A través del tiempo, el tiempo en sí, y gracias a él, me he dedicado a estudiar en profundidad la historia de estas tierras en las que habitamos. Lo que nosotros llamamos ahora Miskatonic, esta ciudad de gran vida, comercio, y famosa por los extensos pasillos de la biblioteca de su universidad. Por esos volúmenes polvorientos y repletos de cuentos extraños, misteriosos y cuyos secretos parecen enseñarle al hombre algo más antiguo que su propia existencia. Esos volúmenes, esos tomos de cuero negro ensuciado por el paso de los años, cuyas páginas amarillentas, chamuscadas y rotas se deshacen en pedazos, son aquellos que dan a nuestra de por sí humilde y próspera ciudad toda la importancia en la sociedad estadounidense emergente. Debemos aceptar que son los enigmas que rodean las torres de los castillos de Miskatonic los que nos dan a conocer. Quise justamente, profundizar en esos enigmas. Muchos de nosotros, historiadores de la Universidad, intentamos descubrir y ahondar en muchas incongruencias que tenemos aquí. Me explico. Es conocido el interés mundial por las obras de arte, las construcciones y demás ubicadas en todo el territorio alrededor de Miskatonic, preferentemente la parte noroeste. Es en los bosques de Ravenska y Shallowell es dónde hay más edificaciones y arquitectura, por decirlo de alguna manera, extraña... Y justamente, es en esos dos bosques en los que se registran la mayor cantidad de incidentes misteriosos, sin resolver. Muchos son los que se han internado en esos bosques, varios colegas míos, compañeros de profesión, conocidos, para intentar aclarar un poco los hechos, y nuestros conocimientos. Mi fiel amigo Johann Starks fue uno de los primeros en interesarse por las pequeñas ruinas de Shallowell, situadas en las coordenadas citadas al borde de la página, al principio. [Nota del editor : Las coordenadas, efectivamente, se hallan en el lugar indicado, pero borradas a conciencia, rellenadas de tinta hasta ser completamente irreconocibles. Con el material disponible ahora mismo, no puedo descubrir qué coordenadas eran. Parece que alguien tuvo mucho empeño en que desaparezcan.] Fue también uno de los primeros en desaparecer.
Yo, como gran compañero suyo, tuve acceso en un principio a sus investigaciones. El material con el que trataba Starks era tremendamente interesante, y por lo que estaba descubriendo, suponía una posible revolución, una revelación que aclararía las (como no dejo de llamar) "incongruencias" presentes en los bosques de Miskatonic. No voy a mentir. Mis capacidades mentales nunca llegaron a la suela de los pies de las de mi amigo Johann. Lo que él estaba viendo en su trabajo, en esos trozos de piedra ligeramente trabajados a mi parecer me era totalmente incomprensible. Leí sus informes, y me intrigaron, es cierto. Johann Starks había recogido tres pequeños trozos de piedra y los había analizado en su laboratorio, él solo. Por lo que pude leer, esos fragmentos graníticos databan, mínimo, de hacía 3000 años. No pude evitar reírme al ver esas notas escritas en sus apuntes de escritura rápida, garabateada, confusa y nerviosa. Era más fácil pensar en un error en el analísis, un error científico, que aceptar la soberana tontería que esas piedras nos estaban contando. Pero Starks se empeñaba en sus cavilaciones sin sentido, y no dejaba de repetirme (a veces a gritos) que lo que sus analísis mostraban era la realidad. Las tres piedras, trabajadas hacía 3000 años, eran exactamente idénticas, a las que podían encontrarse en un castillo medieval de Inglaterra, hacia principios del siglo XI, XII. ¿Acaso no hacía eso las investigaciones de Johann aún más dementes, paranoicas si cabe, e incomprensibles?
No me tomé en serio sus descubrimientos, y aunque los leía encantado, poco a poco empecé a dudar del estado de salud mental de mi (antiguamente) amigo. A los pocos meses de haber empezado su investigación, Johann decidió no enseñarme más sus informes, y comenzó a recluirse más y más en su laboratorio, en sus análisis y sus meditaciones. Sus investigaciones parecían tomar forma, o eso aseguraba él cada vez que se le preguntaba, y respondía nerviosamente, como asustado, los ojos poco a poco inyectados más en sangre, su tez más malsana, entre amarillenta y blanca. Si consiguió sacar alguna conclusión de todo eso, nunca la compartió. Ahora, mientras escribo en esta hoja desgastada, tengo delante las 32 páginas de sus informes, que están tituladas así : "Investigaciones sobre las ruinas de Shallowell - La incongruencia del tiempo". He leído y releído cientos de veces estas páginas, con ánimo de entender mejor a mi querido y desaparecido amigo. Es más, al leerla cada vez más detenidamente, he comprobado que la examinación de los fragmentos de Shallowell condujo a Johann a consultar cuatro libros de la biblioteca. Éstos son el "Necronomicón" del árabe demente Abdul Alhazred, el "Orbis Tertius" de Georges Bourges, sobre las sociedades ya desaparecidas, las míticas ciudades de Atlantis y R'lyeh. Además, el "Oniriks Tetraemon" del asceta, el misterioso monje negro de las profundidades húngaras, cuyos libros eran firmados por el apodo de "Baekalor", y cuyo nombre se desconoce aún en nuestros días. Finalmente, y no por ello menos importante, el "Fluxus Tempus Vesania", del romano Fabrizio Imenta (probablemente un nombre falso), que trata sobre la pura locura de nuestro universo, y del hombre al pretender entender y darle lógica al paso del tiempo. Es éste último tomo el que más me interesaba, si bien todos ellos eran extremadamente "curiosos", y conocidos por no dejar indiferente. Libros escritos por mentes fuera de lo corriente, por hombres que habían perdido su juicio, y que por las palabras que habían dejado grabadas para la historia, hacían perder el juicio a muchos más. Lo he sacado varias veces de la biblioteca, y creo que el "Fluxus Tempus Vesania" es sin duda el volumen que más le hizo avanzar al profesor Starks en su investigación. De lo poco que sabemos sobre Fabrizio Imenta, es que era un filósofo, gobernador de un pequeño pueblo romano a las afueras de Nápoles, y que acabó sus días recluido en un monasterio, su mente ya trastocada por no se sabe qué rituales que contempló en los bosques norteños, y sus últimos estudios poco cuerdos, atestiguados en su único y pesado volumen : "Fluxus Tempus Vesania". Los otros tres tomos tan consultados por Starks eran de índole sobrenatural, demasiado mística y mágica para que pudiesen tener alguna relación con los tres fragmentos "medievales" (aunque cada vez pienso más que esos tres tomos malditos también tenían mucha relación con todo el asunto que Starks estaba descubriendo y sacando a la luz). El "Fluxus Tempus Vesania" no son precisamente unos escritos fáciles de comprender, justamente lo contrario. Sumado al hecho de los temas tratados, la escritura compleja, está el que cada capítulo parezca desordenado, sin sentido, y que no tienen ningún orden lógico. Los números de los capítulos y las páginas son variables y no se suceden con el orden habitual. Es más, no se suceden con un orden. Así, el capítulo III está seguido del XXVII, y la página 317 va precedida por la 623, y la siguiente página es la 34. Parece que Fabrizio puso su empeño en distraer y confundir al lector, como mofándose y divirtiéndose de todo aquel que abriese su libro enfermo en la posteridad. Pero los números son tan complicados y desordenados como los temas que trata, y la forma en la que están tratados. Así, las historias evocadas en este libro de reflexiones metafísicas y filosóficas, tan profundas y complicadas para mi propio entendimiento, se conjugan creando un caos que casi acabó por volverme loco. Varios cuentos se suceden a lo largo del tomo, algunos como ejemplo para ilustrar argumentos, etc... Y en ellos, todas las historias se encadenan, los personajes mueren y reviven, desaparecen sin ton ni son, vuelven a aparecer, cambian a veces sus nombres, sus actitudes. Todo eso contribuye a esa impresión de "locura", esa anómalia en las palabras leídas que debieron acabar con la cordura de muchos. Creo conservar un poco de mí, después de haber leído el "Fluxus Tempus Vesania". Me considero afortunado.
Volviendo a las investigaciones de Starks, éste último anunció, hará ya un buen tiempo, que iba a hacer otra excursión a las ruinas de Shallowell, e iba a desentrañar el misterio relacionado con las tres piedras, por completo. Se dirigió a las ruinas al mediodía, con cuatro ayudantes de confianza. No los volvimos a ver. Por supuesto, llamamos a la polícia, e hicimos una incursión, en cierto modo, a las ruinas, dispuestos a descubrir lo que había pasado y llegar al fondo del asunto. Pero mi amigo Johann Starks había desaparecido totalmente de la faz de la tierra. Estuvimos cinco días buscando, explorando hasta el más mínimo rastro, cada metro cuadrado, con la intención de encontrar aunque fuese un trozo de ropa. Un jirón de camisa lleno de tierra, lleno de sangre. Algo que pudiese explicar la desaparición, el ataque de una fiera, de un animal salvaje. Los osos abundan por estos territorios. Pero nada. No quedaba nada de ellos.
Fue en ese momento, intrigados por este hecho sobrenatural, que tres compañeros de Johann decidimos seguir sus investigaciones. Éramos Louis Pattherson, Andrew McKinston, y yo. Forzamos su despacho, que estaba cerrado a conciencia, y empezamos a trabajar. Cogimos todos sus documentos, todos sus análisis y deducciones. Debo recordar sus 32 páginas de informes : "Las Ruinas de Shallowell - La incongruencia del tiempo". Fue en ese momento que sacamos de la biblioteca los cuatro tomos prohibidos, y los estudiamos cada uno por su cuenta. Me centré en la obra de Fabrizio, convencido que era ahí dónde encontraría la respuesta.
Sus páginas amarillentas, sumadas a los apuntes y deducciones de Starks nos acercaron a Louis, a Andrew y a mí, a lo que podía ser la verdad, la resolución del enigma de las tres piedras y de la desaparición de mi querido amigo.
Aún ahora no estoy seguro, quién sabe. Es complicado, resignarse y aceptar algo tan fantástico como lo que creímos descubrir. No quiero transmitir con exactitud las palabras redactadas por mi amigo, ni las que Fabrizio Imenta osó escribir hace siglos. No quiero plasmar aquí alguna cita que aclare los misterios a los que nos, por decirlo así, enfrentábamos. Que la persona que esté leyendo esto se haga su propia idea, a partir de lo que yo le explique, o más bien, intente explicarle.
Hubo una diversidad, digamos, una divergencia de opiniones entre nosotros tres, sobre la causa de la desaparición de Starks. Yo tenía mis ideas, pero estaba dubitativo, muy confuso, y para nada seguro de poder demostrar y convencer a mis compañeros de lo que mi mente poco a poco tejía y asimilaba. Así pues, parecía que iba a reinar su patética teoría, absurda y repelente, de que en las ruinas de Shallowell habitaba una criatura ultraterrena. Según Louis y Andrew, era un monstruo horrible, cuyas descripciones habían leído en el "Necronomicón", el que se hallaba en Shallowell, y el que había devorado por completo a Starks y a sus tres ayudantes. Era su firme creencia que un ser surgido de más allá de las estrellas, había anidado en nuestro mundo, en un bosque profundo, húmedo y oscuro, y desde ahí, había ido apropiándose de almas humanas. No pude evitar una gran carcajada cuándo me contaron esa ridícula hipotésis. Para ellos, era el "Yaggoth", un ser de tres cabezas, cual Gerión extraterrestre y maquiavélico (Además, cabe destacar que Louis aseguraba que era este ente tricéfalo surgido de pesadillas el que había inspirado ese episodio de los doce retos de Hércules). Por suerte, claro está, en el "Necronomicón" había una guía muy útil para poder derrotar este ser, usando tales pócimas extrañas y polvos extraídos de flores, que Louis y Andrew a su debido tiempo crearon.
Así que partimos los tres, los tres solos, a explorar las ruinas de Shalowell. Quién lea esto puede pensar que esa incursión era un suicidio, si íbamos a enfrentarnos a ese Gerión extraño y fatal. Pero se equivoca, porqué yo ya sabía que no íbamos a encontrar tal monstruo, aunque lo era en cierto modo, era un suicidio, algo terrible, una sombra que acechaba mi mente. Por que si mis teorías eran correctas, lo que íbamos a encontrar en ese castillo devastado, también nos iba a hacer desaparecer.
Con el miedo, el corazón agarrotado, mis dos amigos se internaron en el bosque. Les seguí, pero debo decir que no había congoja en mi alma. Más bien, una curiosidad, un interés creciente sobre la posibilidad de encontrar algo como nunca se había visto (bueno, sí, se había visto, pero nadie había podido existir después de verlo para contarlo). Ya saben lo que se dice... La curiosidad mató al gato. Sí, indudablemente. He de añadir que yo no soy muy dado a hacer excursiones de esta índole, y nunca, había visitado las ruinas. Llegamos a la hora en la que el sol está más alto. Y pese a la frondosidad del bosque, el astro iluminaba vigorosamente lo que antaño había sido... un castillo. No cabía duda alguna. Al ver esas ruinas, esas historias grabadas en piedra, la certitud de lo que había leído en los informes de Starks era absoluta. ¿Cómo era eso posible? No lo sé. Había en pleno bosque americano, un castillo del siglo XI, un precioso castillo medieval, que el paso del tiempo había convertido en rocas dominadas por la maleza. Sin embargo, el tiempo mismo hacía de esta imagen algo imposible e inexplicable. Louis y Andrew estaban tan maravillados como yo, y parecían haber olvidado momentáneamente el supuesto enfrentamiento con su montruo de tres pares de ojos (o más...), su terrible "Yaggoth". Pues no podíamos apartar la vista de la escena, de aquellos rayos de luz penetrando en rocas milenarias, iluminándolas, encendiéndolas con un amarillo enrojecido que nos deslumbraba completamente. Cierto, nosotros no habíamos ido a Shallowell, ¿pero era ésta sobrenatural imagen la que todos habían contemplado? Se me hacía difícil de aceptar. La obsesión de Starks podría haber venido sólo al observar las rocas talladas ensolecerse. Además, nosotros tres, expertos en historia medieval, podíamos notar, casi lo sentíamos, como todos los análisis, las deducciones y las teorías de Johann cobraban sentido. Estábamos seguros de cómo estaba instalado el castillo, la situación de las torres, el puente levadizo y el correspondiente foso. Todo nos parecía claro y cristalino. Ahora sólo faltaba darle un sentido, una explicación correcta al hecho de que este castillo estuviese emplazado en un bosque norteamericano. Era para volverse loco. No podíamos negar que era un castillo, sin lugar a objetar, pero no podíamos atribuirle un sentido, algo lógico y congruente que explicase su presencia.
Estábamos los tres, meditando, maravillados, buscando en lo más profundo de nuestra cabeza algo que pudiese resolverlo todo. Podíamos intentar encajar cada pieza del puzzle, pero eso era patético, no parecía un puzzle, no parecían haber piezas, todo era confusión. Todo era confusión.
Hasta que todo se iluminó, repentinamente. Cuándo todo se iluminó, de una luz ya no solar, sino mágica, resplandeciente como una estela de leones blancos, nuestros ojos se cegaron, por una imagen sobrenatural, ahora sí, una imagen que se impregnó de fuerza, y se clavó en nuestras retinas y mentes. ¿Qué era aquél destello profundo, que penetraba dentro de nosotros y nos imbuía de ideas? Todo me pareció tan lógico, tan fácil de repente... Y sé que a mis amigos le pasó lo mismo, no sé por que, pero lo sé. Bueno, ahora me cuesta saberlo, ahora sí. Pero no en ese segundo, porqué en ese segundo Louis, Andrew y yo contemplamos el Aleph, tal y cómo lo describía Georges Bourges en el "Orbis Tertius". No exactamente tal y cómo lo había explicado Bourges, no era exactamente esa esfera cegadora. Pero cegador, sí que era. Era una luz que llenó todo el lugar y nos impidió ver más la tierra. Era en cierta medida como lo describió Bourges, sí. Al maravillarnos de esa luz, pudimos verlo todo, y entenderlo todo. Todos los misterios de la vida, todas las vidas en si, todo el globo terráqueo en su totalidad. El universo, en su complejidad, nos pareció sencillo. Vimos planetas como el nuestro. Vimos cómo un hombre mataba a otro, millones de veces, vimos cómo grandes torres eran construidos en años de esfuerzo, cómo explosiones en el aire las hacían caer, cómo un hombre negro ganaba el poder del mayor país del mundo, cómo las guerras se sucedían, cómo aún así quedaban sonrisas en todos lados, y cómo el ser humano seguía esforzándose por sonreír. En esa parte del segundo, creo que lloramos. Y a continuación, pero a la vez al mismo tiempo, pues ese segundo fue eterno, se nos fue revelado el misterio por el que habíamos acudido. Esas pequeñas tres piedras que nos parecían tan insignificantes ahora.
Demasiada información nos llegó de golpe. Comprendimos la locura de Starks. ¿Cómo no volverse loco? Tras ese éxtasis provocado por la contemplación de la luz absoluta, terribles enseñanzas nos fueron impuestos.
Claro que había un castillo medieval de Miskatonic, de más de 3000 años de antigüedad, en pleno bosque Norteamericano. Y no tenía nada de raro. De la misma forma que había pirámides en las planicies heladas de Siberia, y en el golfo de Danzig. Como las maravillosas torres circulares, las torres arábicas de las mil y una noches se encontraban en el desierto australiano. También había una torre de Babel en el Sahara, similar a la de Alejandría. No había nada de raro en ello, eso nos decía el Aleph. Porque aquello sólo era una prueba arquitectónica de algo mucho más grande. La idea que nos estaba explicando, era mucho mayor, mucho más inaceptable. Creo que fue en ese momento (eterno) que perdimos la cordura. Nuestra mente humana no podía aceptar semejante verdad, se nos fue denegada la comprensión absoluta, nos volvimos locos al oírlo.
Pues el Aleph nos gritaba en susurros inaudibles, en un silencio ensordecedor, que el tiempo era eterno. Que el ser humano había sido un estúpido al considerar tan siquiera por un sólo momento que el tiempo era una línea recta. Que nuestros ojos eran demasiado ciegos para poder ver el tiempo en sí, su flujo constante y omnipresente, su locura. Tal ycomo decía Bourges, no era el tiempo una línea recta, sino más bien una esfera gigantesca, de superficie tan grande, tan extensa, que creíamos al mirar en él ver una línea. Una simple línea. ¡Pero era mucho más complejo que éso! El tiempo se repetía, una y otra vez, no dejaba de ser, era y era, en una eternidad monstruosa. Cada acto en sí volvía a cometerse millones de veces, cada ser humano volvía a nacer billones de veces, y era otra persona trillones de vidas. Cada uno de nosotros era a la vez todos los demás, todos los otros. El tiempo era siempre. Cuándo leíamos Hamlet, eramos el mismísimo Shakespeare, cuándo matábamos a alguien, éramos millones de asesinos, eramos Bruto matando a César, etc... Así pues, el tiempo era eterno, constante, se repetía, y a la vez era siempre, por lo que no podía repetirse, era desordenado, tal y como había querido mostrarnos el autor del "Fluxus Tempus Vesania"... Era un laberinto sin salidas...
¡Qué locura se adueñó de nuestras almas! No pudimos, simplemente, no pudimos aceptarlo. O al menos yo no. En ese instante, de nuevo eterno, tuve miedo. Mi mente retrocedió. Y caí al suelo.
La luz desapareció. Había tenido miedo, y la visión había desaparecido. El Aleph ya no estaba ahí. Y mis dos compañeros tampoco.
Quiero creer que la imagen absoluta que vi no era más que una ilusión, un espejismo delirante. Pero tres de mis compañeros han desaparecido. Y una parte de mí sabe que se los llevó el Aleph, al mismísimo tiempo, pues él es el tiempo y a la vez lo somos todos. Y ellos se evaporaron y formaron parte del Aleph eterno, del círculo sin fin cuyo borde nos es inalcanzable, del círculo del tiempo.
Pero es el tiempo una locura, y a la vez pudo bien atacarles un oso, pudo devorar su alma un Gerión extraterrestre, pude matarles yo en mi delirio.
Manuscritos encontrados en la Universidad de Miskatonic, en el cuarto del Prof. Dr. Steven Salinger. Están redactados con una letra a cada párrafo más movida, inquieta y nerviosa. La desaparición del profesor, el 12 de diciembre de 1933, está siendo investigada desde hace dos meses. Se le acusa del asesinato de Johann Starks, Louis Pattherson y Andrew McKinston.