En aquel lugar, las montañas se alzaban como pinceles, descontroladas y desordenadas. Las nubes bajaban y subían, pero estaban siempre ahí recordándote que estabas solo. Cerca de un barranco, colgaba un árbol muerto, antaño señor de los frutos. Un pequeño río cruzaba cerca del árbol y caía por el precipicio, formando una cascada delgada y fina como trazos de tinta suave. La estructura era pequeña, con un tejado característico de la región. Tan próxima al vacío, que cualquiera diría que estuviese a punto de precipitarse y dejar de ser. Pero no había cualquiera, nadie se aproximaba al pequeño templo. Era exagerar llamarlo así, más bien un lugar de paso, y rezar. Viejas leyendas y ausencia de vida. Esa ermita, de un rojo ya desgastado, podría anunciar a los viajantes (si hubiese peregrinos) con dos estatuas. Leones de piedra, ya rotos cual alma. Una sonrisa aderezaba esos ídolos sin sentido ahora, una sonrisa macabra. O juguetona, depende el estado de ánimo con el que se mirase. En la entrada, el símbolo de fuego te indicaba que alguna vez este sitio había sido un sitio muy diferente, porque... ¿Qué hacía la llama en un lugar cómo éste?
Todo cambiaba. Todo menos la determinación del viejo monje, que aún vivía en esas abandonadas dos habitaciones, mugrientas y exentas de toda comodidad. Aún cogía el agua con unos cubos mohosos, a duras penas, en el riachuelo. No había agua mas pura. Y aún bajaba el precipicio, por esa escalinata de piedra que se deterioraba con las lluvias, que algún dia dejaría de existir, como el viejo monje. Y abajo en el lago, pescaba todavía algunas carpas, con una destreza difícil de creer en un octogenario. Y así vivía su día a día. Rezando, bebiendo, comiendo, durmiendo y rezando.
Pero ya había entendido muchas cosas, y aún más que iba a entender. Sus escritos se apilaban, cerca de las paredes. Le quedaba poco, y estaba muy cerca. Nadie le buscaría una vez muerto, quizá tardarían años en encontrarle, su cadáver podrido y descompuesto en la pequeña mesa baja. Su mano sujetando ya no tan firmemente la pluma, la tinta seca, sus últimas palabras :
"La soledad me ha privado de todo aquello que quería y a la vez detestaba, pero lo he comprendido todo. No vale nada mi vida, no vale ninguna. Nuestros días están llenos de vacío. Muero feliz, ya no rezando. No hay brazos que me acojan, ni necesidad de ellos. Tantos años conmigo. Me he dado cuenta, que no hay nada cierto ni nada que valga la pena. Esa es la única verdad."