Todo empezó el día 15 de julio de 2014. El sujeto del que vamos a hablar, Marcus Stephen, había salido de la cárcel hace tres meses. Y llevaba varios años en prisión, 22 para ser más exactos, preparándolo todo. Este hombre minucioso, insensible y muy agudo, tenía todos los hilos tejidos, todas las armas y bombas preparadas, sólo le faltaba pulsar un botón para que se produjese la explosión, de impacto mundial y eterno. Esa explosión fue el día 15 de julio de 2014, con la aparición del "Manifiesto de la Condición Humana". Apenas un libro de cien páginas, que volvió a toda la población loca. Escrito con un estilo preciso, cautivador desde la primera línea, casi mágico, la obra atrajo a millones de personas, y fue traducida a prácticamente todos los idiomas. Los editores sólo pensaron en venderlo, en ganar dinero, y ganaron billones. Una buena publicidad y marketing ayudó enormemente. Apenas gente denunciaba el tema del libro, un tema realmente cruel y malvado, que se daba a entender claramente. Y básicamente, es que toda la gente había leído el libro, y le había seducido también. Sólo unos pocos podían no entender, y rebelarse contra lo que exponían esas páginas malditas. Algunos pocos filósofos, políticos, activistas denunciaron lo que estaba a punto de ocurrir. Pero Marcus Stephen había conseguido su objetivo, toda la población de la Tierra había abierto su alma al Manifiesto, y lo habían aceptado de buen grado.
En los meses siguientes, el autor del Manifiesto organizó una serie de debates, de meetings, de conferencias, por así decirlo. Era más simple que eso. Él decía dónde iba a ir, en una ciudad cualquiera, y la gente acudía. Todo era gratis. Se subía a lo alto de cualquier sitio, y empezaba su discurso. Si Marcus Stephen tenía el don de la escritura, se descubrió enseguida que tenía el don de la palabra. En sus citas, da igual dónde fuese, cuándo hacía su llamado, millones de personas acudían. Sus discursos encandilaban a la población, como un Hitler, como un Martin Luther King, pero en mayor grado. Y sólo hablaba de su libro, de su Manifiesto. Seguía exponiendo sus ideas, desarrollaba más los temas de la obra, las extendía, para que todos lo tuviesen más claro. Y funcionaba, claro que funcionaba. Un simple hombre tenía al mundo a sus pies.
Así pues, los resultados, las consecuencias no se hicieron esperar. Como una voz oscura que susurraba al oído de todos los deseos más inhumanos, Marcus Stephen transformó todas las sociedades, sociedades que habían tardado siglos en crearse, en apenas unos días. Abrió las puertas de la monstruosidad, de la crueldad, en todos nosotros. Y de esa forma, alcanzó su visión de "Condición Humana". Una mente tan enferma como la suya no debería haber salido nunca de la cárcel. Es más, no debería haber existido jamás. Un loco, un demente, pero uno de los seres más inteligentes, por no decir el que más, había convencido al 90% de la población de cómo debían ser. Cómo debían ser a partir de ahora, pues les había quitado a todos la condición de hombre y de mujer. Su identidad pasó a ser la inhumanidad. Todos los factores sociales, toda la cultura, toda la educación y nuestra forma de ser, desarrollada a lo largo de miles de años, había sido borrada por un libro que no llegaba a las cien páginas.
Fue así cómo empezó la nueva condición humana, y cómo el ser humano empezó su propio exterminio. Renunciando a todo aquello que había aprendido, rechazando la sociedad actual, se entregó a un frenesí de violencia. Es lo que Marcus Stephen pensaba que éramos todos, y demostramos ser. La humanidad mostró su verdadera cara, oculta por el paso de los años, y los animales se sintieron superiores. Dejando rienda suelta a la verdadera naturaleza, a las reales necesidades, la gente empezó a hacer todo lo que quería, sin importar las consecuencias. Religión y Gobiernos desaparecieron rápidamente. El miedo a la muerte se desvaneció, y sin embargo, nunca se pudo oler tanto cadáver en las calles, en los campos, en cualquier sitio.
La Masacre comenzó, y el ser humano se libró a su propia destrucción. Matándose entre sí, olvidando lo que fuimos una vez, la sangre desbordó e inundó la tierra, regando cada hectárea. Ya todo daba igual, y no existieron más relaciones que no fuese la absurdidad. Nos matamos los unos a los otros, por el simple placer de hacerlo, por mostrar de una vez por todas al mundo lo que eramos en realidad.
Y tanto que lo mostramos. En dos años, la población mundial descendió del 88%. Y poco tiempo después, casi desapareció. Pues la gente se había entregado completamente a La Masacre, dejándose llevar por algo mucho más primario, más natural que el instinto animal. La identidad real del ser humano, era eso. No fue sufrimiento, sino placer. El placer de dejarse llevar, disfrutar clavando uñas y arrancando tripas. Disparando, desgarrando.
Marcus Stephen fue de los primeros en morir, pero murió feliz, sabiendo que había conseguido crear una nueva raza, que en apenas un tiempo desaparecería. Una persona tan inteligente cómo él, superdotada, se había vengado por todo, y había disfrutado abriendo las puertas de la humanidad. O de la inhumanidad, todo depende del punto de vista.
La Masacre devastó a millares de personas y de almas. Y aún sigue haciéndolo. El exterminio del ser humano casi se ha llevado a cabo, al mostrarse la verdadera faceta, la verdadera cara que ocultábamos, como la Luna. El planeta se llenó de color rojo y se mostró lo que, eramos en realidad.
En aquel lugar, las montañas se alzaban como pinceles, descontroladas y desordenadas. Las nubes bajaban y subían, pero estaban siempre ahí recordándote que estabas solo. Cerca de un barranco, colgaba un árbol muerto, antaño señor de los frutos. Un pequeño río cruzaba cerca del árbol y caía por el precipicio, formando una cascada delgada y fina como trazos de tinta suave. La estructura era pequeña, con un tejado característico de la región. Tan próxima al vacío, que cualquiera diría que estuviese a punto de precipitarse y dejar de ser. Pero no había cualquiera, nadie se aproximaba al pequeño templo. Era exagerar llamarlo así, más bien un lugar de paso, y rezar. Viejas leyendas y ausencia de vida. Esa ermita, de un rojo ya desgastado, podría anunciar a los viajantes (si hubiese peregrinos) con dos estatuas. Leones de piedra, ya rotos cual alma. Una sonrisa aderezaba esos ídolos sin sentido ahora, una sonrisa macabra. O juguetona, depende el estado de ánimo con el que se mirase. En la entrada, el símbolo de fuego te indicaba que alguna vez este sitio había sido un sitio muy diferente, porque... ¿Qué hacía la llama en un lugar cómo éste?
Todo cambiaba. Todo menos la determinación del viejo monje, que aún vivía en esas abandonadas dos habitaciones, mugrientas y exentas de toda comodidad. Aún cogía el agua con unos cubos mohosos, a duras penas, en el riachuelo. No había agua mas pura. Y aún bajaba el precipicio, por esa escalinata de piedra que se deterioraba con las lluvias, que algún dia dejaría de existir, como el viejo monje. Y abajo en el lago, pescaba todavía algunas carpas, con una destreza difícil de creer en un octogenario. Y así vivía su día a día. Rezando, bebiendo, comiendo, durmiendo y rezando.
Pero ya había entendido muchas cosas, y aún más que iba a entender. Sus escritos se apilaban, cerca de las paredes. Le quedaba poco, y estaba muy cerca. Nadie le buscaría una vez muerto, quizá tardarían años en encontrarle, su cadáver podrido y descompuesto en la pequeña mesa baja. Su mano sujetando ya no tan firmemente la pluma, la tinta seca, sus últimas palabras :
"La soledad me ha privado de todo aquello que quería y a la vez detestaba, pero lo he comprendido todo. No vale nada mi vida, no vale ninguna. Nuestros días están llenos de vacío. Muero feliz, ya no rezando. No hay brazos que me acojan, ni necesidad de ellos. Tantos años conmigo. Me he dado cuenta, que no hay nada cierto ni nada que valga la pena. Esa es la única verdad."
Todo cambiaba. Todo menos la determinación del viejo monje, que aún vivía en esas abandonadas dos habitaciones, mugrientas y exentas de toda comodidad. Aún cogía el agua con unos cubos mohosos, a duras penas, en el riachuelo. No había agua mas pura. Y aún bajaba el precipicio, por esa escalinata de piedra que se deterioraba con las lluvias, que algún dia dejaría de existir, como el viejo monje. Y abajo en el lago, pescaba todavía algunas carpas, con una destreza difícil de creer en un octogenario. Y así vivía su día a día. Rezando, bebiendo, comiendo, durmiendo y rezando.
Pero ya había entendido muchas cosas, y aún más que iba a entender. Sus escritos se apilaban, cerca de las paredes. Le quedaba poco, y estaba muy cerca. Nadie le buscaría una vez muerto, quizá tardarían años en encontrarle, su cadáver podrido y descompuesto en la pequeña mesa baja. Su mano sujetando ya no tan firmemente la pluma, la tinta seca, sus últimas palabras :
"La soledad me ha privado de todo aquello que quería y a la vez detestaba, pero lo he comprendido todo. No vale nada mi vida, no vale ninguna. Nuestros días están llenos de vacío. Muero feliz, ya no rezando. No hay brazos que me acojan, ni necesidad de ellos. Tantos años conmigo. Me he dado cuenta, que no hay nada cierto ni nada que valga la pena. Esa es la única verdad."
No está cansado. Simplemente es más consciente de todo lo que le rodea alrededor. Nota cómo le cae el sudor en el pecho, cada perla brillante que atraviesa su cuerpo. Nota el viento, una brisa marina y fresca, que agita sus cabellos cortos, y los remueve con fragilidad. Que erizan ligeramente el vello de sus piernas. Oye los graznidos de las gaviotas, su revoloteo y torpe movimiento de alas.
Respira, lentamente, sin miedo a tragar demasiado aire, pero para poder sentir aún mejor esa brisa, para que penetre en sus fosas nasales y le invada una sensación agradable que recorra todo su ser.
A su lado, más de doscientos hombres agonizan, otros están muertos. Son sus hombres, sus capas rojas mezcladas con la sangre dan a la imagen un aspecto extraño, casi desagradable. Ya casi ha acabado, todos van a morir hoy. Y cenarán en el Hades todos juntos.
Nota, apenas, las dos flechas que están alojadas en su vientre. Necesita más que eso para caer, no es tan débil. No lamenta nada, no fue entrenado para eso. Fue adiestrado para luchar, y eso ha hecho. Fue educado para morir en la batalla, para alcanzar la mayor gloria posible al perecer en combate. Y eso ha hecho.
Ahora, sólo le queda esperar. Esperar esa descarga fatal y última de flechas crueles. Unas flechas que se contaran por millones y que taparan el sol, tapando su vida.
Morirá en la sombra, pero no en la sombra del tiempo. Él, no será olvidado, su gesta, su hazaña y la de sus trescientos hombres será recordada por muchos siglos.
Ahora, sólo le queda esperar. Y mientras esas puntas afiladas se dirigen hacia él, su último pensamiento, a su reina, a su amada, a su querida. A ella van dedicados sus últimos segundos. Y si tuviese una razón por la que lamentar su sacrificio, sería por ella.
"Mi amor", dice. Y después, las miles de flechas se le clavan, con un impacto fuertísimo, que hace temblar las almas.
Respira, lentamente, sin miedo a tragar demasiado aire, pero para poder sentir aún mejor esa brisa, para que penetre en sus fosas nasales y le invada una sensación agradable que recorra todo su ser.
A su lado, más de doscientos hombres agonizan, otros están muertos. Son sus hombres, sus capas rojas mezcladas con la sangre dan a la imagen un aspecto extraño, casi desagradable. Ya casi ha acabado, todos van a morir hoy. Y cenarán en el Hades todos juntos.
Nota, apenas, las dos flechas que están alojadas en su vientre. Necesita más que eso para caer, no es tan débil. No lamenta nada, no fue entrenado para eso. Fue adiestrado para luchar, y eso ha hecho. Fue educado para morir en la batalla, para alcanzar la mayor gloria posible al perecer en combate. Y eso ha hecho.
Ahora, sólo le queda esperar. Esperar esa descarga fatal y última de flechas crueles. Unas flechas que se contaran por millones y que taparan el sol, tapando su vida.
Morirá en la sombra, pero no en la sombra del tiempo. Él, no será olvidado, su gesta, su hazaña y la de sus trescientos hombres será recordada por muchos siglos.
Ahora, sólo le queda esperar. Y mientras esas puntas afiladas se dirigen hacia él, su último pensamiento, a su reina, a su amada, a su querida. A ella van dedicados sus últimos segundos. Y si tuviese una razón por la que lamentar su sacrificio, sería por ella.
"Mi amor", dice. Y después, las miles de flechas se le clavan, con un impacto fuertísimo, que hace temblar las almas.
Los atormentados. Somos nosotros. Aquellos seres de carne y hueso cuya mente terrible sufrió un caos nada recomendable. Nacidos para ser felices, para este juego doloroso de la vida, las circunstancias mismas hicieron de nuestro ser algo difícil de describir. Nuestro "cogito, ergo sum" se trastornó hasta formar un delirio de tristezas.
Nosotros, los atormentados, victimas de nuestra propia sensibilidad. Cada uno de los tres reacciona de forma diferente ante una vida mordedora. Uno acepta el "déchirement", con todas las subidas y bajadas de ánimo que ello implica, con todo el dolor y la alegría elevados a la máxima potencia. Otro se niega, lucha pero ve que pierde, o enfoca desde otro punto de vista su lucha. Y se transforma en un ser estético pues aquel esteticismo es el que le profiere todo el placer y la felicidad que su frágil cuerpo le permite. El anterior, sin embargo, anda entre dos caminos. El último de los atormentados pretende la perfección. Razona todo y nunca actúa sin pensárselo dos veces. Se niega a todo y lo acepta al mismo tiempo. Teme a la dama de la guadaña, pero la desea aún más. Ante esa posibilidad, este atormentado forja su carácter en la tristeza, y se convierte en un ser extraño y oscuro, una máscara de algo monstruoso.
Los tres son diferentes y parecidos. Son los tres atormentados, el trío demoníaco que mira la luz de la vida con los ojos bien abiertos, tan abiertos que les duelen las retinas enormemente, más no se quejan, sino que parecen resignarse, cada cual a su manera.
¿Qué son? Seres de carne y hueso cuyo Dios de vacío les otorgó, en su despiadada generosidad, un temible agujero dentro. A sabiendas que no pueden llenarlo, conviven con él de la mejor manera que encuentran. No son las mismas personas, pero tienen mucho en común.
Todos buscan el mismo objetivo : la felicidad. Una felicidad absoluta e inalcanzable que se colma parcialmente con el gusto agridulce de la felicidad relativa y esporádica. Sin embargo, su angustia y su dolor les hace sabios. Para ellos, Cada Vano Movimiento tiene un significado en su libre existencia y vacuidad. La filosofía de cierta acción se aplica pese a ser conscientes de la absurdidad. Pues la no-acción provoca una vida exenta de emociones, los atormentados buscan su propio camino ante una infinidad de posibilidades.
Y de esta manera, el doloroso juego de la vida se les hace soportable.
De momento.
Tú
Y las llamas de tu pelo me envuelven
En un desenfreno gozoso
En un éxtasis hermoso
Una vez la luna fuera
La noche es nuestra
Sólo veo estrellas y placeres
Nada ya tiene de siniestra
Vaguemos sin rumbo por las calles
Y besémonos en cada acera
Recorramos la ciudad
Como recorro yo tu cuerpo eterno
De punta a punta, en ti caigo
De principio a fin, en tus curvas me hallo.
En un desenfreno gozoso
En un éxtasis hermoso
Una vez la luna fuera
La noche es nuestra
Sólo veo estrellas y placeres
Nada ya tiene de siniestra
Vaguemos sin rumbo por las calles
Y besémonos en cada acera
Recorramos la ciudad
Como recorro yo tu cuerpo eterno
De punta a punta, en ti caigo
De principio a fin, en tus curvas me hallo.
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