Luz de luces, luz cegadora, ilumíname unas cuantas horas más. Necesito tu aura dorada un poco más. Ojo del cielo, báñame y quémame, haz brillar mi cuerpo como diamantes perlados, que recorran mi pecho. Señor del firmamento, mírame con tu pupila iridiscente, tu pupila monstruosa que puebla pesadillas y sueños por igual. Esa pupila de oro impuro, a la que todos hemos adorado, todos adoramos y todos adorarán. Por el resto de la eternidad basada en luz, en luz que arde y me consume, nos consume en preciosas llamas de incredulidad y sorpresa. Recorren mi cuerpo ansiosas, me cubren entero, me devoran con un ansia tan incesante y terrible que no noto mis articulaciones y mis sentidos se apagan y a la vez encienden ante tal calor destructivo, tal calor... eterno. Eterno es lo que despiertas en nosotros, astro rey, eterno es tu poder, que no se apagará ni ante millones de olas de agua corrupa e impetuosa, ante muros y lluvias cuyas burbujeantes espumas enfrían hasta el alma más cálida. ¿Eres tú, astro rey, lo que tanto deseo? Te veo y no lo creo. Claro, me quemas y me haces arder cual templo griego en tiempos de guerra. Te veo y me duele, pues eres de ese oro punzante, el que se te clava dentro, te recorre y te carcome. Te noto en huesos y fibras nerviosas, controlándome, haciendo que se retuerzan hasta partes de mi cuerpo que no sabía que existían. Eres monstruo, firmamento cruel.
¿Por qué me iluminas? ¿Quién dijo que quiero ver el mundo? ¿Quién dijo que quiero verme? Luz del día, eso es lo que eres, eso es lo que haces. Pero no te pido ayuda, no te pido consejo, no quiero tu rayo, no quiero que me ilumines. ¡Cómo si yo necesitase eso! No quiero ver ese día que tanto te empeñas en crear y formar con tranquilidad y paciencia, con dedicación en formas que se difuminan. No quiero ver la luz del día. Eres tan bello, astro rey, y sin embargo en tu impureza sagrada te concentras en aumentar ese efecto, ese sacrilegio que es la vida, y en mostrármelo tan grande y tan desmesurado, que tengo miedo. Miedo, y me voy a refugiar a un rincón, un rincón oscuro en el que no pueda verme. Eres luz diurna, y por lo tanto, no quiero verte, no quiero sentirte. Eres luz diurna, eres terrible. Para de crear sombras alargadas, no quiero que vuelvas a formar detrás mío ese ser oscuro y alargado, esa parodia de mí, amenazadora e inquietante, que se burla de mis pasos, y aún así, me sigue constantemente, cual mimo, cual payaso sombrío.
Déjame en paz, astro rey. Me repugnas. No me das nada bueno. Yo solo quiero vivir con tu hermana, por tu hermana. A la luz de estrellas.
A través del tiempo, el tiempo en sí, y gracias a él, me he dedicado a estudiar en profundidad la historia de estas tierras en las que habitamos. Lo que nosotros llamamos ahora Miskatonic, esta ciudad de gran vida, comercio, y famosa por los extensos pasillos de la biblioteca de su universidad. Por esos volúmenes polvorientos y repletos de cuentos extraños, misteriosos y cuyos secretos parecen enseñarle al hombre algo más antiguo que su propia existencia. Esos volúmenes, esos tomos de cuero negro ensuciado por el paso de los años, cuyas páginas amarillentas, chamuscadas y rotas se deshacen en pedazos, son aquellos que dan a nuestra de por sí humilde y próspera ciudad toda la importancia en la sociedad estadounidense emergente. Debemos aceptar que son los enigmas que rodean las torres de los castillos de Miskatonic los que nos dan a conocer. Quise justamente, profundizar en esos enigmas. Muchos de nosotros, historiadores de la Universidad, intentamos descubrir y ahondar en muchas incongruencias que tenemos aquí. Me explico. Es conocido el interés mundial por las obras de arte, las construcciones y demás ubicadas en todo el territorio alrededor de Miskatonic, preferentemente la parte noroeste. Es en los bosques de Ravenska y Shallowell es dónde hay más edificaciones y arquitectura, por decirlo de alguna manera, extraña... Y justamente, es en esos dos bosques en los que se registran la mayor cantidad de incidentes misteriosos, sin resolver. Muchos son los que se han internado en esos bosques, varios colegas míos, compañeros de profesión, conocidos, para intentar aclarar un poco los hechos, y nuestros conocimientos. Mi fiel amigo Johann Starks fue uno de los primeros en interesarse por las pequeñas ruinas de Shallowell, situadas en las coordenadas citadas al borde de la página, al principio. [Nota del editor : Las coordenadas, efectivamente, se hallan en el lugar indicado, pero borradas a conciencia, rellenadas de tinta hasta ser completamente irreconocibles. Con el material disponible ahora mismo, no puedo descubrir qué coordenadas eran. Parece que alguien tuvo mucho empeño en que desaparezcan.] Fue también uno de los primeros en desaparecer.
Yo, como gran compañero suyo, tuve acceso en un principio a sus investigaciones. El material con el que trataba Starks era tremendamente interesante, y por lo que estaba descubriendo, suponía una posible revolución, una revelación que aclararía las (como no dejo de llamar) "incongruencias" presentes en los bosques de Miskatonic. No voy a mentir. Mis capacidades mentales nunca llegaron a la suela de los pies de las de mi amigo Johann. Lo que él estaba viendo en su trabajo, en esos trozos de piedra ligeramente trabajados a mi parecer me era totalmente incomprensible. Leí sus informes, y me intrigaron, es cierto. Johann Starks había recogido tres pequeños trozos de piedra y los había analizado en su laboratorio, él solo. Por lo que pude leer, esos fragmentos graníticos databan, mínimo, de hacía 3000 años. No pude evitar reírme al ver esas notas escritas en sus apuntes de escritura rápida, garabateada, confusa y nerviosa. Era más fácil pensar en un error en el analísis, un error científico, que aceptar la soberana tontería que esas piedras nos estaban contando. Pero Starks se empeñaba en sus cavilaciones sin sentido, y no dejaba de repetirme (a veces a gritos) que lo que sus analísis mostraban era la realidad. Las tres piedras, trabajadas hacía 3000 años, eran exactamente idénticas, a las que podían encontrarse en un castillo medieval de Inglaterra, hacia principios del siglo XI, XII. ¿Acaso no hacía eso las investigaciones de Johann aún más dementes, paranoicas si cabe, e incomprensibles?
No me tomé en serio sus descubrimientos, y aunque los leía encantado, poco a poco empecé a dudar del estado de salud mental de mi (antiguamente) amigo. A los pocos meses de haber empezado su investigación, Johann decidió no enseñarme más sus informes, y comenzó a recluirse más y más en su laboratorio, en sus análisis y sus meditaciones. Sus investigaciones parecían tomar forma, o eso aseguraba él cada vez que se le preguntaba, y respondía nerviosamente, como asustado, los ojos poco a poco inyectados más en sangre, su tez más malsana, entre amarillenta y blanca. Si consiguió sacar alguna conclusión de todo eso, nunca la compartió. Ahora, mientras escribo en esta hoja desgastada, tengo delante las 32 páginas de sus informes, que están tituladas así : "Investigaciones sobre las ruinas de Shallowell - La incongruencia del tiempo". He leído y releído cientos de veces estas páginas, con ánimo de entender mejor a mi querido y desaparecido amigo. Es más, al leerla cada vez más detenidamente, he comprobado que la examinación de los fragmentos de Shallowell condujo a Johann a consultar cuatro libros de la biblioteca. Éstos son el "Necronomicón" del árabe demente Abdul Alhazred, el "Orbis Tertius" de Georges Bourges, sobre las sociedades ya desaparecidas, las míticas ciudades de Atlantis y R'lyeh. Además, el "Oniriks Tetraemon" del asceta, el misterioso monje negro de las profundidades húngaras, cuyos libros eran firmados por el apodo de "Baekalor", y cuyo nombre se desconoce aún en nuestros días. Finalmente, y no por ello menos importante, el "Fluxus Tempus Vesania", del romano Fabrizio Imenta (probablemente un nombre falso), que trata sobre la pura locura de nuestro universo, y del hombre al pretender entender y darle lógica al paso del tiempo. Es éste último tomo el que más me interesaba, si bien todos ellos eran extremadamente "curiosos", y conocidos por no dejar indiferente. Libros escritos por mentes fuera de lo corriente, por hombres que habían perdido su juicio, y que por las palabras que habían dejado grabadas para la historia, hacían perder el juicio a muchos más. Lo he sacado varias veces de la biblioteca, y creo que el "Fluxus Tempus Vesania" es sin duda el volumen que más le hizo avanzar al profesor Starks en su investigación. De lo poco que sabemos sobre Fabrizio Imenta, es que era un filósofo, gobernador de un pequeño pueblo romano a las afueras de Nápoles, y que acabó sus días recluido en un monasterio, su mente ya trastocada por no se sabe qué rituales que contempló en los bosques norteños, y sus últimos estudios poco cuerdos, atestiguados en su único y pesado volumen : "Fluxus Tempus Vesania". Los otros tres tomos tan consultados por Starks eran de índole sobrenatural, demasiado mística y mágica para que pudiesen tener alguna relación con los tres fragmentos "medievales" (aunque cada vez pienso más que esos tres tomos malditos también tenían mucha relación con todo el asunto que Starks estaba descubriendo y sacando a la luz). El "Fluxus Tempus Vesania" no son precisamente unos escritos fáciles de comprender, justamente lo contrario. Sumado al hecho de los temas tratados, la escritura compleja, está el que cada capítulo parezca desordenado, sin sentido, y que no tienen ningún orden lógico. Los números de los capítulos y las páginas son variables y no se suceden con el orden habitual. Es más, no se suceden con un orden. Así, el capítulo III está seguido del XXVII, y la página 317 va precedida por la 623, y la siguiente página es la 34. Parece que Fabrizio puso su empeño en distraer y confundir al lector, como mofándose y divirtiéndose de todo aquel que abriese su libro enfermo en la posteridad. Pero los números son tan complicados y desordenados como los temas que trata, y la forma en la que están tratados. Así, las historias evocadas en este libro de reflexiones metafísicas y filosóficas, tan profundas y complicadas para mi propio entendimiento, se conjugan creando un caos que casi acabó por volverme loco. Varios cuentos se suceden a lo largo del tomo, algunos como ejemplo para ilustrar argumentos, etc... Y en ellos, todas las historias se encadenan, los personajes mueren y reviven, desaparecen sin ton ni son, vuelven a aparecer, cambian a veces sus nombres, sus actitudes. Todo eso contribuye a esa impresión de "locura", esa anómalia en las palabras leídas que debieron acabar con la cordura de muchos. Creo conservar un poco de mí, después de haber leído el "Fluxus Tempus Vesania". Me considero afortunado.
Volviendo a las investigaciones de Starks, éste último anunció, hará ya un buen tiempo, que iba a hacer otra excursión a las ruinas de Shallowell, e iba a desentrañar el misterio relacionado con las tres piedras, por completo. Se dirigió a las ruinas al mediodía, con cuatro ayudantes de confianza. No los volvimos a ver. Por supuesto, llamamos a la polícia, e hicimos una incursión, en cierto modo, a las ruinas, dispuestos a descubrir lo que había pasado y llegar al fondo del asunto. Pero mi amigo Johann Starks había desaparecido totalmente de la faz de la tierra. Estuvimos cinco días buscando, explorando hasta el más mínimo rastro, cada metro cuadrado, con la intención de encontrar aunque fuese un trozo de ropa. Un jirón de camisa lleno de tierra, lleno de sangre. Algo que pudiese explicar la desaparición, el ataque de una fiera, de un animal salvaje. Los osos abundan por estos territorios. Pero nada. No quedaba nada de ellos.
Fue en ese momento, intrigados por este hecho sobrenatural, que tres compañeros de Johann decidimos seguir sus investigaciones. Éramos Louis Pattherson, Andrew McKinston, y yo. Forzamos su despacho, que estaba cerrado a conciencia, y empezamos a trabajar. Cogimos todos sus documentos, todos sus análisis y deducciones. Debo recordar sus 32 páginas de informes : "Las Ruinas de Shallowell - La incongruencia del tiempo". Fue en ese momento que sacamos de la biblioteca los cuatro tomos prohibidos, y los estudiamos cada uno por su cuenta. Me centré en la obra de Fabrizio, convencido que era ahí dónde encontraría la respuesta.
Sus páginas amarillentas, sumadas a los apuntes y deducciones de Starks nos acercaron a Louis, a Andrew y a mí, a lo que podía ser la verdad, la resolución del enigma de las tres piedras y de la desaparición de mi querido amigo.
Aún ahora no estoy seguro, quién sabe. Es complicado, resignarse y aceptar algo tan fantástico como lo que creímos descubrir. No quiero transmitir con exactitud las palabras redactadas por mi amigo, ni las que Fabrizio Imenta osó escribir hace siglos. No quiero plasmar aquí alguna cita que aclare los misterios a los que nos, por decirlo así, enfrentábamos. Que la persona que esté leyendo esto se haga su propia idea, a partir de lo que yo le explique, o más bien, intente explicarle.
Hubo una diversidad, digamos, una divergencia de opiniones entre nosotros tres, sobre la causa de la desaparición de Starks. Yo tenía mis ideas, pero estaba dubitativo, muy confuso, y para nada seguro de poder demostrar y convencer a mis compañeros de lo que mi mente poco a poco tejía y asimilaba. Así pues, parecía que iba a reinar su patética teoría, absurda y repelente, de que en las ruinas de Shallowell habitaba una criatura ultraterrena. Según Louis y Andrew, era un monstruo horrible, cuyas descripciones habían leído en el "Necronomicón", el que se hallaba en Shallowell, y el que había devorado por completo a Starks y a sus tres ayudantes. Era su firme creencia que un ser surgido de más allá de las estrellas, había anidado en nuestro mundo, en un bosque profundo, húmedo y oscuro, y desde ahí, había ido apropiándose de almas humanas. No pude evitar una gran carcajada cuándo me contaron esa ridícula hipotésis. Para ellos, era el "Yaggoth", un ser de tres cabezas, cual Gerión extraterrestre y maquiavélico (Además, cabe destacar que Louis aseguraba que era este ente tricéfalo surgido de pesadillas el que había inspirado ese episodio de los doce retos de Hércules). Por suerte, claro está, en el "Necronomicón" había una guía muy útil para poder derrotar este ser, usando tales pócimas extrañas y polvos extraídos de flores, que Louis y Andrew a su debido tiempo crearon.
Así que partimos los tres, los tres solos, a explorar las ruinas de Shalowell. Quién lea esto puede pensar que esa incursión era un suicidio, si íbamos a enfrentarnos a ese Gerión extraño y fatal. Pero se equivoca, porqué yo ya sabía que no íbamos a encontrar tal monstruo, aunque lo era en cierto modo, era un suicidio, algo terrible, una sombra que acechaba mi mente. Por que si mis teorías eran correctas, lo que íbamos a encontrar en ese castillo devastado, también nos iba a hacer desaparecer.
Con el miedo, el corazón agarrotado, mis dos amigos se internaron en el bosque. Les seguí, pero debo decir que no había congoja en mi alma. Más bien, una curiosidad, un interés creciente sobre la posibilidad de encontrar algo como nunca se había visto (bueno, sí, se había visto, pero nadie había podido existir después de verlo para contarlo). Ya saben lo que se dice... La curiosidad mató al gato. Sí, indudablemente. He de añadir que yo no soy muy dado a hacer excursiones de esta índole, y nunca, había visitado las ruinas. Llegamos a la hora en la que el sol está más alto. Y pese a la frondosidad del bosque, el astro iluminaba vigorosamente lo que antaño había sido... un castillo. No cabía duda alguna. Al ver esas ruinas, esas historias grabadas en piedra, la certitud de lo que había leído en los informes de Starks era absoluta. ¿Cómo era eso posible? No lo sé. Había en pleno bosque americano, un castillo del siglo XI, un precioso castillo medieval, que el paso del tiempo había convertido en rocas dominadas por la maleza. Sin embargo, el tiempo mismo hacía de esta imagen algo imposible e inexplicable. Louis y Andrew estaban tan maravillados como yo, y parecían haber olvidado momentáneamente el supuesto enfrentamiento con su montruo de tres pares de ojos (o más...), su terrible "Yaggoth". Pues no podíamos apartar la vista de la escena, de aquellos rayos de luz penetrando en rocas milenarias, iluminándolas, encendiéndolas con un amarillo enrojecido que nos deslumbraba completamente. Cierto, nosotros no habíamos ido a Shallowell, ¿pero era ésta sobrenatural imagen la que todos habían contemplado? Se me hacía difícil de aceptar. La obsesión de Starks podría haber venido sólo al observar las rocas talladas ensolecerse. Además, nosotros tres, expertos en historia medieval, podíamos notar, casi lo sentíamos, como todos los análisis, las deducciones y las teorías de Johann cobraban sentido. Estábamos seguros de cómo estaba instalado el castillo, la situación de las torres, el puente levadizo y el correspondiente foso. Todo nos parecía claro y cristalino. Ahora sólo faltaba darle un sentido, una explicación correcta al hecho de que este castillo estuviese emplazado en un bosque norteamericano. Era para volverse loco. No podíamos negar que era un castillo, sin lugar a objetar, pero no podíamos atribuirle un sentido, algo lógico y congruente que explicase su presencia.
Estábamos los tres, meditando, maravillados, buscando en lo más profundo de nuestra cabeza algo que pudiese resolverlo todo. Podíamos intentar encajar cada pieza del puzzle, pero eso era patético, no parecía un puzzle, no parecían haber piezas, todo era confusión. Todo era confusión.
Hasta que todo se iluminó, repentinamente. Cuándo todo se iluminó, de una luz ya no solar, sino mágica, resplandeciente como una estela de leones blancos, nuestros ojos se cegaron, por una imagen sobrenatural, ahora sí, una imagen que se impregnó de fuerza, y se clavó en nuestras retinas y mentes. ¿Qué era aquél destello profundo, que penetraba dentro de nosotros y nos imbuía de ideas? Todo me pareció tan lógico, tan fácil de repente... Y sé que a mis amigos le pasó lo mismo, no sé por que, pero lo sé. Bueno, ahora me cuesta saberlo, ahora sí. Pero no en ese segundo, porqué en ese segundo Louis, Andrew y yo contemplamos el Aleph, tal y cómo lo describía Georges Bourges en el "Orbis Tertius". No exactamente tal y cómo lo había explicado Bourges, no era exactamente esa esfera cegadora. Pero cegador, sí que era. Era una luz que llenó todo el lugar y nos impidió ver más la tierra. Era en cierta medida como lo describió Bourges, sí. Al maravillarnos de esa luz, pudimos verlo todo, y entenderlo todo. Todos los misterios de la vida, todas las vidas en si, todo el globo terráqueo en su totalidad. El universo, en su complejidad, nos pareció sencillo. Vimos planetas como el nuestro. Vimos cómo un hombre mataba a otro, millones de veces, vimos cómo grandes torres eran construidos en años de esfuerzo, cómo explosiones en el aire las hacían caer, cómo un hombre negro ganaba el poder del mayor país del mundo, cómo las guerras se sucedían, cómo aún así quedaban sonrisas en todos lados, y cómo el ser humano seguía esforzándose por sonreír. En esa parte del segundo, creo que lloramos. Y a continuación, pero a la vez al mismo tiempo, pues ese segundo fue eterno, se nos fue revelado el misterio por el que habíamos acudido. Esas pequeñas tres piedras que nos parecían tan insignificantes ahora.
Demasiada información nos llegó de golpe. Comprendimos la locura de Starks. ¿Cómo no volverse loco? Tras ese éxtasis provocado por la contemplación de la luz absoluta, terribles enseñanzas nos fueron impuestos.
Claro que había un castillo medieval de Miskatonic, de más de 3000 años de antigüedad, en pleno bosque Norteamericano. Y no tenía nada de raro. De la misma forma que había pirámides en las planicies heladas de Siberia, y en el golfo de Danzig. Como las maravillosas torres circulares, las torres arábicas de las mil y una noches se encontraban en el desierto australiano. También había una torre de Babel en el Sahara, similar a la de Alejandría. No había nada de raro en ello, eso nos decía el Aleph. Porque aquello sólo era una prueba arquitectónica de algo mucho más grande. La idea que nos estaba explicando, era mucho mayor, mucho más inaceptable. Creo que fue en ese momento (eterno) que perdimos la cordura. Nuestra mente humana no podía aceptar semejante verdad, se nos fue denegada la comprensión absoluta, nos volvimos locos al oírlo.
Pues el Aleph nos gritaba en susurros inaudibles, en un silencio ensordecedor, que el tiempo era eterno. Que el ser humano había sido un estúpido al considerar tan siquiera por un sólo momento que el tiempo era una línea recta. Que nuestros ojos eran demasiado ciegos para poder ver el tiempo en sí, su flujo constante y omnipresente, su locura. Tal ycomo decía Bourges, no era el tiempo una línea recta, sino más bien una esfera gigantesca, de superficie tan grande, tan extensa, que creíamos al mirar en él ver una línea. Una simple línea. ¡Pero era mucho más complejo que éso! El tiempo se repetía, una y otra vez, no dejaba de ser, era y era, en una eternidad monstruosa. Cada acto en sí volvía a cometerse millones de veces, cada ser humano volvía a nacer billones de veces, y era otra persona trillones de vidas. Cada uno de nosotros era a la vez todos los demás, todos los otros. El tiempo era siempre. Cuándo leíamos Hamlet, eramos el mismísimo Shakespeare, cuándo matábamos a alguien, éramos millones de asesinos, eramos Bruto matando a César, etc... Así pues, el tiempo era eterno, constante, se repetía, y a la vez era siempre, por lo que no podía repetirse, era desordenado, tal y como había querido mostrarnos el autor del "Fluxus Tempus Vesania"... Era un laberinto sin salidas...
¡Qué locura se adueñó de nuestras almas! No pudimos, simplemente, no pudimos aceptarlo. O al menos yo no. En ese instante, de nuevo eterno, tuve miedo. Mi mente retrocedió. Y caí al suelo.
La luz desapareció. Había tenido miedo, y la visión había desaparecido. El Aleph ya no estaba ahí. Y mis dos compañeros tampoco.
Quiero creer que la imagen absoluta que vi no era más que una ilusión, un espejismo delirante. Pero tres de mis compañeros han desaparecido. Y una parte de mí sabe que se los llevó el Aleph, al mismísimo tiempo, pues él es el tiempo y a la vez lo somos todos. Y ellos se evaporaron y formaron parte del Aleph eterno, del círculo sin fin cuyo borde nos es inalcanzable, del círculo del tiempo.
Pero es el tiempo una locura, y a la vez pudo bien atacarles un oso, pudo devorar su alma un Gerión extraterrestre, pude matarles yo en mi delirio.



Manuscritos encontrados en la Universidad de Miskatonic, en el cuarto del Prof. Dr. Steven Salinger. Están redactados con una letra a cada párrafo más movida, inquieta y nerviosa. La desaparición del profesor, el 12 de diciembre de 1933, está siendo investigada desde hace dos meses. Se le acusa del asesinato de Johann Starks, Louis Pattherson y Andrew McKinston.
Entraron los dos en el cuarto, casi a trompicones, tropezándose con los muebles ; una lámpara cayó al suelo. Sus ropas desaparecieron de sus cuerpos muy, muy rápidamente, y acabaron encima de los fragmentos hechos añicos de la lámpara. Se devoraban con ansia, como si esta noche fuese la última. Sus ojos se mezclaron llenos de ternura mientras él desabrochaba torpemente, impaciente, el sujetador de ella. No tardó demasiado en dejar al descubierto sus pechos. El cinturón de él fue arrancado en seguida, con maestría y habilidad, y apenas un segundo después, el chico se encontraba en ropa interior. No le duraría mucho. Como le duró poco a ella tener el pantalón en su sitio. Fue visto y no visto. Y casi de un empujón se encontraban a continuación los dos en la cama, desnudos, sus cuerpos juntos, rozándose en una ligera y tenue oscuridad, muy sugerente para sus mentes. Se besaron. Con fuerza. Se besaron las bocas, los cuellos, el contorno de sus figuras y cada parte mínimamente sensible. Todo su cuerpo fue besado. El de él. El de ella. Lo recorrían excitados, las lenguas parecían cobrar vida propia, y no paraban de amarse. Aterciopelada la piel de ambos, ésta se estremecía, en un murmullo, un ronroneo suave y contoneante de placer. Su hermosura se fundía de la misma manera que los cabellos de ambos se entrecruzaban, se enredaban en un torbellino y frenesí apasionado de puro gozo. No tardaron en oírse los primeros gemidos, el puro placer que empezaba a adueñarse de ellos, y así, se dejaban llevar por unas sensaciones fuertes e incontrolables, por una pasión que les hormigueaba, calientes, en cada fibra nerviosa de sus sobreexcitados cuerpos. Se amaron así, toda la noche, con desenfreno, con un deseo y un ansia más fuerte que cualquier otro sentimiento, otra idea o pensamiento. No podían parar, estaban hundidos de lleno en un círculo de estremecimientos y suspiros, de alientos fuertes y afrutados, de respiraciones entrecortadas. Sudores que recorrían sus pechos, sus espaldas, sin miedo a nada y sin intención de disminuir el ritmo, de descansar aunque fuese un segundo, de relajarse y volver a empezar. Seguían con absolutas fuerzas y así seguirían hasta el amanecer, hasta que sus huesos y músculos, extenuados y a la vez extasiados, no pudiesen dar más de sí, y cayesen como una dura roca cae al suelo, a la cama. Así siguieron hasta que el sol se dignó a aparecer, hasta que los dos, tras haber estado tan vivos, tras ese casi eterno gozo, ese éxtasis indescriptible, acabase, y los dos se acurrucasen, aún demasiado calientes y ardiendo para poder taparse tan siquiera con una sábana. Y sólo cuando ambos se quedasen sin energía para moverse, empapados de sudores y hormonas, liberados, intentarían, si aquello era posible tras esas horas de locura placentera, dormir y conciliar el sueño. En ese instante, ella se acercaría a su oído, ése que antes había mordido ansiosa, y le diría en un débil y suave susurro, casi inaudible :
-Son 180 euros.
He besado tus labios amor
He jugueteado en tus cabellos
Me he caído en tus ojos
Y he respirado tu aire

Me he dormido en tus pechos
Tras haber hecho jirones tu ropa
He caminado por tu cuerpo desnudo
Contra el mío, aterciopelados

Me he hundido en tus fragancias
Me he perdido en tus piernas
He degustado y devorado tu esencia, tu
alma.

Me he internado en lo más profundo de tu ser
Me he sumergido en ti
He penetrado en tu valle y
He probado tu néctar

Y ahora apártate de mí, amor
No vales la pena.
Puesto a pensar un día, empecé a meditar sobre cuál es la mayor causa de la infelicidad (y por lo tanto, de la felicidad) del hombre. No tardé mucho en pensar como Blaise Pascal. Aún otras razones, era sin lugar a duda la condición de mortalidad la que atormentaba la mente de los seres humanos desde hacía milenios. Hasta tal punto, que habían buscado divinidades, religiones, a preguntas cuya respuesta era difícil de aceptar. Así que, al contrario que Blaise Pascal, me quise centrar en la importancia de su "divertimento" (que considero más que apropiado llamarlo "entretenimiento" como traducción válida a nuestro idioma), y cómo nosotros intentamos desviar los pensamientos de un hecho inalterable : la muerte. Como difería en ciertas ideas del autor de las "Letras provinciales", quise considerar los entretenimientos como medio para olvidar el final de nuestra vida, pero sin tener en cuenta (obviamente), la posibilidad de la religión y de una vida próxima, un cielo o siquiera un infierno.
Así que me decanté por alejar la teología. Ésta pretende dar medios de conducta, ofrecernos respuestas y alivio. Pero yo, "humanista" puro, estoy convencido que toda la respuesta está en el ser humano para su alivio, y en lo que le rodea. Lo que se puede tocar, lo que se puede sentir, y lo que se puede saber. Estas religiones que imponen a sus seguidores formas de vida, y se presentan a sí mismas como única verdad son rídiculas.
Pues la "verdad" es un término tan y tan subjetivo, que su mera existencia en un diccionario puede parecer a algunos ilógica. Quiero afirmar aquí, y lo reafirmaré tantas veces como sean necesarias, que tal y como dijo Einstein, todo es relativo, subjetivo, y depende del punto de vista. Algo puede ser cierto para algunos, y falso para otros. Un acto bueno puede ser considerado un acto malo para otra persona. Así que si ambas personas existen de "verdad", cada acto es en sí bueno y malo. Cada frase es cierta y falsa. Y por lo tanto, no existe lo positivo ni lo negativo, lo correcto y lo incorrecto. Sólo somos nosotros y la sociedad la que determinan la validez de las acciones. Pero hay alternancia de opiniones en ese "nosotros" y en esas "sociedades", por lo que alcanzar una verdad absoluta dentro de nuestra vida es imposible. Pero esta afirmación no es verdad.
Veo que me estoy alejando, y aunque mi método y desarrollo es de todo menos organizado y estructurado, no me avergüenzo, tengo muchas ideas que me salen solas, que caen al suelo y caminan, se dirigen al teclado y ocupan su sitio.
Volviendo al término religioso, considero desde hace tiempo como (im)prescindible a ésta, a la religión, su presencia en la sociedad. Es difícil determinar qué haríamos sin ella, incluso los que nos reímos de las palabras que anuncian en voz alta los portavoces de Dios. No podemos negar las grandes aportaciones de la religión a la sociedad. Términos como la piedad, la generosidad, casi se podría decir que existen gracias a la religión. [Me estoy centrando claramente en la religión cristiana, pues es la que más he absorbido y más constante está en mi día a día.] Pero a su vez, no podemos ignorar todas las masacres, mentiras y crueldades que ha causado. Así que por mucho que queramos agradecer a Dios su contribución, creo firmemente que ha llegado el momento en el que la mayoría, todos los posibles, deben liberarse de los yugos de la religión, de las cadenas impuestas. Es evidente que el retraso que provocan en nuestra sociedad, sus ánimos de entorpecer ciertas ideas, ciertas grandes ideas y "revoluciones". Ciertos cambios favorables. No puedo evitarlo, no puedo evitar querer gritar. Librarnos de las supersticiones y los hierros, "Aplastar lo infame", que diría Voltaire. Es mi deseo, que la gente olvide los aspectos negativos (aunque claro, son relativos) de una religión, se libere de ella, y conserve sólo las lecciones aprendidas, las buenas (aunque claro, es relativo), aquellas que aún tienen cabida. En nuestra "sociedad", en nuestro "mundo". Un cambio complicado, está claro. Y, en el fondo, mi esperanza es vana, dudo que esa presencia de Dios en nuestra Tierra vaya a desaparecer. Pues, no es algo por lo que tengamos exactamente que luchar, no de una forma tan concreta. Eliminar las supersticiones sí, las injusticias, pero tenemos que depositar nuestra confianza en que cada persona pensante se liberará, se armará de valor y aceptará. Aceptar, ¿el qué?
Aquí se puede complicar todo. ¿Es aceptar que Dios no existe? Desde mi punto de vista, desde mis ojos. Sí. Pero no se puede esperar eso para tantas personas. Es más, yo estoy convencido de que Dios no existe, de la total arbitrariedad y la suerte de nuestra existencia. Pero sé que no, que nunca, podrá demostrarse que Dios no existe. Desearía estar equivocado. Quizá lo esté. El tiempo lo dirá. Muchos dicen, que la mayor prueba de que Dios existe es que no podemos demostrar que no exista. Considero esto una tontería. Acaso hace tiempo, ¿podíamos demostrar todas las nuevas teorías científicas, todos los nuevos descubrimientos? Y sin embargo, existen. Así que quizá sólo queda esperar. Quizá no, quizá nunca podamos probarlo. Por eso debemos abrir nuestra mente de par en par. Y creyente o no, ser lo más extenso en nuestro razonamiento, lo más lógico y amable. Si creyente, conseguir mantener a la religión, a tu religión, en un lugar apartado de lo público y lo social. ¿Ayudas humanitarias? Porqué no. Pero cada cosa en su sitio.
Vuelvo a alejarme, como un caminante que decide coger el camino más largo e intrincado sólo para ver paisajes más bellos. Si regreso a alguna idea en la que me quedé, debo volver a hablar de los entretenimientos. ¿La simple condición mortal es capaz de arruinar nuestra existencia? Quizá así sea para algunos, y no podamos ver más allá. Para mí, como para muchos otros, se me hace duro tener que aceptar, que soportar el hecho, de que un día mis ojos se cerraran para siempre, mis pulmones no respirarán más, mi pecho no inspirará ni expirará. Mis manos no se moverán y no escribirán más. Y absolutamente todo lo que soy, mis pensamientos, mi simple existencia [Mi "pienso, luego existo"] se desvanecerá. Dejaré de ser, tan sencillo como eso. Como dejamos de ser todos, dejaremos de pensar, y quedará de nosotros un cuerpo inerte, una carcasa vacía y el recuerdo a nuestro alrededor, el recuerdo que dejamos. Por eso, una vez le dije a cierta persona : "Envidio a aquellas personas que creen en un Dios, y creen que hay una vida después de la muerte". A lo que esa persona me respondió, que no tenía sentido, porque nosotros teníamos nuestra idea, y que lo que para nosotros era verdad, para ellos sería mentira, y vivirían pues ellos una mentira. Nunca acabé de estar de acuerdo. Porque pese a que quizá ellos vivan una mentira, puede que sean más felices que yo viviendo mi verdad.
Así que seguí meditando. Cada vez aceptando más la idea de mortalidad, como todos hacemos lentamente (o morimos en el mayor de los disgustos, la mayor de las desgracias y las locuras). Me sorprendí a mí mismo al darme cuenta que los entretenimientos tenían mayores usos y mayor importancia que la de desviarnos de la muerte. Es más, no es que nos desviasen de la muerte, sino que nos centraban en la vida. Era la vida, una concentración de entretenimientos, de diversiones. Pues era hora de cambiar la etimología de Pascal. Diversiones, sí. Y mucho más, era la risa y el llanto de lo que estaba hecha la vida. Una mezcla perfecta de sentidos y sentimientos, de amor y odio, de egoísmo y altruismo, etc... De todo a la vez. Olvidar la muerte no era exactamente la solución (sólo en parte). Si es que podemos decir que hay una solución, era sin duda aceptarla, y ser capaces de vivir una vida lo más feliz posible.
Fue en ese momento cuándo comprendí mi egoísmo y mi monstruosidad. Había considerado mi vida infeliz por el simple hecho de vivirla. Nada podía sorprenderme, nada distraerme. Poco importaba la muerte, si mi vida me sabía a tan poco. ¿Era esa mi maldición? ¿Era esa la de todos? No el morir, sino el vivir. Fue una noche de sudores, desesperación e insomnio. Todos vivimos noches así, para qué negarlo. Fue una noche en la que el protagonista era yo. Irremediablemente. Pero lo detesto hoy, lo detesto ahora y lo detestaré siempre. Mi "yo" es algo asqueroso que quiero apartar, lo aborrezco profundamente. Así que lo importante de mi "yo" eran los "demás" que estaban incluidos en él, un "demás" que debía convertirse en "nosotros".
Pero era insoportable esa sensación de opresión en el pecho. Pues no era mi vida tan importante como para pensar ni tan siquiera un segundo en ello. Lo importante de verdad eran las otras vidas. Y sabiendo las injusticias, las infamias que habitaban el mundo, considerar sólo por un segundo mi mente era el mayor de los pecados. Fue en ese momento cuándo comprendí mi egoísmo y mi monstruosidad. Por eso estos últimos párrafos son tan detestables, tan vomitivos, pero no se puede evitar, ahí deben estar clavados, como muestra de ese egoísmo repelente.
Así que los entretenimientos estaban a la base del placer puro de nuestra vida, era tan sencillo como eso. No me cansaba de repetirlo, la vida era tan fácil como : nacer, vivir y morir. No había que buscarle excesivos pies a un gato, ni excesivas vidas. No era como buscar una aguja en un pajar. No había que buscarle un sentido más, un sentido profundo y revelador de no retorno, un nirvana. La vida era excesivamente injusta y cruel para muchos, y demasiado buena y jugosa para otros. Era luchar por una utopía, y conseguir poco a poco esos adelantos, esos escalones a los que se podía subir. En cierto modo, la vida siempre es agridulce. Y esos tan terribles sentimientos que te la agriaban y te la dulcificaban debían ser eso [Puesto que una vez aceptada la muerte, eran los hechos en cierto sentido, pero sobretodo los sentimientos los que daban la felicidad y la infelicidad a nuestra vida, eso estaba claro.]. Sentimientos y controlarlos.
Reitero, el entretenimiento es la base de la vida.