Entraron los dos en el cuarto, casi a trompicones, tropezándose con los muebles ; una lámpara cayó al suelo. Sus ropas desaparecieron de sus cuerpos muy, muy rápidamente, y acabaron encima de los fragmentos hechos añicos de la lámpara. Se devoraban con ansia, como si esta noche fuese la última. Sus ojos se mezclaron llenos de ternura mientras él desabrochaba torpemente, impaciente, el sujetador de ella. No tardó demasiado en dejar al descubierto sus pechos. El cinturón de él fue arrancado en seguida, con maestría y habilidad, y apenas un segundo después, el chico se encontraba en ropa interior. No le duraría mucho. Como le duró poco a ella tener el pantalón en su sitio. Fue visto y no visto. Y casi de un empujón se encontraban a continuación los dos en la cama, desnudos, sus cuerpos juntos, rozándose en una ligera y tenue oscuridad, muy sugerente para sus mentes. Se besaron. Con fuerza. Se besaron las bocas, los cuellos, el contorno de sus figuras y cada parte mínimamente sensible. Todo su cuerpo fue besado. El de él. El de ella. Lo recorrían excitados, las lenguas parecían cobrar vida propia, y no paraban de amarse. Aterciopelada la piel de ambos, ésta se estremecía, en un murmullo, un ronroneo suave y contoneante de placer. Su hermosura se fundía de la misma manera que los cabellos de ambos se entrecruzaban, se enredaban en un torbellino y frenesí apasionado de puro gozo. No tardaron en oírse los primeros gemidos, el puro placer que empezaba a adueñarse de ellos, y así, se dejaban llevar por unas sensaciones fuertes e incontrolables, por una pasión que les hormigueaba, calientes, en cada fibra nerviosa de sus sobreexcitados cuerpos. Se amaron así, toda la noche, con desenfreno, con un deseo y un ansia más fuerte que cualquier otro sentimiento, otra idea o pensamiento. No podían parar, estaban hundidos de lleno en un círculo de estremecimientos y suspiros, de alientos fuertes y afrutados, de respiraciones entrecortadas. Sudores que recorrían sus pechos, sus espaldas, sin miedo a nada y sin intención de disminuir el ritmo, de descansar aunque fuese un segundo, de relajarse y volver a empezar. Seguían con absolutas fuerzas y así seguirían hasta el amanecer, hasta que sus huesos y músculos, extenuados y a la vez extasiados, no pudiesen dar más de sí, y cayesen como una dura roca cae al suelo, a la cama. Así siguieron hasta que el sol se dignó a aparecer, hasta que los dos, tras haber estado tan vivos, tras ese casi eterno gozo, ese éxtasis indescriptible, acabase, y los dos se acurrucasen, aún demasiado calientes y ardiendo para poder taparse tan siquiera con una sábana. Y sólo cuando ambos se quedasen sin energía para moverse, empapados de sudores y hormonas, liberados, intentarían, si aquello era posible tras esas horas de locura placentera, dormir y conciliar el sueño. En ese instante, ella se acercaría a su oído, ése que antes había mordido ansiosa, y le diría en un débil y suave susurro, casi inaudible :
-Son 180 euros.