Puesto a pensar un día, empecé a meditar sobre cuál es la mayor causa de la infelicidad (y por lo tanto, de la felicidad) del hombre. No tardé mucho en pensar como Blaise Pascal. Aún otras razones, era sin lugar a duda la condición de mortalidad la que atormentaba la mente de los seres humanos desde hacía milenios. Hasta tal punto, que habían buscado divinidades, religiones, a preguntas cuya respuesta era difícil de aceptar. Así que, al contrario que Blaise Pascal, me quise centrar en la importancia de su "divertimento" (que considero más que apropiado llamarlo "entretenimiento" como traducción válida a nuestro idioma), y cómo nosotros intentamos desviar los pensamientos de un hecho inalterable : la muerte. Como difería en ciertas ideas del autor de las "Letras provinciales", quise considerar los entretenimientos como medio para olvidar el final de nuestra vida, pero sin tener en cuenta (obviamente), la posibilidad de la religión y de una vida próxima, un cielo o siquiera un infierno.
Así que me decanté por alejar la teología. Ésta pretende dar medios de conducta, ofrecernos respuestas y alivio. Pero yo, "humanista" puro, estoy convencido que toda la respuesta está en el ser humano para su alivio, y en lo que le rodea. Lo que se puede tocar, lo que se puede sentir, y lo que se puede saber. Estas religiones que imponen a sus seguidores formas de vida, y se presentan a sí mismas como única verdad son rídiculas.
Pues la "verdad" es un término tan y tan subjetivo, que su mera existencia en un diccionario puede parecer a algunos ilógica. Quiero afirmar aquí, y lo reafirmaré tantas veces como sean necesarias, que tal y como dijo Einstein, todo es relativo, subjetivo, y depende del punto de vista. Algo puede ser cierto para algunos, y falso para otros. Un acto bueno puede ser considerado un acto malo para otra persona. Así que si ambas personas existen de "verdad", cada acto es en sí bueno y malo. Cada frase es cierta y falsa. Y por lo tanto, no existe lo positivo ni lo negativo, lo correcto y lo incorrecto. Sólo somos nosotros y la sociedad la que determinan la validez de las acciones. Pero hay alternancia de opiniones en ese "nosotros" y en esas "sociedades", por lo que alcanzar una verdad absoluta dentro de nuestra vida es imposible. Pero esta afirmación no es verdad.
Veo que me estoy alejando, y aunque mi método y desarrollo es de todo menos organizado y estructurado, no me avergüenzo, tengo muchas ideas que me salen solas, que caen al suelo y caminan, se dirigen al teclado y ocupan su sitio.
Volviendo al término religioso, considero desde hace tiempo como (im)prescindible a ésta, a la religión, su presencia en la sociedad. Es difícil determinar qué haríamos sin ella, incluso los que nos reímos de las palabras que anuncian en voz alta los portavoces de Dios. No podemos negar las grandes aportaciones de la religión a la sociedad. Términos como la piedad, la generosidad, casi se podría decir que existen gracias a la religión. [Me estoy centrando claramente en la religión cristiana, pues es la que más he absorbido y más constante está en mi día a día.] Pero a su vez, no podemos ignorar todas las masacres, mentiras y crueldades que ha causado. Así que por mucho que queramos agradecer a Dios su contribución, creo firmemente que ha llegado el momento en el que la mayoría, todos los posibles, deben liberarse de los yugos de la religión, de las cadenas impuestas. Es evidente que el retraso que provocan en nuestra sociedad, sus ánimos de entorpecer ciertas ideas, ciertas grandes ideas y "revoluciones". Ciertos cambios favorables. No puedo evitarlo, no puedo evitar querer gritar. Librarnos de las supersticiones y los hierros, "Aplastar lo infame", que diría Voltaire. Es mi deseo, que la gente olvide los aspectos negativos (aunque claro, son relativos) de una religión, se libere de ella, y conserve sólo las lecciones aprendidas, las buenas (aunque claro, es relativo), aquellas que aún tienen cabida. En nuestra "sociedad", en nuestro "mundo". Un cambio complicado, está claro. Y, en el fondo, mi esperanza es vana, dudo que esa presencia de Dios en nuestra Tierra vaya a desaparecer. Pues, no es algo por lo que tengamos exactamente que luchar, no de una forma tan concreta. Eliminar las supersticiones sí, las injusticias, pero tenemos que depositar nuestra confianza en que cada persona pensante se liberará, se armará de valor y aceptará. Aceptar, ¿el qué?
Aquí se puede complicar todo. ¿Es aceptar que Dios no existe? Desde mi punto de vista, desde mis ojos. Sí. Pero no se puede esperar eso para tantas personas. Es más, yo estoy convencido de que Dios no existe, de la total arbitrariedad y la suerte de nuestra existencia. Pero sé que no, que nunca, podrá demostrarse que Dios no existe. Desearía estar equivocado. Quizá lo esté. El tiempo lo dirá. Muchos dicen, que la mayor prueba de que Dios existe es que no podemos demostrar que no exista. Considero esto una tontería. Acaso hace tiempo, ¿podíamos demostrar todas las nuevas teorías científicas, todos los nuevos descubrimientos? Y sin embargo, existen. Así que quizá sólo queda esperar. Quizá no, quizá nunca podamos probarlo. Por eso debemos abrir nuestra mente de par en par. Y creyente o no, ser lo más extenso en nuestro razonamiento, lo más lógico y amable. Si creyente, conseguir mantener a la religión, a tu religión, en un lugar apartado de lo público y lo social. ¿Ayudas humanitarias? Porqué no. Pero cada cosa en su sitio.
Vuelvo a alejarme, como un caminante que decide coger el camino más largo e intrincado sólo para ver paisajes más bellos. Si regreso a alguna idea en la que me quedé, debo volver a hablar de los entretenimientos. ¿La simple condición mortal es capaz de arruinar nuestra existencia? Quizá así sea para algunos, y no podamos ver más allá. Para mí, como para muchos otros, se me hace duro tener que aceptar, que soportar el hecho, de que un día mis ojos se cerraran para siempre, mis pulmones no respirarán más, mi pecho no inspirará ni expirará. Mis manos no se moverán y no escribirán más. Y absolutamente todo lo que soy, mis pensamientos, mi simple existencia [Mi "pienso, luego existo"] se desvanecerá. Dejaré de ser, tan sencillo como eso. Como dejamos de ser todos, dejaremos de pensar, y quedará de nosotros un cuerpo inerte, una carcasa vacía y el recuerdo a nuestro alrededor, el recuerdo que dejamos. Por eso, una vez le dije a cierta persona : "Envidio a aquellas personas que creen en un Dios, y creen que hay una vida después de la muerte". A lo que esa persona me respondió, que no tenía sentido, porque nosotros teníamos nuestra idea, y que lo que para nosotros era verdad, para ellos sería mentira, y vivirían pues ellos una mentira. Nunca acabé de estar de acuerdo. Porque pese a que quizá ellos vivan una mentira, puede que sean más felices que yo viviendo mi verdad.
Así que seguí meditando. Cada vez aceptando más la idea de mortalidad, como todos hacemos lentamente (o morimos en el mayor de los disgustos, la mayor de las desgracias y las locuras). Me sorprendí a mí mismo al darme cuenta que los entretenimientos tenían mayores usos y mayor importancia que la de desviarnos de la muerte. Es más, no es que nos desviasen de la muerte, sino que nos centraban en la vida. Era la vida, una concentración de entretenimientos, de diversiones. Pues era hora de cambiar la etimología de Pascal. Diversiones, sí. Y mucho más, era la risa y el llanto de lo que estaba hecha la vida. Una mezcla perfecta de sentidos y sentimientos, de amor y odio, de egoísmo y altruismo, etc... De todo a la vez. Olvidar la muerte no era exactamente la solución (sólo en parte). Si es que podemos decir que hay una solución, era sin duda aceptarla, y ser capaces de vivir una vida lo más feliz posible.
Fue en ese momento cuándo comprendí mi egoísmo y mi monstruosidad. Había considerado mi vida infeliz por el simple hecho de vivirla. Nada podía sorprenderme, nada distraerme. Poco importaba la muerte, si mi vida me sabía a tan poco. ¿Era esa mi maldición? ¿Era esa la de todos? No el morir, sino el vivir. Fue una noche de sudores, desesperación e insomnio. Todos vivimos noches así, para qué negarlo. Fue una noche en la que el protagonista era yo. Irremediablemente. Pero lo detesto hoy, lo detesto ahora y lo detestaré siempre. Mi "yo" es algo asqueroso que quiero apartar, lo aborrezco profundamente. Así que lo importante de mi "yo" eran los "demás" que estaban incluidos en él, un "demás" que debía convertirse en "nosotros".
Pero era insoportable esa sensación de opresión en el pecho. Pues no era mi vida tan importante como para pensar ni tan siquiera un segundo en ello. Lo importante de verdad eran las otras vidas. Y sabiendo las injusticias, las infamias que habitaban el mundo, considerar sólo por un segundo mi mente era el mayor de los pecados. Fue en ese momento cuándo comprendí mi egoísmo y mi monstruosidad. Por eso estos últimos párrafos son tan detestables, tan vomitivos, pero no se puede evitar, ahí deben estar clavados, como muestra de ese egoísmo repelente.
Así que los entretenimientos estaban a la base del placer puro de nuestra vida, era tan sencillo como eso. No me cansaba de repetirlo, la vida era tan fácil como : nacer, vivir y morir. No había que buscarle excesivos pies a un gato, ni excesivas vidas. No era como buscar una aguja en un pajar. No había que buscarle un sentido más, un sentido profundo y revelador de no retorno, un nirvana. La vida era excesivamente injusta y cruel para muchos, y demasiado buena y jugosa para otros. Era luchar por una utopía, y conseguir poco a poco esos adelantos, esos escalones a los que se podía subir. En cierto modo, la vida siempre es agridulce. Y esos tan terribles sentimientos que te la agriaban y te la dulcificaban debían ser eso [Puesto que una vez aceptada la muerte, eran los hechos en cierto sentido, pero sobretodo los sentimientos los que daban la felicidad y la infelicidad a nuestra vida, eso estaba claro.]. Sentimientos y controlarlos.
Reitero, el entretenimiento es la base de la vida.