-He vuelto, amada. He cruzado el umbral que me separaba de tu corazón, tras casi cinco años de exilio. He tenido que olvidarme de tus labios durante cinco largos años, mientras atravesaba los parajes más bellos del planeta. He viajado, viajado y viajado. He pisado, sí, los cinco continentes. Yo, un simple mortal, he visto cómo el sol caía en las más antiguas pirámides del más antiguo Egipto. Cómo ese mismo astro infernal deshacía los glaciares árticos sin ningún reparo. Mis ojos han visto junglas repletas de fieras, y mi cuerpo ha temblado de pavor cuando los leones, o los tigres han estado a escasos metrosde mí. Cómo un retorcido caimán al milímetro ha estado de devorarme la pierna. He pasado miedo, sí, sólo por si perecía antes de volver a verme reflejado en tus ojos verdes. Tus ojos cuyo color comparo al de la selva del Amazonas, a las enredaderas que crecen sin control, en los jardines más bellos de Asia. Por esos ojos he subido montañas más escarpadas que los infernales acantilados del Tártaro mitológico. Y en terribles alturas he debido conciliar el sueño, a pesar de las inclemencias que no perdonan. Del frío y de las tormentas, y sin embargo, tú eras lo primero que aparecía ante mí una vez cerrados los ojos, una vez llegada la oscuridad. He dormido en la noche vacía de todo del Sahara, con la única y vaga compañía de un camello. He llegado a acampar en las Montañas Rocosas, temiendo el rugido de un oso, en el Cañón del Colorado, maravilado ante tal espectáculo. He dormido incluso en playas paradisíacas del Caribe, en lugares que la mente humana no puede concebir como terrenales. Mis párpados se han cerrado en mil y un sitios distintos. Y aún habiendo visto aquellas maravillas, te digo, amada, ahora que he vuelto, que no hay lugar más bello, más confortable para dejarse llevar por el sueño, que junto a ti, acurrucado en tu pecho.
-Normal, es una talla 100.