Un hombre, orgulloso y satisfecho de sí mismo, por su condición de ateo, exploraba para despertar su adrenalina una jungla salvaje. El hombre, maravillado ante el espectáculo sublime que la naturaleza le mostraba, no cesaba de abrir bien boca y ojos para intentar creerse lo que la luz hacía penetrar en sus retinas. Exclamaba constantemente, a la vista de semejante delirio de colores y vida, que nada envidiaba al paraíso :
-¡Qué bellos lugares, plagados de animales y árboles sin igual! En esta deliciosa jungla, miles de tonos se mezclan y se entremezclan por doquier, y bulle la vida de una manera que pocos parecen entender, nada que ver con lo que el hombre hace. Qué triste se me hace el pensar, que algunos hombres ven en este jardín del Edén algo fabricado por un Dios, que sin embargo no existe lo más mínimo. Creen que todas estas fantasías hechas realidad las hizo un ser consciente con manos invisibles, y se equivocan por completo. No pueden admitir la belleza como tal, y se esfuerzan en justificarlo y darle un sentido a todo ¿Porqué no aceptan que no son más que casualidades, magníficas y sublimes coincidencias que han hecho esto posible?
En ese momento, un león apareció entre la maleza, lanzándose rápidamente al cuello del ateo. Apenas sus colmillos rozaban la fina piel, el fino tejido del hombre, el tiempo se paró y se oyó una voz.
-Te has pasado la vida dudando de mi existencia. Has dicho, gritado y llorado que yo no era real. Y mira, te acabo de dar la prueba, casi tangible, de que soy, simplemente. Ahora, ¿qué quieres que haga?
Sorprendido, el hombre respondió :
-Me es aún difícil creer en ti, pero veo que me has dejado sin escapatoria, en un callejón sin salida. Sería hipócrita por mi parte pedirte que me salves, cuando he gastado mis días en elevar mi voz a los cuatro vientos, repitiendo y repitiendo que eras falso, mentiras y engaños. No voy a cambiar de opinión, no ahora, pese a la situación mortal en la que me acorralas. Si es cierto que existes, no me has dado razones para que yo piense tal cosa, no me has permitido tener fe. No he tenido más remedio en mis reflexiones que deducir que eras vacío. Ahora que apareces, no pienso dar vuelta atrás. Hace tiempo acepté, que si por casualidad tenías tu lugar en ese cielo, y eras real, no lo sería yo contigo, y no compartiría cama con alguien como tú. Me diste mil y un motivos para dudar, hasta llegar al hecho de odiarte. Sé que yo ya estoy condenado, y como pase lo que pase, voy a arder en el infierno, pienso hacerlo, no me voy a retractar en ese último segundo de vida. Ahora, lo qué quiero que hagas, es que no me duela. Ya nos veremos ahí abajo.
Tras esas palabras, el tiempo retomó su curso, y el león devoró ansiosamente al hombre, sin que pudiese sentir el mínimo dolor.