Luz de luces, luz cegadora, ilumíname unas cuantas horas más. Necesito tu aura dorada un poco más. Ojo del cielo, báñame y quémame, haz brillar mi cuerpo como diamantes perlados, que recorran mi pecho. Señor del firmamento, mírame con tu pupila iridiscente, tu pupila monstruosa que puebla pesadillas y sueños por igual. Esa pupila de oro impuro, a la que todos hemos adorado, todos adoramos y todos adorarán. Por el resto de la eternidad basada en luz, en luz que arde y me consume, nos consume en preciosas llamas de incredulidad y sorpresa. Recorren mi cuerpo ansiosas, me cubren entero, me devoran con un ansia tan incesante y terrible que no noto mis articulaciones y mis sentidos se apagan y a la vez encienden ante tal calor destructivo, tal calor... eterno. Eterno es lo que despiertas en nosotros, astro rey, eterno es tu poder, que no se apagará ni ante millones de olas de agua corrupa e impetuosa, ante muros y lluvias cuyas burbujeantes espumas enfrían hasta el alma más cálida. ¿Eres tú, astro rey, lo que tanto deseo? Te veo y no lo creo. Claro, me quemas y me haces arder cual templo griego en tiempos de guerra. Te veo y me duele, pues eres de ese oro punzante, el que se te clava dentro, te recorre y te carcome. Te noto en huesos y fibras nerviosas, controlándome, haciendo que se retuerzan hasta partes de mi cuerpo que no sabía que existían. Eres monstruo, firmamento cruel.
¿Por qué me iluminas? ¿Quién dijo que quiero ver el mundo? ¿Quién dijo que quiero verme? Luz del día, eso es lo que eres, eso es lo que haces. Pero no te pido ayuda, no te pido consejo, no quiero tu rayo, no quiero que me ilumines. ¡Cómo si yo necesitase eso! No quiero ver ese día que tanto te empeñas en crear y formar con tranquilidad y paciencia, con dedicación en formas que se difuminan. No quiero ver la luz del día. Eres tan bello, astro rey, y sin embargo en tu impureza sagrada te concentras en aumentar ese efecto, ese sacrilegio que es la vida, y en mostrármelo tan grande y tan desmesurado, que tengo miedo. Miedo, y me voy a refugiar a un rincón, un rincón oscuro en el que no pueda verme. Eres luz diurna, y por lo tanto, no quiero verte, no quiero sentirte. Eres luz diurna, eres terrible. Para de crear sombras alargadas, no quiero que vuelvas a formar detrás mío ese ser oscuro y alargado, esa parodia de mí, amenazadora e inquietante, que se burla de mis pasos, y aún así, me sigue constantemente, cual mimo, cual payaso sombrío.
Déjame en paz, astro rey. Me repugnas. No me das nada bueno. Yo solo quiero vivir con tu hermana, por tu hermana. A la luz de estrellas.