus nombres, sus actitudes. Todo eso contribuye a esa impresión de "locura", esa anómalia en las palabras leídas que debieron acabar con la cordura de muchos. Creo conservar un poco de mí, después de haber leído el "Fluxus Tempus Vesania". Me considero afortunado.
Volviendo a las investigaciones de Starks, éste último anunció, hará ya un buen tiempo, que iba a hacer otra excursión a las ruinas de Shallowell, e iba a desentrañar el misterio relacionado con las tres piedras, por completo. Se dirigió a las ruinas al mediodía, con cuatro ayudantes de confianza. No los volvimos a ver. Por supuesto, llamamos a la polícia, e hicimos una incursión, en cierto modo, a las ruinas, dispuestos a descubrir lo que había pasado y llegar al fondo del asunto. Pero mi amigo Johann Starks había desaparecido totalmente de la faz de la tierra. Estuvimos cinco días buscando, explorando hasta el más mínimo rastro, cada metro cuadrado, con la intención de encontrar aunque fuese un trozo de ropa. Un jirón de camisa lleno de tierra, lleno de sangre. Algo que pudiese explicar la desaparición, el ataque de una fiera, de un animal salvaje. Los osos abundan por estos territorios. Pero nada. No quedaba nada de ellos.
Fue en ese momento, intrigados por este hecho sobrenatural, que tres compañeros de Johann decidimos seguir sus investigaciones. Éramos Louis Pattherson, Andrew McKinston, y yo. Forzamos su despacho, que estaba cerrado a conciencia, y empezamos a trabajar. Cogimos todos sus documentos, todos sus análisis y deducciones. Debo recordar sus 32 páginas de informes : "Las Ruinas de Shallowell - La incongruencia del tiempo". Fue en ese momento que sacamos de la biblioteca los cuatro tomos prohibidos, y los estudiamos cada uno por su cuenta. Me centré en la obra de Fabrizio, convencido que era ahí dónde encontraría la respuesta.
Sus páginas amarillentas, sumadas a los apuntes y deducciones de Starks nos acercaron a Louis, a Andrew y a mí, a lo que podía ser la verdad, la resolución del enigma de las tres piedras y de la desaparición de mi querido amigo.
Aún ahora no estoy seguro, quién sabe. Es complicado, resignarse y aceptar algo tan fantástico como lo que creímos descubrir. No quiero transmitir con exactitud las palabras redactadas por mi amigo, ni las que Fabrizio Imenta osó escribir hace siglos. No quiero plasmar aquí alguna cita que aclare los misterios a los que nos, por decirlo así, enfrentábamos. Que la persona que esté leyendo esto se haga su propia idea, a partir de lo que yo le explique, o más bien, intente explicarle.
Hubo una diversidad, digamos, una divergencia de opiniones entre nosotros tres, sobre la causa de la desaparición de Starks. Yo tenía mis ideas, pero estaba dubitativo, muy confuso, y para nada seguro de poder demostrar y convencer a mis compañeros de lo que mi mente poco a poco tejía y asimilaba. Así pues, parecía que iba a reinar su patética teoría, absurda y repelente, de que en las ruinas de Shallowell habitaba una criatura ultraterrena. Según Louis y Andrew, era un monstruo horrible, cuyas descripciones habían leído en el "Necronomicón", el que se hallaba en Shallowell, y el que había devorado por completo a Starks y a sus tres ayudantes. Era su firme creencia que un ser surgido de más allá de las estrellas, había anidado en nuestro mundo, en un bosque profundo, húmedo y oscuro, y desde ahí, había ido apropiándose de almas humanas. No pude evitar una gran carcajada cuándo me contaron esa ridícula hipotésis. Para ellos, era el "Yaggoth", un ser de tres cabezas, cual Gerión extraterrestre y maquiavélico (Además, cabe destacar que Louis aseguraba que era este ente tricéfalo surgido de pesadillas el que había inspirado ese episodio de los doce retos de Hércules). Por suerte, claro está, en el "Necronomicón" había una guía muy útil para poder derrotar este ser, usando tales pócimas extrañas y polvos extraídos de flores, que Louis y Andrew a su debido tiempo crearon.
Así que partimos los tres, los tres solos, a explorar las ruinas de Shalowell. Quién lea esto puede pensar que esa incursión era un suicidio, si íbamos a enfrentarnos a ese Gerión extraño y fatal. Pero se equivoca, porqué yo ya sabía que no íbamos a encontrar tal monstruo, aunque lo era en cierto modo, era un suicidio, algo terrible, una sombra que acechaba mi mente. Por que si mis teorías eran correctas, lo que íbamos a encontrar en ese castillo devastado, también nos iba a hacer desaparecer.
Con el miedo, el corazón agarrotado, mis dos amigos se internaron en el bosque. Les seguí, pero debo decir que no había congoja en mi alma. Más bien, una curiosidad, un interés creciente sobre la posibilidad de encontrar algo como nunca se había visto (bueno, sí, se había visto, pero nadie había podido existir después de verlo para contarlo). Ya saben lo que se dice... La curiosidad mató al gato. Sí, indudablemente. He de añadir que yo no soy muy dado a hacer excursiones de esta índole, y nunca, había visitado las ruinas. Llegamos a la hora en la que el sol está más alto. Y pese a la frondosidad del bosque, el astro iluminaba vigorosamente lo que antaño había sido... un castillo. No cabía duda alguna. Al ver esas ruinas, esas historias grabadas en piedra, la certitud de lo que había leído en los informes de Starks era absoluta. ¿Cómo era eso posible? No lo sé. Había en pleno bosque americano, un castillo del siglo XI, un precioso castillo medieval, que el paso del tiempo había convertido en rocas dominadas por la maleza. Sin embargo, el tiempo mismo hacía de esta imagen algo imposible e inexplicable. Louis y Andrew estaban tan maravillados como yo, y parecían haber olvidado momentáneamente el supuesto enfrentamiento con su montruo de tres pares de ojos (o más...), su terrible "Yaggoth". Pues no podíamos apartar la vista de la escena, de aquellos rayos de luz penetrando en rocas milenarias, iluminándolas, encendiéndolas con un amarillo enrojecido que nos deslumbraba completamente. Cierto, nosotros no habíamos ido a Shallowell, ¿pero era ésta sobrenatural imagen la que todos habían contemplado? Se me hacía difícil de aceptar. La obsesión de Starks podría haber venido sólo al observar las rocas talladas ensolecerse. Además, nosotros tres, expertos en historia medieval, podíamos notar, casi lo sentíamos, como todos los análisis, las deducciones y las teorías de Johann cobraban sentido. Estábamos seguros de cómo estaba instalado el castillo, la situación de las torres, el puente levadizo y el correspondiente foso. Todo nos parecía claro y cristalino. Ahora sólo faltaba darle un sentido, una explicación correcta al hecho de que este castillo estuviese emplazado en un bosque norteamericano. Era para volverse loco. No podíamos negar que era un castillo, sin lugar a objetar, pero no podíamos atribuirle un sentido, algo lógico y congruente que explicase su presencia.
Estábamos los tres, meditando, maravillados, buscando en lo más profundo de nuestra cabeza algo que pudiese resolverlo todo. Podíamos intentar encajar cada pieza del puzzle, pero eso era patético, no parecía un puzzle, no parecían haber piezas, todo era confusión. Todo era confusión.
Hasta que todo se iluminó, repentinamente. Cuándo todo se iluminó, de una luz ya no solar, sino mágica, resplandeciente como una estela de leones blancos, nuestros ojos se cegaron, por una imagen sobrenatural, ahora sí, una imagen que se impregnó de fuerza, y se clavó en nuestras retinas y mentes. ¿Qué era aquél destello profundo, que penetraba dentro de nosotros y nos imbuía de ideas? Todo me pareció tan lógico, tan fácil de repente... Y sé que a mis amigos le pasó lo mismo, no sé por que, pero lo sé. Bueno, ahora me cuesta saberlo, ahora sí. Pero no en ese segundo, porqué en ese segundo Louis, Andrew y yo contemplamos el Aleph, tal y cómo lo describía Georges Bourges en el "Orbis Tertius". No exactamente tal y cómo lo había explicado Bourges, no era exactamente esa esfera cegadora. Pero cegador, sí que era. Era una luz que llenó todo el lugar y nos impidió ver más la tierra. Era en cierta medida como lo describió Bourges, sí. Al maravillarnos de esa luz, pudimos verlo todo, y entenderlo todo. Todos los misterios de la vida, todas las vidas en si, todo el globo terráqueo en su totalidad. El universo, en su complejidad, nos pareció sencillo. Vimos planetas como el nuestro. Vimos cómo un hombre mataba a otro, millones de veces, vimos cómo grandes torres eran construidos en años de esfuerzo, cómo explosiones en el aire las hacían caer, cómo un hombre negro ganaba el poder del mayor país del mundo, cómo las guerras se sucedían, cómo aún así quedaban sonrisas en todos lados, y cómo el ser humano seguía esforzándose por sonreír. En esa parte del segundo, creo que lloramos. Y a continuación, pero a la vez al mismo tiempo, pues ese segundo fue eterno, se nos fue revelado el misterio por el que habíamos acudido. Esas pequeñas tres piedras que nos parecían tan insignificantes ahora.
Demasiada información nos llegó de golpe. Comprendimos la locura de Starks. ¿Cómo no volverse loco? Tras ese éxtasis provocado por la contemplación de la luz absoluta, terribles enseñanzas nos fueron impuestos.
Claro que había un castillo medieval de Miskatonic, de más de 3000 años de antigüedad, en pleno bosque Norteamericano. Y no tenía nada de raro. De la misma forma que había pirámides en las planicies heladas de Siberia, y en el golfo de Danzig. Como las maravillosas torres circulares, las torres arábicas de las mil y una noches se encontraban en el desierto australiano. También había una torre de Babel en el Sahara, similar a la de Alejandría. No había nada de raro en ello, eso nos decía el Aleph. Porque aquello sólo era una prueba arquitectónica de algo mucho más grande. La idea que nos estaba explicando, era mucho mayor, mucho más inaceptable. Creo que fue en ese momento (eterno) que perdimos la cordura. Nuestra mente humana no podía aceptar semejante verdad, se nos fue denegada la comprensión absoluta, nos volvimos locos al oírlo.
Pues el Aleph nos gritaba en susurros inaudibles, en un silencio ensordecedor, que el tiempo era eterno. Que el ser humano había sido un estúpido al considerar tan siquiera por un sólo momento que el tiempo era una línea recta. Que nuestros ojos eran demasiado ciegos para poder ver el tiempo en sí, su flujo constante y omnipresente, su locura. Tal ycomo decía Bourges, no era el tiempo una línea recta, sino más bien una esfera gigantesca, de superficie tan grande, tan extensa, que creíamos al mirar en él ver una línea. Una simple línea. ¡Pero era mucho más complejo que éso! El tiempo se repetía, una y otra vez, no dejaba de ser, era y era, en una eternidad monstruosa. Cada acto en sí volvía a cometerse millones de veces, cada ser humano volvía a nacer billones de veces, y era otra persona trillones de vidas. Cada uno de nosotros era a la vez todos los demás, todos los otros. El tiempo era siempre. Cuándo leíamos Hamlet, eramos el mismísimo Shakespeare, cuándo matábamos a alguien, éramos millones de asesinos, eramos Bruto matando a César, etc... Así pues, el tiempo era eterno, constante, se repetía, y a la vez era siempre, por lo que no podía repetirse, era desordenado, tal y como había querido mostrarnos el autor del "Fluxus Tempus Vesania"... Era un laberinto sin salidas...
¡Qué locura se adueñó de nuestras almas! No pudimos, simplemente, no pudimos aceptarlo. O al menos yo no. En ese instante, de nuevo eterno, tuve miedo. Mi mente retrocedió. Y caí al suelo.
La luz desapareció. Había tenido miedo, y la visión había desaparecido. El Aleph ya no estaba ahí. Y mis dos compañeros tampoco.
Quiero creer que la imagen absoluta que vi no era más que una ilusión, un espejismo delirante. Pero tres de mis compañeros han desaparecido. Y una parte de mí sabe que se los llevó el Aleph, al mismísimo tiempo, pues él es el tiempo y a la vez lo somos todos. Y ellos se evaporaron y formaron parte del Aleph eterno, del círculo sin fin cuyo borde nos es inalcanzable, del círculo del tiempo.
Pero es el tiempo una locura, y a la vez pudo bien atacarles un oso, pudo devorar su alma un Gerión extraterrestre, pude matarles yo en mi delirio.
Manuscritos encontrados en la Universidad de Miskatonic, en el cuarto del Prof. Dr. Steven Salinger. Están redactados con una letra a cada párrafo más movida, inquieta y nerviosa. La desaparición del profesor, el 12 de diciembre de 1933, está siendo investigada desde hace dos meses. Se le acusa del asesinato de Johann Starks, Louis Pattherson y Andrew McKinston.
Entraron los dos en el cuarto, casi a trompicones, tropezándose con los muebles ; una lámpara cayó al suelo. Sus ropas desaparecieron de sus cuerpos muy, muy rápidamente, y acabaron encima de los fragmentos hechos añicos de la lámpara. Se devoraban con ansia, como si esta noche fuese la última. Sus ojos se mezclaron llenos de ternura mientras él desabrochaba torpemente, impaciente, el sujetador de ella. No tardó demasiado en dejar al descubierto sus pechos. El cinturón de él fue arrancado en seguida, con maestría y habilidad, y apenas un segundo después, el chico se encontraba en ropa interior. No le duraría mucho. Como le duró poco a ella tener el pantalón en su sitio. Fue visto y no visto. Y casi de un empujón se encontraban a continuación los dos en la cama, desnudos, sus cuerpos juntos, rozándose en una ligera y tenue oscuridad, muy sugerente para sus mentes. Se besaron. Con fuerza. Se besaron las bocas, los cuellos, el contorno de sus figuras y cada parte mínimamente sensible. Todo su cuerpo fue besado. El de él. El de ella. Lo recorrían excitados, las lenguas parecían cobrar vida propia, y no paraban de amarse. Aterciopelada la piel de ambos, ésta se estremecía, en un murmullo, un ronroneo suave y contoneante de placer. Su hermosura se fundía de la misma manera que los cabellos de ambos se entrecruzaban, se enredaban en un torbellino y frenesí apasionado de puro gozo. No tardaron en oírse los primeros gemidos, el puro placer que empezaba a adueñarse de ellos, y así, se dejaban llevar por unas sensaciones fuertes e incontrolables, por una pasión que les hormigueaba, calientes, en cada fibra nerviosa de sus sobreexcitados cuerpos. Se amaron así, toda la noche, con desenfreno, con un deseo y un ansia más fuerte que cualquier otro sentimiento, otra idea o pensamiento. No podían parar, estaban hundidos de lleno en un círculo de estremecimientos y suspiros, de alientos fuertes y afrutados, de respiraciones entrecortadas. Sudores que recorrían sus pechos, sus espaldas, sin miedo a nada y sin intención de disminuir el ritmo, de descansar aunque fuese un segundo, de relajarse y volver a empezar. Seguían con absolutas fuerzas y así seguirían hasta el amanecer, hasta que sus huesos y músculos, extenuados y a la vez extasiados, no pudiesen dar más de sí, y cayesen como una dura roca cae al suelo, a la cama. Así siguieron hasta que el sol se dignó a aparecer, hasta que los dos, tras haber estado tan vivos, tras ese casi eterno gozo, ese éxtasis indescriptible, acabase, y los dos se acurrucasen, aún demasiado calientes y ardiendo para poder taparse tan siquiera con una sábana. Y sólo cuando ambos se quedasen sin energía para moverse, empapados de sudores y hormonas, liberados, intentarían, si aquello era posible tras esas horas de locura placentera, dormir y conciliar el sueño. En ese instante, ella se acercaría a su oído, ése que antes había mordido ansiosa, y le diría en un débil y suave susurro, casi inaudible :
-Son 180 euros.
-Son 180 euros.
He besado tus labios amor
He jugueteado en tus cabellos
Me he caído en tus ojos
Y he respirado tu aire
Me he dormido en tus pechos
Tras haber hecho jirones tu ropa
He caminado por tu cuerpo desnudo
Contra el mío, aterciopelados
Me he hundido en tus fragancias
Me he perdido en tus piernas
He degustado y devorado tu esencia, tu
alma.
Me he internado en lo más profundo de tu ser
Me he sumergido en ti
He penetrado en tu valle y
He probado tu néctar
Y ahora apártate de mí, amor
No vales la pena.
He jugueteado en tus cabellos
Me he caído en tus ojos
Y he respirado tu aire
Me he dormido en tus pechos
Tras haber hecho jirones tu ropa
He caminado por tu cuerpo desnudo
Contra el mío, aterciopelados
Me he hundido en tus fragancias
Me he perdido en tus piernas
He degustado y devorado tu esencia, tu
alma.
Me he internado en lo más profundo de tu ser
Me he sumergido en ti
He penetrado en tu valle y
He probado tu néctar
Y ahora apártate de mí, amor
No vales la pena.
Puesto a pensar un día, empecé a meditar sobre cuál es la mayor causa de la infelicidad (y por lo tanto, de la felicidad) del hombre. No tardé mucho en pensar como Blaise Pascal. Aún otras razones, era sin lugar a duda la condición de mortalidad la que atormentaba la mente de los seres humanos desde hacía milenios. Hasta tal punto, que habían buscado divinidades, religiones, a preguntas cuya respuesta era difícil de aceptar. Así que, al contrario que Blaise Pascal, me quise centrar en la importancia de su "divertimento" (que considero más que apropiado llamarlo "entretenimiento" como traducción válida a nuestro idioma), y cómo nosotros intentamos desviar los pensamientos de un hecho inalterable : la muerte. Como difería en ciertas ideas del autor de las "Letras provinciales", quise considerar los entretenimientos como medio para olvidar el final de nuestra vida, pero sin tener en cuenta (obviamente), la posibilidad de la religión y de una vida próxima, un cielo o siquiera un infierno.
Así que me decanté por alejar la teología. Ésta pretende dar medios de conducta, ofrecernos respuestas y alivio. Pero yo, "humanista" puro, estoy convencido que toda la respuesta está en el ser humano para su alivio, y en lo que le rodea. Lo que se puede tocar, lo que se puede sentir, y lo que se puede saber. Estas religiones que imponen a sus seguidores formas de vida, y se presentan a sí mismas como única verdad son rídiculas.
Pues la "verdad" es un término tan y tan subjetivo, que su mera existencia en un diccionario puede parecer a algunos ilógica. Quiero afirmar aquí, y lo reafirmaré tantas veces como sean necesarias, que tal y como dijo Einstein, todo es relativo, subjetivo, y depende del punto de vista. Algo puede ser cierto para algunos, y falso para otros. Un acto bueno puede ser considerado un acto malo para otra persona. Así que si ambas personas existen de "verdad", cada acto es en sí bueno y malo. Cada frase es cierta y falsa. Y por lo tanto, no existe lo positivo ni lo negativo, lo correcto y lo incorrecto. Sólo somos nosotros y la sociedad la que determinan la validez de las acciones. Pero hay alternancia de opiniones en ese "nosotros" y en esas "sociedades", por lo que alcanzar una verdad absoluta dentro de nuestra vida es imposible. Pero esta afirmación no es verdad.
Veo que me estoy alejando, y aunque mi método y desarrollo es de todo menos organizado y estructurado, no me avergüenzo, tengo muchas ideas que me salen solas, que caen al suelo y caminan, se dirigen al teclado y ocupan su sitio.
Volviendo al término religioso, considero desde hace tiempo como (im)prescindible a ésta, a la religión, su presencia en la sociedad. Es difícil determinar qué haríamos sin ella, incluso los que nos reímos de las palabras que anuncian en voz alta los portavoces de Dios. No podemos negar las grandes aportaciones de la religión a la sociedad. Términos como la piedad, la generosidad, casi se podría decir que existen gracias a la religión. [Me estoy centrando claramente en la religión cristiana, pues es la que más he absorbido y más constante está en mi día a día.] Pero a su vez, no podemos ignorar todas las masacres, mentiras y crueldades que ha causado. Así que por mucho que queramos agradecer a Dios su contribución, creo firmemente que ha llegado el momento en el que la mayoría, todos los posibles, deben liberarse de los yugos de la religión, de las cadenas impuestas. Es evidente que el retraso que provocan en nuestra sociedad, sus ánimos de entorpecer ciertas ideas, ciertas grandes ideas y "revoluciones". Ciertos cambios favorables. No puedo evitarlo, no puedo evitar querer gritar. Librarnos de las supersticiones y los hierros, "Aplastar lo infame", que diría Voltaire. Es mi deseo, que la gente olvide los aspectos negativos (aunque claro, son relativos) de una religión, se libere de ella, y conserve sólo las lecciones aprendidas, las buenas (aunque claro, es relativo), aquellas que aún tienen cabida. En nuestra "sociedad", en nuestro "mundo". Un cambio complicado, está claro. Y, en el fondo, mi esperanza es vana, dudo que esa presencia de Dios en nuestra Tierra vaya a desaparecer. Pues, no es algo por lo que tengamos exactamente que luchar, no de una forma tan concreta. Eliminar las supersticiones sí, las injusticias, pero tenemos que depositar nuestra confianza en que cada persona pensante se liberará, se armará de valor y aceptará. Aceptar, ¿el qué?
Aquí se puede complicar todo. ¿Es aceptar que Dios no existe? Desde mi punto de vista, desde mis ojos. Sí. Pero no se puede esperar eso para tantas personas. Es más, yo estoy convencido de que Dios no existe, de la total arbitrariedad y la suerte de nuestra existencia. Pero sé que no, que nunca, podrá demostrarse que Dios no existe. Desearía estar equivocado. Quizá lo esté. El tiempo lo dirá. Muchos dicen, que la mayor prueba de que Dios existe es que no podemos demostrar que no exista. Considero esto una tontería. Acaso hace tiempo, ¿podíamos demostrar todas las nuevas teorías científicas, todos los nuevos descubrimientos? Y sin embargo, existen. Así que quizá sólo queda esperar. Quizá no, quizá nunca podamos probarlo. Por eso debemos abrir nuestra mente de par en par. Y creyente o no, ser lo más extenso en nuestro razonamiento, lo más lógico y amable. Si creyente, conseguir mantener a la religión, a tu religión, en un lugar apartado de lo público y lo social. ¿Ayudas humanitarias? Porqué no. Pero cada cosa en su sitio.
Vuelvo a alejarme, como un caminante que decide coger el camino más largo e intrincado sólo para ver paisajes más bellos. Si regreso a alguna idea en la que me quedé, debo volver a hablar de los entretenimientos. ¿La simple condición mortal es capaz de arruinar nuestra existencia? Quizá así sea para algunos, y no podamos ver más allá. Para mí, como para muchos otros, se me hace duro tener que aceptar, que soportar el hecho, de que un día mis ojos se cerraran para siempre, mis pulmones no respirarán más, mi pecho no inspirará ni expirará. Mis manos no se moverán y no escribirán más. Y absolutamente todo lo que soy, mis pensamientos, mi simple existencia [Mi "pienso, luego existo"] se desvanecerá. Dejaré de ser, tan sencillo como eso. Como dejamos de ser todos, dejaremos de pensar, y quedará de nosotros un cuerpo inerte, una carcasa vacía y el recuerdo a nuestro alrededor, el recuerdo que dejamos. Por eso, una vez le dije a cierta persona : "Envidio a aquellas personas que creen en un Dios, y creen que hay una vida después de la muerte". A lo que esa persona me respondió, que no tenía sentido, porque nosotros teníamos nuestra idea, y que lo que para nosotros era verdad, para ellos sería mentira, y vivirían pues ellos una mentira. Nunca acabé de estar de acuerdo. Porque pese a que quizá ellos vivan una mentira, puede que sean más felices que yo viviendo mi verdad.
Así que seguí meditando. Cada vez aceptando más la idea de mortalidad, como todos hacemos lentamente (o morimos en el mayor de los disgustos, la mayor de las desgracias y las locuras). Me sorprendí a mí mismo al darme cuenta que los entretenimientos tenían mayores usos y mayor importancia que la de desviarnos de la muerte. Es más, no es que nos desviasen de la muerte, sino que nos centraban en la vida. Era la vida, una concentración de entretenimientos, de diversiones. Pues era hora de cambiar la etimología de Pascal. Diversiones, sí. Y mucho más, era la risa y el llanto de lo que estaba hecha la vida. Una mezcla perfecta de sentidos y sentimientos, de amor y odio, de egoísmo y altruismo, etc... De todo a la vez. Olvidar la muerte no era exactamente la solución (sólo en parte). Si es que podemos decir que hay una solución, era sin duda aceptarla, y ser capaces de vivir una vida lo más feliz posible.
Fue en ese momento cuándo comprendí mi egoísmo y mi monstruosidad. Había considerado mi vida infeliz por el simple hecho de vivirla. Nada podía sorprenderme, nada distraerme. Poco importaba la muerte, si mi vida me sabía a tan poco. ¿Era esa mi maldición? ¿Era esa la de todos? No el morir, sino el vivir. Fue una noche de sudores, desesperación e insomnio. Todos vivimos noches así, para qué negarlo. Fue una noche en la que el protagonista era yo. Irremediablemente. Pero lo detesto hoy, lo detesto ahora y lo detestaré siempre. Mi "yo" es algo asqueroso que quiero apartar, lo aborrezco profundamente. Así que lo importante de mi "yo" eran los "demás" que estaban incluidos en él, un "demás" que debía convertirse en "nosotros".
Pero era insoportable esa sensación de opresión en el pecho. Pues no era mi vida tan importante como para pensar ni tan siquiera un segundo en ello. Lo importante de verdad eran las otras vidas. Y sabiendo las injusticias, las infamias que habitaban el mundo, considerar sólo por un segundo mi mente era el mayor de los pecados. Fue en ese momento cuándo comprendí mi egoísmo y mi monstruosidad. Por eso estos últimos párrafos son tan detestables, tan vomitivos, pero no se puede evitar, ahí deben estar clavados, como muestra de ese egoísmo repelente.
Así que los entretenimientos estaban a la base del placer puro de nuestra vida, era tan sencillo como eso. No me cansaba de repetirlo, la vida era tan fácil como : nacer, vivir y morir. No había que buscarle excesivos pies a un gato, ni excesivas vidas. No era como buscar una aguja en un pajar. No había que buscarle un sentido más, un sentido profundo y revelador de no retorno, un nirvana. La vida era excesivamente injusta y cruel para muchos, y demasiado buena y jugosa para otros. Era luchar por una utopía, y conseguir poco a poco esos adelantos, esos escalones a los que se podía subir. En cierto modo, la vida siempre es agridulce. Y esos tan terribles sentimientos que te la agriaban y te la dulcificaban debían ser eso [Puesto que una vez aceptada la muerte, eran los hechos en cierto sentido, pero sobretodo los sentimientos los que daban la felicidad y la infelicidad a nuestra vida, eso estaba claro.]. Sentimientos y controlarlos.
Reitero, el entretenimiento es la base de la vida.
Así que me decanté por alejar la teología. Ésta pretende dar medios de conducta, ofrecernos respuestas y alivio. Pero yo, "humanista" puro, estoy convencido que toda la respuesta está en el ser humano para su alivio, y en lo que le rodea. Lo que se puede tocar, lo que se puede sentir, y lo que se puede saber. Estas religiones que imponen a sus seguidores formas de vida, y se presentan a sí mismas como única verdad son rídiculas.
Pues la "verdad" es un término tan y tan subjetivo, que su mera existencia en un diccionario puede parecer a algunos ilógica. Quiero afirmar aquí, y lo reafirmaré tantas veces como sean necesarias, que tal y como dijo Einstein, todo es relativo, subjetivo, y depende del punto de vista. Algo puede ser cierto para algunos, y falso para otros. Un acto bueno puede ser considerado un acto malo para otra persona. Así que si ambas personas existen de "verdad", cada acto es en sí bueno y malo. Cada frase es cierta y falsa. Y por lo tanto, no existe lo positivo ni lo negativo, lo correcto y lo incorrecto. Sólo somos nosotros y la sociedad la que determinan la validez de las acciones. Pero hay alternancia de opiniones en ese "nosotros" y en esas "sociedades", por lo que alcanzar una verdad absoluta dentro de nuestra vida es imposible. Pero esta afirmación no es verdad.
Veo que me estoy alejando, y aunque mi método y desarrollo es de todo menos organizado y estructurado, no me avergüenzo, tengo muchas ideas que me salen solas, que caen al suelo y caminan, se dirigen al teclado y ocupan su sitio.
Volviendo al término religioso, considero desde hace tiempo como (im)prescindible a ésta, a la religión, su presencia en la sociedad. Es difícil determinar qué haríamos sin ella, incluso los que nos reímos de las palabras que anuncian en voz alta los portavoces de Dios. No podemos negar las grandes aportaciones de la religión a la sociedad. Términos como la piedad, la generosidad, casi se podría decir que existen gracias a la religión. [Me estoy centrando claramente en la religión cristiana, pues es la que más he absorbido y más constante está en mi día a día.] Pero a su vez, no podemos ignorar todas las masacres, mentiras y crueldades que ha causado. Así que por mucho que queramos agradecer a Dios su contribución, creo firmemente que ha llegado el momento en el que la mayoría, todos los posibles, deben liberarse de los yugos de la religión, de las cadenas impuestas. Es evidente que el retraso que provocan en nuestra sociedad, sus ánimos de entorpecer ciertas ideas, ciertas grandes ideas y "revoluciones". Ciertos cambios favorables. No puedo evitarlo, no puedo evitar querer gritar. Librarnos de las supersticiones y los hierros, "Aplastar lo infame", que diría Voltaire. Es mi deseo, que la gente olvide los aspectos negativos (aunque claro, son relativos) de una religión, se libere de ella, y conserve sólo las lecciones aprendidas, las buenas (aunque claro, es relativo), aquellas que aún tienen cabida. En nuestra "sociedad", en nuestro "mundo". Un cambio complicado, está claro. Y, en el fondo, mi esperanza es vana, dudo que esa presencia de Dios en nuestra Tierra vaya a desaparecer. Pues, no es algo por lo que tengamos exactamente que luchar, no de una forma tan concreta. Eliminar las supersticiones sí, las injusticias, pero tenemos que depositar nuestra confianza en que cada persona pensante se liberará, se armará de valor y aceptará. Aceptar, ¿el qué?
Aquí se puede complicar todo. ¿Es aceptar que Dios no existe? Desde mi punto de vista, desde mis ojos. Sí. Pero no se puede esperar eso para tantas personas. Es más, yo estoy convencido de que Dios no existe, de la total arbitrariedad y la suerte de nuestra existencia. Pero sé que no, que nunca, podrá demostrarse que Dios no existe. Desearía estar equivocado. Quizá lo esté. El tiempo lo dirá. Muchos dicen, que la mayor prueba de que Dios existe es que no podemos demostrar que no exista. Considero esto una tontería. Acaso hace tiempo, ¿podíamos demostrar todas las nuevas teorías científicas, todos los nuevos descubrimientos? Y sin embargo, existen. Así que quizá sólo queda esperar. Quizá no, quizá nunca podamos probarlo. Por eso debemos abrir nuestra mente de par en par. Y creyente o no, ser lo más extenso en nuestro razonamiento, lo más lógico y amable. Si creyente, conseguir mantener a la religión, a tu religión, en un lugar apartado de lo público y lo social. ¿Ayudas humanitarias? Porqué no. Pero cada cosa en su sitio.
Vuelvo a alejarme, como un caminante que decide coger el camino más largo e intrincado sólo para ver paisajes más bellos. Si regreso a alguna idea en la que me quedé, debo volver a hablar de los entretenimientos. ¿La simple condición mortal es capaz de arruinar nuestra existencia? Quizá así sea para algunos, y no podamos ver más allá. Para mí, como para muchos otros, se me hace duro tener que aceptar, que soportar el hecho, de que un día mis ojos se cerraran para siempre, mis pulmones no respirarán más, mi pecho no inspirará ni expirará. Mis manos no se moverán y no escribirán más. Y absolutamente todo lo que soy, mis pensamientos, mi simple existencia [Mi "pienso, luego existo"] se desvanecerá. Dejaré de ser, tan sencillo como eso. Como dejamos de ser todos, dejaremos de pensar, y quedará de nosotros un cuerpo inerte, una carcasa vacía y el recuerdo a nuestro alrededor, el recuerdo que dejamos. Por eso, una vez le dije a cierta persona : "Envidio a aquellas personas que creen en un Dios, y creen que hay una vida después de la muerte". A lo que esa persona me respondió, que no tenía sentido, porque nosotros teníamos nuestra idea, y que lo que para nosotros era verdad, para ellos sería mentira, y vivirían pues ellos una mentira. Nunca acabé de estar de acuerdo. Porque pese a que quizá ellos vivan una mentira, puede que sean más felices que yo viviendo mi verdad.
Así que seguí meditando. Cada vez aceptando más la idea de mortalidad, como todos hacemos lentamente (o morimos en el mayor de los disgustos, la mayor de las desgracias y las locuras). Me sorprendí a mí mismo al darme cuenta que los entretenimientos tenían mayores usos y mayor importancia que la de desviarnos de la muerte. Es más, no es que nos desviasen de la muerte, sino que nos centraban en la vida. Era la vida, una concentración de entretenimientos, de diversiones. Pues era hora de cambiar la etimología de Pascal. Diversiones, sí. Y mucho más, era la risa y el llanto de lo que estaba hecha la vida. Una mezcla perfecta de sentidos y sentimientos, de amor y odio, de egoísmo y altruismo, etc... De todo a la vez. Olvidar la muerte no era exactamente la solución (sólo en parte). Si es que podemos decir que hay una solución, era sin duda aceptarla, y ser capaces de vivir una vida lo más feliz posible.
Fue en ese momento cuándo comprendí mi egoísmo y mi monstruosidad. Había considerado mi vida infeliz por el simple hecho de vivirla. Nada podía sorprenderme, nada distraerme. Poco importaba la muerte, si mi vida me sabía a tan poco. ¿Era esa mi maldición? ¿Era esa la de todos? No el morir, sino el vivir. Fue una noche de sudores, desesperación e insomnio. Todos vivimos noches así, para qué negarlo. Fue una noche en la que el protagonista era yo. Irremediablemente. Pero lo detesto hoy, lo detesto ahora y lo detestaré siempre. Mi "yo" es algo asqueroso que quiero apartar, lo aborrezco profundamente. Así que lo importante de mi "yo" eran los "demás" que estaban incluidos en él, un "demás" que debía convertirse en "nosotros".
Pero era insoportable esa sensación de opresión en el pecho. Pues no era mi vida tan importante como para pensar ni tan siquiera un segundo en ello. Lo importante de verdad eran las otras vidas. Y sabiendo las injusticias, las infamias que habitaban el mundo, considerar sólo por un segundo mi mente era el mayor de los pecados. Fue en ese momento cuándo comprendí mi egoísmo y mi monstruosidad. Por eso estos últimos párrafos son tan detestables, tan vomitivos, pero no se puede evitar, ahí deben estar clavados, como muestra de ese egoísmo repelente.
Así que los entretenimientos estaban a la base del placer puro de nuestra vida, era tan sencillo como eso. No me cansaba de repetirlo, la vida era tan fácil como : nacer, vivir y morir. No había que buscarle excesivos pies a un gato, ni excesivas vidas. No era como buscar una aguja en un pajar. No había que buscarle un sentido más, un sentido profundo y revelador de no retorno, un nirvana. La vida era excesivamente injusta y cruel para muchos, y demasiado buena y jugosa para otros. Era luchar por una utopía, y conseguir poco a poco esos adelantos, esos escalones a los que se podía subir. En cierto modo, la vida siempre es agridulce. Y esos tan terribles sentimientos que te la agriaban y te la dulcificaban debían ser eso [Puesto que una vez aceptada la muerte, eran los hechos en cierto sentido, pero sobretodo los sentimientos los que daban la felicidad y la infelicidad a nuestra vida, eso estaba claro.]. Sentimientos y controlarlos.
Reitero, el entretenimiento es la base de la vida.
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