-Alors vous pensez que la mort n'est pas si compliquée que ça?
-Oh, je ne sais pas. Ce n'est pas facile, mais, il ne faut pas exagérer tout de même.
-Vous avez peur de mourir?
-Un peu. C'est impossible d'éviter un peu, ce peur. C'est le peur de la conscience, de savoir que mourir, c'est disparaître, c'est s'effacer. Mais je veux m'éloigner avec le vent, moi, j'ai peur, mais je l'aime. Je sais que ce sera dur. Je sais que maintenant je me préoccupe pas, je suis vivant, je sens mon sang bouillir. Peut-être d'ici un an, quand une voiture m'écrasera, quand une maladie étrange me ravagera à 30 ans, ou quand je serai vieux, décrepit et immobile dans un lit d'un hôpital quelconque, mes yeux presque fermés, ma voix tremblante, ma famille, ou sans ma famille, ... N'importe. Peut-être dans ces situations j'aurais peur, je tressaillirais, je frémirais et je regretterais tout. Mais maintenant, non. J'ai peur d'avoir peur, c'est vrai. Mais, les choses sont d'une seule façon, elles son vraiment simples, malgré que l'homme s'efforce en démontrer combien c'est compliquée la vie.
-Donc, est-ce que vaut-il la peine de vivre?
-Oh, oui, sans doute. La vie c'est de la merde, ne vous trompez pas, mais c'est notre merde. Nous avons rien de plus, absolument rien. C'est ta merde, et nous devons la profiter, c'est à nous. Nous devons travailler pour faire de cette merde quelque chose d'agréable, que nous pouvons en manger un peu. On peut dire que c'est le meilleur spéctacle que nous pouvons voir représenté, mais en fait, c'est plus simple que ça. Que personne nous dit comment nous sentir. C'est le seul spéctacle que nous allons voir. Ce n'est pas tout mauvais, si nous y pensons. Mais penser, penser. Si nous pensons, des fois nous sommes condamnés. Il faut sortir la force d'un lieu que nous connaissons pas, nous croyons qu'il n'existe. Mais oui, il est dedans nous. Quelle surprise.
Es un hombre mayor, muy mayor, de tripa ancha y piernas delgadas. Sí, es mayor, muy mayor, de rostro abotargado, hinchado como su vientre, gafas grandes, y mirada curiosa. Una mirada curiosa, pese a que lleva más de noventa años contemplando a su alrededor un mundo que no cambia. Él es un hombre intrigante, toda una institución en el pueblo en el que vive. Todo el mundo le conoce, absolutamente todos saben quién es. Es Felipe, el abuelo de la calle 15, es Felipe, aquel al que vemos por todas partes. Pues Felipe es algo más que un hombre mayor, que un viejo decrépito a punto de extinguirse. Claro que es algo más, mucho más. Felipe es Dios. El mismísimo Dios, sí. Felipe está en todos los lugares, y te lo puedes ver paseando por cualquier rincón del pueblo, como cogiendo el metro, sentado en esos asientos incómodos, siempre habiendo uno libre para él. Se le puede ver en la extensa ciudad, en la megalópolis, también está ahí. Siempre te encuentras a Felipe. Felipe es Dios.
El hombre está en cualquier lugar a cualquier hora, y esa omnipresencia suya le otorga el título divino. Él es el hombre en sí, con todo lo que ello implica. Como hombre, es eterno. Pues cuando el hombre desaparezca también desaparecerá la eternidad, esa noción abstracta e imposible de creer. Sus piernas cansadas, llenas de varices, y tan delgadas y finas, que todos nos preguntamos como puede aún subir cuestas, escaleras, y mucho más. Pero en su tozudería y fuerza de voluntad, él sigue subiendo y subiendo, sin detenerse. Y a la vez baja y baja. Hacia ese abismo terrible que es la muerte y que tanto se empeña en asustarnos y amargarnos nuestra vacua existencia. ¡Qué fácil debiera sernos reír!
Reír con la voz dubitativa y tosiendo mientras, reír mientras el cuerpo se lamenta, pero el alma brilla. Reír como Felipe. Sin acordarse de tu nombre, que quizá nunca lo supo. No tiene porqué saberlo, ni siquiera le conoces. Sólo ves a Felipe por la calle 15, de vez en cuando, te lo encuentras en lugares inesperados y te sorprendes. Pero Felipe siempre es más de lo que creemos. Él nos conoce a todos y a ninguno. Él vive sus días en soledad y rodeado de un mundo extenuado. Su fiel amiga, su perra, ha sucumbido a los suaves encantos de un descanso sin mente. Y lo que antes eran paseos acompañados de un leal canino de ojos bellos y apagados quizá tristes y marrones, ahora son sólo pasos, y un fantasma a su alrededor. Alrededor de todo.
¡Cómo lamentamos el tiempo que se nos escapa! Siempre lamentando, siempre quejándonos y llorando. Y no alcanzamos a comprender que ese tiempo que intentamos alcanzar, somos nosotros. Del tiempo estamos hechos, y así de grave es nuestro destino, inevitable. La fatalidad del ser humano es mayor que cualquier tragedia griega, mayor que el tormento de Electra, que la pasión desenfrenada de Fedra. Es un fin del que no podemos escapar. ¡Qué sencillo es pensarlo y qué difícil aceptarlo! Somos tan patéticos. Pero siempre hay algo noble en nosotros, ¿no? Quizá porque somos nosotros, y sólo nosotros los que hemos inventado el término de nobleza, de valor, y de esos términos buenos, esas palabras que a nuestros oídos suenan tan grandiosas, como una maravilla de oro eterno.
Pero creo que Felipe no lamenta nada, no. Sus noventa años le pesan, sí, son una carga dura a llevar, una mochila llena de piedras a su espalda casi rota, en pedazos de ser. Pero no se para. Nunca. No se para nunca. ¿Por pararte vas a vivir más? ¡Qué tontería! Como si valiese la pena dejar de correr, en una carrera que inevitablemente terminarás. No por hacerlo más rápido hay que seguir, sino por hacerlo mejor.
Así que subimos y bajamos, ¿o estamos en constante pendiente? Si Dios existe, cruel sería de habernos creado con dudas. De habernos dotado de la fe, y de la ausencia de ésta. De hacer que seamos capaz de pensar en un fin, ocurra o no. Así que lo condeno, y lo odio.
Afortunadamente, personas como Felipe me alegran días sombríos y tristes. Aunque no lo ves en un día lluvioso, su imagen sin tiempo es capaz de hacer salir el sol, dar un poco de esperanza, sobretodo a quien ya no piensa en positivo, y que cada vez está más aburrido y decepcionado del comportamiento humano. Y ni siquiera sabes porqué. No hay una razón exacta, pero ese aura que despide su cuerpo decrépito, ese aura que inunda con alegría, pues es un aura bondadosa y afable que te llena. Como si ese hombre encarnase en su frágil carne todo lo bueno que puede tener el ser humano, que no es poco.
Y él es el hombre, en sus noventa años de vida representa miles y miles. Mil sentimientos y sentidos, millones de ideas que se cruzaron por las mentes de todo ciudadano, todo habitante de una sociedad vasta pero incompleta, llamada humanidad.
Y la humanidad, las inestables y tambaleantes piernas de Felipe.