No está cansado. Simplemente es más consciente de todo lo que le rodea alrededor. Nota cómo le cae el sudor en el pecho, cada perla brillante que atraviesa su cuerpo. Nota el viento, una brisa marina y fresca, que agita sus cabellos cortos, y los remueve con fragilidad. Que erizan ligeramente el vello de sus piernas. Oye los graznidos de las gaviotas, su revoloteo y torpe movimiento de alas.
Respira, lentamente, sin miedo a tragar demasiado aire, pero para poder sentir aún mejor esa brisa, para que penetre en sus fosas nasales y le invada una sensación agradable que recorra todo su ser.
A su lado, más de doscientos hombres agonizan, otros están muertos. Son sus hombres, sus capas rojas mezcladas con la sangre dan a la imagen un aspecto extraño, casi desagradable. Ya casi ha acabado, todos van a morir hoy. Y cenarán en el Hades todos juntos.
Nota, apenas, las dos flechas que están alojadas en su vientre. Necesita más que eso para caer, no es tan débil. No lamenta nada, no fue entrenado para eso. Fue adiestrado para luchar, y eso ha hecho. Fue educado para morir en la batalla, para alcanzar la mayor gloria posible al perecer en combate. Y eso ha hecho.
Ahora, sólo le queda esperar. Esperar esa descarga fatal y última de flechas crueles. Unas flechas que se contaran por millones y que taparan el sol, tapando su vida.
Morirá en la sombra, pero no en la sombra del tiempo. Él, no será olvidado, su gesta, su hazaña y la de sus trescientos hombres será recordada por muchos siglos.
Ahora, sólo le queda esperar. Y mientras esas puntas afiladas se dirigen hacia él, su último pensamiento, a su reina, a su amada, a su querida. A ella van dedicados sus últimos segundos. Y si tuviese una razón por la que lamentar su sacrificio, sería por ella.
"Mi amor", dice. Y después, las miles de flechas se le clavan, con un impacto fuertísimo, que hace temblar las almas.