Alegoría del pozo

Imagina una persona cayendo por un pozo, de tamaño indefinido. Ya desde niño, la persona está cayendo por ese pozo, y en un principio, tiene los ojos cerrados, así que no ve nada de lo que hay alrededor suyo mientras cae, y ni siquiera tiene conciencia de estar cayendo. Podríamos imaginárnoslo como durmiendo, incluso soñando una vida que no está viviendo del todo.
Después, la persona abre los ojos, pero le cuesta darse cuenta que está cayendo, de tener conciencia de sí mismo dentro de un pozo. Poco a poco, ve lo que tiene a su alrededor, y lo empieza a reconocer como objetos. Se relaciona con ellos de diferentes maneras. Cuando por fin, nota que está dentro de un pozo, y efectivamente, está cayendo, cree que hay un final, y que tras mucho tiempo, muchísimo, la caída terminaría y empezaría su nueva vida. Esa es una convicción tan grande, que la persona llega a modificar su comportamiento en el pozo en relación con la llegada tan esperada.
Sin embargo, llega un momento en el que quien está cayendo en el pozo tiene la revelación de que el pozo no tiene fin, de que no hay nada más que el pozo, y todo lo que importa es el pozo. Eso le desespera enormemente, pero con el tiempo, lo prefiere, pues el pozo es real. Además, hay que notar que la persona determina sus acciones siempre respecto al pozo. Quien cae sólo ve lo que hay en el pozo, y recuerda, en mayor o menor medida, lo que ya ha visto en su caída. A partir de lo que ha visto, puede saber relativamente lo que le espera en la caída, y a veces acertará, y otras tantas errará. En algunos momentos, cabe destacar, el tamaño del pozo se estrechará, y la incomodidad de las paredes provocará a la persona que cae un dolor tremendo, y querrá salir del pozo como sea. Otras, el pozo se hará ancho y confortable, y todo lo que verá y vivirá será agradable. Todo ello dependerá de las acciones que cumpla la persona, siempre respecto al pozo y a los objetos que verá en él.