Esta es una ciudad fantasma. Poblada por el espectro de lo que una vez una raza fue. Y ahora, vacía. El único movimiento perceptible, la descomposición de los escasos cadáveres que aún no son polvo.
Triste sería pensar que aquí, en estas calles desoladas, en estos edificios en ruinas, oscurecidos por crueles vientos, vivieron millones de personas. Personas que sonreían, gritaban, lloraban o reían a carcajadas. Personas que morían. Ahora, ya sin muerte, todo está quieto.
Es triste.
Sin vida, sin ese agradable y molesto alboroto, ese ruido que causan los niños, los pasos firmes y decididos de gente con una hora a la que estar y un lugar adonde ir. ¿Qué podría haber causado semejante catástrofe?
El Bien, imagino. El Bien en sí mismo, puro, brillante, tan brillante, que esta ciudad, poblada por esta gente inconsciente, no pudo soportarlo. Porque soportar la Verdad, toda la Verdad en sí misma, es un poder incontrolable que manos humanas no pueden siquiera osar a modelar. Atreverse a manipular a su antojo el Bien, ¡qué vanidoso y patético acto! El ser humano deberá darse cuenta, algún día, que para él, rozar la Verdad ya es demasiado. No puede, no se nos otorgó ese don. Nacimos con ese vacío, el de alcanzar una verdad completa y eterna, ambivalente para los siglos venideros.
Pero no nos equivoquemos. Aquí está la mayor prueba de nuestra demencia. En estas calles solitarias, más abandonadas que la soledad misma. Las calles vacías de ellas mismas.
Algunos dirán que una manzana nos causó ese pequeño agujero dentro. Y, hasta cierta medida, es correcto. Y el tamaño del agujero es relativo respecto a la persona ; a veces enorme, otras minúsculo. Nuestra capacidad para angustiarnos al ser conscientes de nuestra libertad determina ese tamaño. Pero centrándonos en ese agujero, ¿no es patético que hayamos hecho de un vacío un mundo? Nos aleja, de lo que deberíamos ver, y nos fija la mirada en algo terrible, algo terriblemente doloroso que nos consume por dentro hasta que no encontramos una respuesta clara, sin vuelta atrás. Es decir, si pensamos un solo instante en la vacuidad de nuestra vida, destacando la mortalidad y el malvado aburrimiento, esa apatía que nos acecha, caemos en depresión.
Y por eso, debemos negarlo constantemente, y entretenernos, con el único fin de olvidarnos de nuestro agujero. Una manzana.
Ridículo. Otro intento de respuesta a una pregunta que nunca se formuló de verdad. No es fácil abrir los ojos y actuar verdaderamente.
Porque la verdad, inconcebible, subjetiva a más no poder, duele. Y eso es lo que hicieron los habitantes de este ciudad. Creyeron encontrar una verdad, y la aplicaron.
¿Qué verdad? Os preguntaréis. Pues bien, su verdad fue, que, cada ser, como individuo, debía ser libre para actuar según su placer, sin importar las consecuencias. Libres para pecar sin pecado. Fue como si perdieran repentinamente el miedo a una sanción, a un castigo por sus crimenes, y se dedicasen de inmediato a robar, a violar y a matar todo lo que se les antojaba.
Tampoco critiquemos tanto esa decisión. No es algo grave. Los habitantes de esta ciudad asumieron esa posibilidad, y la abrazaron de buen grado sin ningún atisbo de remordimiento. Porque ya no hay atisbo de nada, imagino. Pero mucho más que eso. La regla del "Lo quiero, lo tengo", fue aplicada al extremo, masivamente.
¿Quienes somos nosotros para criticar una idea tan sublime? Una libertad absoluta como falta de libertad, sometidos a nuestras propias pasiones, exentos de toda clase de culpabilidad, actuando por un instinto propio y único. Una sociedad individual y animal. ¿Acaso en nuestra vida actual no sentimos ese impulso que categorizamos como impulso cuando en realidad lo deseamos con todas nuestras fuerzas, deseamos cumplirlo, y satisfacer un ansia que quizá no tiene límite, ni que queremos que lo tenga?
Porque criticar esa agradable necesidad sin fin, que nunca podemos colmar, pero que nos llena tremendamente su inmensidad inabarcable.
Menos mal que no podemos llenarnos, porque entonces el placer desenfrenado acabaría. Así que repetimos y aumentamos cada intenso gozo, deseando que nunca toque a su fin. Un final sería una triste noticia. ¿Dónde está lo reprochable en esta actitud? Nadie nos puede culpar.
Una verdad subjetiva es una verdad, la verdad que yo siga siempre será correcta, y por lo tanto, soy libre y es muy aconsejable que yo, haga lo que yo quiera.
Así que viva el caos delicioso en el que quiero hundirme.
Repitiendo constantemente mis impulsos, sin preguntarme siquiera si cada vez son mayores.
Y así acabó esta ciudad, sumida en un desorden de placeres violentos y crueles. Que ironía.
Que desgracia. Porque yo querría seguir este ejemplo como filosofía.

El pecado original : la libertad

Este corto ensayo se va a basar en la noción de pecado, como pecado original según lo describe el Génesis. El objetivo del ensayo no es otro que mostrar la enorme contradicción que expone el texto sagrado. Sólo trataremos este tema como punto de vista religioso y bíblico. No se pretende en absoluto generalizarlo ni aplicarlo a otros campos.

La idea principal que expone el Génesis es resumida muy acertadamente por Kierkegaard (o por Vigilius Haufniensis) en su obra El Concepto de la Angustia (1844) : "el pecado vino al mundo por medio de un pecado." (Cap. I/Apartado II)
Ahora bien, el Génesis nos expone que el primer pecado, como tal, hace surgir la pecaminosidad en el espíritu humano, provocando la tendencia, la inclinación misma hacia el pecado en el hombre.
Visto desde otro punto, morder la manzana ofrece al hombre el poder de conocer el bien y el mal. Ése es el pecado. Ése es el mal.
Ya tenemos la contradicción. Si nosotros pecamos porque Adán creó el pecado, es decir, por la misma pecaminosidad que nos introdujo el pecado, ¿por qué pecó Adán?
El concepto del mal, como pecado, no existe antes que él. La misma pecaminosidad tiene que haberle inclinado al pecado.
Sin embargo, se nos explica que el pecado genera la pecaminosidad. Que el pecado nos generó la pecaminosidad. La pecaminosidad no pudiendo existir antes que el pecado, nos hallamos ante un problema.
Si la pecaminosidad provocó el pecado original, el concepto es falso.
La otra alternativa es que el pecado en sí creó el pecado. El pecado se creó a sí mismo. Tampoco se puede aceptar este concepto, porque se nos dice que es el pecado original el que nos condujo a todos, como seres humanos, a pecar. Para aclararlo, que la pecaminosidad es la que conduce al pecado.
Para aceptar que el pecado creó al pecado, se debería excluir a Adán como miembro de la especie, así su ejemplo no se aplicaría al caso de la humanidad.
Volvemos a tener una contradicción.
Si su ejemplo no se aplica a la humanidad, el concepto también desaparece.
Sólo queda una salida. La pecaminosidad existía antes que el primer pecado. ¿Cuál es la consecuencia de tal afirmación?
La consecuencia es que el hombre siempre fue culpable, por lo tanto, el hombre es inocente.
Fue siempre culpable, porque desde su nacimiento y creación hubo dentro de él pecaminosidad. Siempre tuvo la inclinación, que le condujo al pecado.
Esto implica que el hombre fue creado desde un principio con una tendencia a pecar. Su inocencia radica en que Dios le creó así. Aquí se puede acabar la argumentación, como simple y extraña conclusión de que toda culpa recae sobre el Creador, y no sobre el hombre.
Pues Dios había determinado desde un principio la predisposición del hombre a pecar.
Nunca es agradable repetirse, pero hay que ahondar en el hecho de que Adán mordió la fruta del árbol de la ciencia del bien y el mal, por lo que no tenía consciencia antes de ésos dos conceptos extremos.
Adán no conocía los dos términos, ¿se puede ser culpable de hacer algo que él mismo no entendía?
La respuesta común sería "Sí". Pero la ignorancia, una vez analizada concienzudamente, le exhime de culpa.
La imagen sería la siguiente. Si un hombre, ajeno a una sociedad, desconocedor de una ley, la rompe, ¿es culpable?
Según el Derecho, el desconocimiento de la ley no siempre exhime de culpa, aunque sí en muchos casos. Es un atenuante fundamental.
Pero no nos alejemos tanto de la mera historia bíblica. A Adán se le expone una posibilidad, entre dos opciones, bajo un castigo. Nada de esto lo comprende, ninguno de estos conceptos pueden ser asimilados por él. Ni el bien, ni el mal, ni la mortalidad. Dios debía haberle explicado los conceptos para condenarle completamente.
Sólo la idea de castigo como amenaza, puede ser, comprendida, que obviamente, ni surte efecto, ni parece ser apropiada, como palabra de Dios. Pues Adán sólo puede percibir la idea de castigo bajo la amenaza, de la misma forma que lo percibiría un animal. Adán no entiende el alcance de sus actos, es desconocedor de lo que tiene delante. Es ignorante, es inocente. Pues la amenaza radica en la muerte, un concepto que Adán tampoco conoce en su totalidad, por no decir nada, es algo demasiado abstracto y él es inmortal. Un desconocedor de bien, de mal, de pecaminosidad y de pecado, actúa por libertad de posibilidades y no se le puede culpar, pues no es capaz de justificar ni determinar en ningún aspecto sus actos.
Ahora, si introducimos a la serpiente como tal en el retrato bíblico, podemos contemplar parcialmente la respuesta. Dios asegura la libertad completa a Adán y Eva, salvo, para comer el fruto del árbol situado en el medio del paraíso.
[La situación del árbol ya indica su importancia, y categoriza al árbol, siendo pues central, paradójicamente, como mayor representación del paraíso.]
Ahora bien, por otro lado, la serpiente otroga al hombre la única libertad que le quedaba por obtener.
¿Es ésa la significación del pecado original? ¿La evidente inclinación por parte del hombre hacia la libertad?
La serpiente aseguró que la fruta otorgaría carácter divino al ser humano. Ese deseo de omnisciencia y omnipotencia, arrogante, del hombre, lo conocemos todos.
Pero cuándo a continuación dice la serpiente que el carácter divino residiría en el concepto del bien y el mal : "que el día que de él comáis se os abrirán los ojos y seréis como Dios, conocedores del bien y del mal." (Génesis : 3), vuelve una contradicción.
No hay pecado ni mal si no se conocía en absoluto antes. [Es otra dimensión de este problema bíblico. A Adán se le condena por incumplir una ley, pues la libertad que Dios le ofrecía no podía ser absoluta. Sin embargo, el desconocimiento de este concepto caracteriza a Adán como hombre "salvaje" y a Dios como dictador. Es la dimensión moral del pecado original, que podríamos aplicar a la sociedad actual.]
La libertad estando ya presente pues en el hombre, no hay culpa, a no ser que consideremos culpa, mal, o pecado a esta misma libertad, que Dios atribuyó al hombre. Pero la libertad se la atribuyó Dios, y le condenó de esa forma. ¿Es Dios un esclavizador?
¿Se podría culpar a la serpiente? ¿Al hombre por caer en la tentación?
Repetidas veces hemos visto que no, a causa de tantas múltiples contradicciones. La serpiente es un factor exterior, un desliz por parte de Dios que sigue sin poder culpar al hombre. No hubo nunca tentación, todos esos conceptos eran ignorados por Adán. Hubo libertad.
El ser humano como tal, estaba determinado a la libertad.
¿La culpa no recae en Dios por su error en la creación? ¿Por permitir la entrada de la serpiente en el paraíso?
Si Dios quiso poner a prueba al hombre, ofreciéndole la posibilidad, sabía desde un principio el resultado. Este pasaje del Génesis, nos muestra la predisposición del hombre, desde sus comienzos, a todo gusto de libertad. Toda decisión, toda posibilidad, toda libertad.
He ahí la hipocresía y culpabilidad del Señor.
Como única solución para no atacarle a él, viéndose truncada su omnisciencia, debemos considerar el pecado original como mito vacío.
Así pues, el concepto finalmente desaparece. La condena del hombre a sufrir estaba prevista desde el principio, el parto doloroso, y la terrible mortalidad. Dios siempre lo quiso así según el Génesis. El hombre fue condenado desde un principio a la libertad. Ahí radica la condición humana.